• Mar. 4, 2012, media noche

A Vivian Schotte, quien me inició en estas dudas.

Sabemos que vivimos en un mundo distinto al de hace 10 años. Sabemos que Internet nos ha recreado un mundo nuevo que los comunicólogos han osado en llamar: la era de la hiperconectividad. Esa era se caracteriza por una nueva cultura de comunicarnos, o podríamos también llamarlo un nuevo culto de comunicación, cada vez más inmediata y omnipresente, capaz de revivirnos el pasado, de rediseñarnos el futuro y de multiplicarnos el presente.   

Esa Era inició en nosotros el día que logramos abrir nuestro propio blog y con ello dejamos de depender de las sesiones opinativas de los diarios; el día que aprendimos a hacer eventos en Facebook y dejamos de usar las agendas culturales y recreativas de los mismos diarios, revistas u otros sitios web; el día que por medio de las redes sociales volvimos a reestablecer enlaces con amistades antiquísimas algunas tan lejanas que no veíamos desde la ultima fiesta del bachillerato; el día que empezamos a tener amigos verdaderos que nunca hemos visto;  o el día que a nuestro cel le ofrecieron un paquete de 10 mil mensajes al mes y nuestras almas se volvieron nodos de una celestialidad telemática.

Las redes sociales y el universo de las TICs (ahora yendo hacia la Web 3.0) son un arma de doble filo y acá no intento dar parte de las bondades que ellas nos facilitan y  que todos conocemos, sino su opuesto, un silencioso y privado fantasma que nos va visitando y se nos va enroscando en los huesos, en la médula, en el cerebro, las ideas, en la actitud crítica y en la capacidad de reflexión mesurada del que nos ha alejado la nerviosa hiperconectividad.

Algunos en carne propia hemos experimentado la convivencia con ese fantasma y sabemos que ese romance nos ha llevado a tales grados de dependencia con las redes sociales que en ocasiones se transforman en verdaderas adicciones, en actos descontrolados en permanente vigilia, ya imposible de concebir nuestra existencia sin dispositivos que nos permitan expresarnos de manera inmediata. Que nos permitan afirmar ante el otro continuamente quién soy, dónde estoy, con quién estoy, cómo me siento, qué deseo, hastío, repudio, me excita o me sonroja. Un menú amplio de intimidad desperdigada. Las redes sociales parecen venir para quedarse, sobre todo habiéndonos seducido al oído con ternura macabra: “Tranquilo. Ya no eres un ser solitario ni apartado del mundo”.
 
Mi amiga Patricia me escribió hace unos días para decirme que finalmente había defendido su tesis la semana pasada; me alegré por ella que terminara esa etapa que ambos habíamos iniciamos un año atrás, ella se atrasó un poco por su trabajo pero principalmente por una crisis enfermiza que le hizo mal gastar su tiempo en las redes sociales. Recuerdo una ocasión que nos reunimos en una casa que nos prestaron sin Internet para pasar ahí unos días y concentrarnos en la tesis (cada quien en la suya). Pasamos dos días y ella no avanzaba porque había llevado su Internet inalámbrico y pasó esmerada en multiplicar sus capitales en una tal isla virtual que había comprado en un juego de Facebook. Le preocupaba que los trabajadores no le terminaran un casino cercano de la playa y ya próximo a la temporada alta; deseaba que el restaurante generara más cada día pues quería comprar otra isla vecina, entonces llegó a pedirles las claves de sus cuentas a  otros dos amigos para poder engrosar de manera descarada sus negocios. Toda esto era un juego que a ella la había absorbido hasta el extremo de olvidar el trabajo de su tesis. Me confesó que no pudo parar por meses y fue hasta que cerró su cuenta que empezó a retomar el control de su vida. Hace dos semanas reabrió su cuenta de Facebook y me mandó un mensaje: I´m back, y me puso una carita feliz.

El caso de Patricia me pareció insólito, me consternó, sabía que era algo de solo suspender y continuar con su vida real, pero a ella le fue tan duro como debatirse ante una droga, como dejar el cigarro o resistirse a un pinchazo de heroína. Este es seguramente un caso clínico de ansiedad, que mi amiga logró afortunadamente tratarse sólo a punta de voluntad, aunque le tomara sus meses, lo logró; sin embargo, otro de los fenómenos de las redes sociales y quizás sea el socialmente más aceptado y divertido, pero a la vez oculto y el más lentamente desgarrante, es el de invitarnos a compartir nuestras vidas, restregarle en cara a alguien la borrachera divertidísima del fin de semana, su sensibilidad contemplativa ante una obra de arte, o lo bonito que escribimos para que nos dejen comentarios y nos den “Me Gusta”.

Las redes hospedan dos fantasmas que se sintetizan como la depresión Facebook y la obsesión Twitter; ambas con un trasfondo de ocultación del sentimiento de soledad, de dar a los usuarios un entusiasmo inédito donde les sea posible encontrar aprobación de grupo o incluso de sentirse el centro de atención.  Ambos son nidos de ansiedad. Mientras  Facebook nos deprime cuando posteamos y no aparecen los Me Gusta (puñitos con el pulgar del César); Twitter por su parte tiende a una especie de libertad de expresión, donde nos esforzamos por tuitear, porque nos han dicho que si dejas de tuitear una semana es mejor cerrar tu cuenta, porque el tuitero no puede descansar, debe andar con su piquito de pájaro haciéndolo sonar continuamente por todos lados, en todo momento en la manada, el cel no puede quedársenos en casa porque andaríamos desnudos, mudos y sin alas.

Los tuiteros son una élite simpática del mundo de la hiperconectividad que se juntan hombro a hombro entre la identidad, la hiperrealidad y el anonimato para hacerse hermanos de logia, no muy distantes al de una secta budista o culto evangélico (porque atención: si hay un grupo organizado en Nicaragua después del gobierno de Ortega, esos son los tuiteros). Los tuiteros sobresalen por su capacidad de ingenio con la palabra, por su sentido estético de la síntesis, por su capacidad de vectorizar el lenguaje y de aprender a diseminar el pensamiento amasado en los RTs, los DMs, los FAVs, a los Twitcam, todo simulando una mónada y una extensión recíproca de deseos, creencias y carencias, donde nadie guarda su intimidad, donde la privacidad se registra paso a paso, un diario abierto que aflora una ansiedad por reproducirnos felices o desafortunados, y que va todo el tiempo confesando: “queremos ser amados y amadas”.

Estudios revelan que un porcentaje de esa generación nativa a la era de la hiperconectivad, tiende a una actitud de entender el mundo de manera muy superficial, curioso e irónico  que al ser las redes nodos de comunicación e información, todo parece indicar que también nos estamos volviendo incomunicativos con nuestro entorno y entendemos las cosas con menos sensibilidad y adhesión, porque la inmediatez no nos está dando pausa ni paso el remanso del pensamiento. La introspección ha sido sustituida por un estado, por un RT, que alguien más ha puesto ante nosotros, que alguien más ha pensado por nosotros, con ese RT me identifico, con esa frase, con esa palabra, a la que yo no he podido dar un nombre, pero no importa, ya no será necesario, alguien más lo ha hecho por mí, ahí está ante mí en un estado, en un RT hermoso, que me comprende y ahora eso soy yo. Clic…Like. Clic… RT.  

La soledad es una cárcel hermosa que comúnmente nos aterra. El silencio de nosotros mismos y el silencio de los otros sobre nosotros mismos es aún más aterrador. En ese sentido Internet ha llegado para llenar un vacío de información, y las redes sociales un placebo para llenar un vacío de soledad. La era de la hiperconectivad es una versión encantada de un sentido de unidad, pero a la vez engañosa, holística y totalitaria, poderosamente capaz de censurarnos la aventura hacia nosotros mismos. Aunque eso nunca lo sepamos y, quizás, ni queramos verlo.


* El escritor es ex-bloguero, ex-tuitero y usuario de Facebook en rehabilitación. Es aún consumidor moderado.

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