• Abr. 6, 2012, media noche

Sin élites no hubiera habido una revolución ni en Cuba ni en Nicaragua. La tesis de lucha del general Sandino, tomada del anarco sindicalismo mexicano, de que la fuerza organizada de obreros y campesinos era la garantía de la victoria, fue puro romanticismo trasnochado de hombres con ideales patrióticos como él, pero nada más. Las masas son material amorfo. Valiosas para cuando llegan las campañas electorales o las reyertas. Buenas para ir a vapulear a opositores a las calles, o para formar sindicatos gobiernistas. Aqui en Nicaragua los obreros están doblegados ante Ortega. Las masas no elaboran un pensamiento revolucionario; lo reciben de las élites.

Fidel Castro era pequeño burgués, no un cortador de caña.  Su padre, un rico terrateniente de Mayarí, llamado Ángel Castro, lo mandó a la Universidad de la Habana a estudiar leyes, donde se graduó y comenzó sus aventuras revolucionarias sin ejercer su profesión, puesto que era pudiente con, o sin el título.  Su primera esposa fue la burguesa Mirta Diaz-Balart; de los mismos Diaz-Balart congresistas del Estado de Florida.

El Che Guevara no fue obrero de la construcción. Era el doctor en medicina Ernesto Rafael Guevara de la Cerna. Hijo de un ingeniero y de una descendiente del último virrey del Perú. Que tuvo el dinero y el tiempo suficientes  para hacer su travesía famosa por sur y Centroamérica que lo llevó a conocer la realidad política de Guatemala y a embarcarse en México en la aventura del Granma.  Donde, con otros ochenta y un jóvenes burgueses, se enmontañó en la Sierra Maestra de Cuba, para luchar contra la dictadura de Fulgencio Batista.

E igual, cuando pensó en casarse, no le hizo la petición a una Julita López, sino a María del Carmen Ferreyra (Chichina), una burguesa de la oligarquia terrateniente de Argentina, quien le rechazó dos veces. Y terminó unido a Aleyda March, su esposa legítima, y a su amante Tamara Haydee Bunke Bider. Mejor conocida como Tania la guerrillera, admirada por muchos como una gran heroína. Camilo Cienfuegos y Armando Hart Dávalos, tampoco fueron don nadie.

Se puede nacer pequeño burgués, como en los casos citados. Chicos bien. Culitos rosados, como les dice la Rosario.  Siendo también ella una más, pues fue enviada a estudiar su secundaria a Inglaterra, y arte en Suiza.  Lujo que no podía darse “cualquier oso” como lo diría el vulgo. Pero también se puede ascender a esa élite, intelectualmente, a través de los estudios superiores.  De modo que si usted fue a la universidad, alcanzó ese grado de intelectualidad y es capaz de elaborar un pensamiento crítico de la realidad social circundante en la que vive, usted ya no es “oficialmente” masa. Aunque siga viviendo muy orgullosamente en su barrio proletario.

Mi amiga Clara, vivió maritalmente seis años con el estudiante de derecho Luís Ortiz. Le lavó y le planchó su ropa con amor y dedicación, hasta que éste coronó su profesión.. y se le fue retirando al suave, al suave, hasta dejarla.  Porque ya no estaba “a su altura”. Lo mismo le pasó a la abnegada Doña Deysi, con su licenciado Ernesto Chavarría.  Ambas sufrieron la injusticia del refrán que dice: “la novia del estudiante, no es la esposa del profesional”.  Las pobres perdieron a sus hombres por que ellos se marearon con sus nuevos status. Los muy pusilánimes.

De modo similar, en los tiempos guerrilleros, las “compitas” que sirvieron de desagüe a las urgencias sexuales  de los comandantes  guerrilleros y de los Comandantes de la Revolución, quedaron relegadas al llegar el triunfo del 19 de Julio. Que hizo volver a sus amados líderes barbudos, a la clase que pertenecían. Y sus quejidos de amor, quedaron como sus “aportes a la revolución”.

Incluso, para algunos comandantes, fue la oportunidad de oro para alcanzar el “pedigrí” que no tenían por nacimiento. Y se casaron con las hijas más dilectas de la burguesía aventurera nicaragüense. Como puente para hacer el “crossover “hacia la clase que decían odiar.

Y hace unos días, casualmente, miré en Facebook una foto sonriente de Daniel Ortega al lado de Carlos Pellas. En una fiesta que dio éste ultimo. Y quien lo viera: Ortega, sonriente y feliz, cuando no es uno de sus gestos habituales para con el pueblo que sólo le conoce su cara seria de mandamás. Y se nota leguas (¡Oh cielos abiertos!) como goza su alma con ese salto de calidad que le facilitó aquel simple asalto al camión de La Perfecta.

Pero en general, y hay que decirlo con toda franqueza, las élites son necesarias. Sin ellos, las sociedades permanecen estáticas, pues son su principal motor. Ellos son los más preparados. Los más hábiles. Los que tienen los conectes nacionales e internacionales. Los que dominan varios idiomas. Los profesionales, los técnicos y tecnócratas que saben administrar negocios y naciones.  Por esto mismo, cuando Fabio Gadea, nombra un equipo élite para negociar con el gobierno y pone a Eduardo Montealegre, que la encabece, sólo está dejándose llevar por esa lógica. Y no hay que sentirse mal por eso, dado que Gadea no tiene la suficiencia para hacerlo.

Las élites son sociológicamente necesarias para que la organización de las sociedades pueda funcionar. Max Weber dijo que este grupo social no podía ser abolido, por que sin ellos la administración pública o privada podía cesar o detenerse. Y así lo entendieron en cierto grado Marx y Lenin. Pero este último (¡cuando no!) las convirtió en élites partidarias. En un grupo de “profesionales revolucionarios” a tiempo completo, cuya misión era mantener afinado “el poder proletario “pero que en la práctica se convirtieron en grupos sórdidos que se despedazaban unos a otros para mantener sus cuotas de privilegio y de poder (y aquí, cualquier parecido con los operadores políticos del orteguismo, ¡no es pura coincidencia!)

En resumen, las elites son buenas y saludables si promueven los cambios cualitativos que las sociedades necesitan para avanzar a mejores y más nobles metas. Si promueven sus valores. Si buscan el re-establecimiento del orden y el equilibrio de poderes. Y procuran la colaboración entre las clases.  Pero son nefastas y destructivas cuando éstas se vuelven gubernamentales, se ponen al servicio de sistemas totalitarios y se convierten en peleles de un dictador. Como parece ser el caso nuestro, cada día que pasa.

Dejemos pues que las élites democráticas opositoras, que están agrupadas en la alianza PLI, en la Sociedad Civil y en la Iglesia, hagan su trabajo de negociar con este gobierno lo que más convenga a Nicaragua. Démosles un voto de confianza, ahora que el orteguismo no las tiene todas consigo porque tienen los ojos de Europa y los Estados Unidos vigilantes sobre sus hombros. Y tiene que aprobar el waiver. ¡Animo!

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus