• Mar. 29, 2012, media noche

La colombiana, alta y espigada, entró impetuosa al auditorio, caminando elásticamente en puntillas, como para no levantar sospechas. Vestía deportiva --jean y camiseta spandex azules--  y con una mochila en la espalda. Yo iba de salida cuando me soltó su sonrisa emplomada y me preguntó por qué me retiraba si la conferencia no había comenzado. No dije nada, solo asentí. En verdad, salí en busca de mi agenda para así tomar apuntes.

Cuando regresé ella estaba sentada a la mesa sobre la tarima, y  fue entonces cuando la presentaron: Ana María Miralles, doctora en periodismo. No tenía la característica apabullante de los deontólogos del periodismo, ese rancio envanecimiento de libreros con anteojos que lo creen saber todo. Ella, toda sonrisa, tiene el carisma de la libertad de la palabra. Y sin sobresaltos, ni abrebocas, soltó su premisa: “Hay que darle voz a los que no la tienen en los medios. Hay que formar una opinión pública de verdad”.

La aseveración ya ha sido explotada como marketing por los medios amarillistas, esos que toman la desgracia y la sobredimensionan sin la asepsia que debería mediar. Pero Miralles apuntaba su disparo a la práctica desusada de la agenda pública sin intermediarios que sesguen esa opinión. No la pregonada Agenda Setting, que se acuñó hace varias décadas, en la que los medios te dicen qué es noticia y cómo pensar sobre esa noticia. Si no, al contrario, lo que la población opina sobre diversos temas que solo le atañen a ella.

Tomó como ejemplo el periodismo en tiempo electoral, cuando el ciudadano solo es un número en los sondeos y las encuestas de intenciones de voto; cuando los temas son elegidos por los candidatos y sus asesores, y los periodistas, ineptamente, solo se dedican al procesamiento estadístico y la toma de apuntes de lo que dice el político. “Existe una simbiosis en esta época: los candidatos quieren llegar a los votantes, y los medios tienen el tema de actualidad para llenar sus páginas, sin tomar en cuenta los intereses colectivos de estos votantes”.

En el auditorio resonaba aquella verídica diatriba; los periodistas, boquiabiertos unos, con ceños fruncidos otros, veían como sacrílega a aquella mujer que les increpaba la verdad en sus caras, los desnudaba en su oficio redundante y sin calidad. Pero Miralles fue más allá. “El primer paso es quemar la libreta de contacto, esa venerable agenda que contiene las fuentes, para estar al nivel del público”. Nadie podía creer semejante herejía. ¿Si nuestro oficio se realiza con las fuentes, cómo podríamos cumplirlo? Nosotros, los que representamos los intereses del ciudadano, no podríamos. Contradicción pura. Si se representara a los ciudadanos, se les preguntaría a ellos, no a los analistas, esa nueva raza mediática presta a dar su opinión profesional.

Solo pensé en ese principio descarnado: El periodismo, como la prostitución, se hace en la calle. Pero Miralles lo dilucidó con una diafanidad olímpica: “Hay disparidad de condiciones al abordar a los ciudadanos y a los especialistas. Uno está preparado, el otro balbucea con el golpe de la pregunta. Hay un menosprecio arraigado hacia el ciudadano”. Todos estábamos asustados después de quitarnos el velo. Pero faltaba la apostasía final: “En el periodismo público solo importan los temas, los hechos, no las fuentes”.

¿Entonces cómo se hace este periodismo? Nuevamente, la colombiana, sin desvíos y enroscándose el pelo, lo reveló. “Se toma un tema de interés, algo que requiera solución, una decisión pública polémica. Luego, a través de los medios que deseen participar del proyecto, se emite semanalmente una pregunta abierta. Además se publica una nota, pero cambiando el lenguaje”. Inmediatamente se me vinieron a la mente Wolfe, Didion, Kramer, el Gabo. Simultáneamente ella lo indicó: “Hay que cambiar los formatos, el lenguaje… leer más a García Márquez”.

Y luego continuó: “Se pone a disposición una línea, a la que llama el ciudadano para responder a la pregunta. Se le hace una planilla con su respuesta y sus datos, y se le inquiere si desea participar de un debate con más ciudadanos. Ojo, acá la encuesta es apenas el punto de partida del debate, no el punto de llegada. No hay incidencia de expertos ni de políticos, ni los ciudadanos deben ser repetitivos, se busca diversidad. Los académicos solo estamos para la toma de apuntes y luego redactar la agenda. Los periodistas solo para las notas. Al final, presentamos el documento a los políticos”. Nadie decía nada. La hereje, la apóstata, nos acababa de dar una lección de claridad mental. Entonces la pregunta sonó: ¿Quién quiere que se asomen? Y todos respondieron: Los periodistas ciudadanos.

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