• Mar. 5, 2012, media noche

(O el realismo trágico de Jonathan Franzen)

En uno de sus regresos de Washington el poeta nicaragüense Carlos Castro Jo me trajo de regalo “Las correcciones” (2001), segunda novela del estadounidense Jonathan Franzen (1959), publicada en castellano por Seix Barral en el año 2002, con traducción de Ramón Buenaventura. Ahora que ha pasado ya algún tiempo, vuelvo a sus páginas y me doy cuenta de que, con sobrada razón, no tardé mucho en sentirme agradecido.

Fue en el año 2007, cuando vivía en la plácida y polvorienta villa de Motastepe, al oeste de Managua. Recuerdo que disfruté leyendo el libro en un pequeño balcón, bajo el viento fresco que corre por la meseta y arrastra el eco de los autos en la carretera nueva a León, con ciertos murmullos lejanos que, sin lograr sustraerme de aquella lectura febril, parecían llegar desde la gruta Xavier con la artera intención de perturbarme.

Una vez absorbido por la lectura de los primeros capítulos, lo primero que me sorprendió, al volver con repentina curiosidad a la primera solapa, fue la relativa juventud del autor, y no porque bajo su foto se dijera que con “Las correcciones” ganó el National Book Award en Estados Unidos, o porque la misma fuese considerada por la crítica una de las novelas americanas más impresionantes de los últimos años; sino porque, ya con bastantes páginas leídas, estaba perfectamente claro de que tenía en mis manos una gran novela, es decir, una novela “seria”, hecha para perdurar, y sobre todo: inmejorablemente escrita.

Al finalizar los siete capítulos y las 734 páginas del libro, y recordando mis limitadas lecturas de Wolfe, Doctorow y Auster, no tuve dudas en aventurarme a asegurar que acababa de leer una de las más inteligentes y humanamente conmovedoras novelas norteamericanas de los últimos años: el tragicómico fresco de una familia de clase media, que es a su vez el fresco prototípico de la sociedad estadounidense finisecular, representada en casi todas sus diferentes áreas de realidad.

Pero, una novela inteligente y “postmoderna” –pensé entonces- no puede ser (según lo que algunos me han dicho) tan clara y sencillamente digerible; aun cuando sea tan voluminosa y aparentemente densa... A menos que sea, como en efecto lo es, parte de la inmensa saga de novelas realistas que en el mundo han sido, pero al mismo tiempo escrita y construida con la perspectiva, el talento y la inteligencia de un autor obcecadamente contemporáneo, aunque profundamente deudor de la gran tradición narrativa de su país. En fin, otro narrador realista, pero lo suficientemente lúdico, diestro y versátil como para ser considerado “postmoderno” por los críticos ciber-visionarios que hoy día abundan hasta en nuestro exasperante Tercer Mundo.

La novela está narrada, en todos sus capítulos (“St. Jude”, “El fracaso”, “Cuanto más lo pensaba, más se enfadaba”; “En el mar”, “El generador”, “Unas últimas navidades” y “Las correcciones”) por una voz omnisciente que no deja de hacer guiños, insertar ironías, asumir tonos de sorna y sonreír al lector con mordacidad mientras describe el derrumbe de una familia gringa “normal”, que finalmente, como todo en esta época de incesantes correcciones, se las arregla para seguir funcionando, aun sobre las ruinas humeantes de su propia “normalidad”.

Es, sin duda, una voz omnisciente ambigua, cuyo tono recuerda –a quien ha leído los ensayos de Franzen- la propia voz del autor, y que particularmente en el cuarto capítulo (“En el mar”) se vuelve más entrometida, introduce más comentarios punzantes y corrosivos en la descripción que nos lleva –a bordo del crucero Gunnar Myrdal- al clímax de la decrepitud: el deterioro físico y mental de Alfred, patriarca de la familia Lambert, en medio de la angustia moral de Enid, su mujer, paralizada ante el dilema de saldar su deuda con la vida mediante la sumisión, o seguirlo haciendo pero bajo los gratificantes efectos del Aslan y las recetas anti-depresivas del joven doctor Hibbard.

Y es precisamente la voz narrativa escogida por Franzen para narrar esta monumental novela, lo que nos hace remitirlo a la vieja y aparentemente inacabable tradición realista de la literatura (aunque también sea al mismo tiempo una novela “vanguardista”, “postmoderna” o agudamente contemporánea). Como el narrador misterioso, entrometido y ambiguo del Quijote, o el narrador ostentoso, autoritario y aleccionante de “Los Miserables”, la voz omnisciente de “Las correcciones” trata de hacernos comprender, a través de la experiencia privada y la conducta personal de los miembros de una familia, el contexto público en el que sobreviven como individuos.

Pero esa voz narrativa que con sus guiños y comentarios nos muestra la patética comicidad con que reaccionan las conductas humanas frente a la historia, es decir, frente a la tiranía de los contextos sociales y sus extenuantes complejidades; en “Las correcciones” se nos descubre finalmente como el inclemente relator de una realidad trágica. Y subrayo la palabra porque, según el mismo Franzen, es la que mejor describe la visión que todo buen novelista tiene del mundo.

“Por trágico entiendo sólo cualquier tipo de narrativa que suscite más preguntas que respuestas... El realismo trágico preserva el convencimiento de que siempre se mejora gracias a un esfuerzo; de que nada dura para siempre; de que si lo malo del mundo supera a lo bueno, es por un ligerísimo margen”, afirma Franzen en su famoso artículo “¿Para qué molestarse?”, más bien conocido como “El ensayo del Harper´s” (“Cómo estar solo” –Seix Barral, 2003; traducción al castellano de Jaime Zulaika).

Y hablando de realismo: recuerdo cuando, en el año 2004, durante una visita de Mario Vargas Llosa a Nicaragua, logré hacerle una entrevista, y casi al final de nuestro diálogo le dije que me resultaba curioso notar que la mayoría de sus novelas –si no todas- constituyen revisiones críticas de la realidad y la historia. “Hombre –me respondió-, es que yo me formé así, mi vocación nació dentro de esa idea de la literatura”. Luego me comentó que ahora hay escritores nuevos para quienes la literatura es sobre todo un juego, un ejercicio brillante, y no creen en la responsabilidad histórica del escritor. “Algunos también hacen una literatura light –me dijo-, que está más de moda”.

Entonces le recordé que él había confesado abiertamente sus variaciones de opinión respecto a la relación Literatura-Política o Historia-Literatura. “Lo que usted opinaba a finales de los cincuenta, por ejemplo, no es lo mismo que piensa ahora –le dije-, cuando dice creer que la literatura no puede ser utilizada como un elemento político”.

El novelista respondió con tranquilidad que sí, que muy joven estuvo influido por ese sentimiento, “entonces muy generalizado”, de que a través de la literatura se podía influir en los cambios históricos y sociales. Dijo que en eso había algo de ingenuidad, “un cierto romanticismo”, pero ahora más bien creía que esa influencia “no es tan inmediata, no puede ser tan planificada, y es muchas veces imprevisible y muy sutil”. Pero de lo que sí estaba plenamente convencido era de que “la buena literatura siempre desarrolla un espíritu crítico”.

Es precisamente lo que sucede con la narrativa de Franzen, para quien recobrar una perspectiva trágica a través de la novela supone el doble y perseverante esfuerzo de lograr conectarse con una comunidad de lectores cada vez más reducida -o, según dicen algunos, demasiado selecta-, pero al mismo tiempo mostrar ante el “gran público” la profundidad de ciertos temas recurrentes de la literatura. Y de cierta forma eso también supone recuperar el verdadero sentido de la historia.

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