• Abr. 22, 2008, 8:25 a.m.

Siempre he sabido que el tesoro que nos heredan nuestros padres no es el dinero, sino los valores y el conocimiento. Conversando una tarde calurosa con mi padre comprendí que la tolerancia, pero sobre todo el no enjuiciar a las personas por ser como son, era uno de los principales valores que él me impregnó.

Con sus sabias palabras de un hombre que pronto llegará a los sesenta años me dijo: “No debemos juzgar o criticar, pues todos tenemos techos de cristal.” Sentado frente al computador, revisando los planos de algún proyecto y escuchando música de los Beatles, me decía que todos tenemos una historia que contar o callar, pero nadie debía juzgar.

De pronto en el fondo se escuchaba la versión la canción “Con una pequeña ayuda de mis amigos”, de aquella famosa serie televisiva “Los años maravillosos”. Sonrió y apartó por un momento el tema que sosteníamos e hizo comentarios de su juventud, aquellos tiempos cuando iba con su guitarra a cantar a La Voz de la Victoria.

 “Buenos tiempos aquellos, cuando se amarraban los perros con chorizo”, me decía con su sonrisa contagiosa.

El filtro de Sócrates
Luego de aquella regresión, me contó la historia del triple filtro de Sócrates. En la antigua Grecia, Sócrates fue famoso por su sabiduría y por el gran respeto que profesaba a todos.

Un día un conocido se encontró con el gran filósofo y le dijo: ¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?
Espera un minuto -replicó Sócrates-. Antes de decirme nada quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo lo llamo el examen del triple filtro.
¿Triple filtro? Preguntó el conocido.
Correcto -continuó Sócrates-. Antes de que me hables sobre mi amigo, puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir, es por eso que lo llamo el examen del triple filtro.

El primer filtro es la verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto?
No -dijo el hombre-, realmente solo escuché sobre eso y...
Está bien -dijo Sócrates-. Entonces realmente no sabes si es cierto o no.

Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad. ¿Es algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?
No, por el contrario...

Entonces, deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de que sea cierto.
Pero podría querer escucharlo porque queda un filtro: el filtro de la utilidad.
¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo?
No, la verdad es que no.
Bien -concluyó Sócrates-, si lo que deseas decirme no es cierto, ni bueno, e incluso no es útil ¿para qué querría saberlo?

Que lancen la primera piedra
Mi padre me dijo que todos debíamos aplicar el filtro antes de criticar, sea cual sea la persona, y más aún cuando el comentario no abone a nada.

¿Qué provecho sacamos de la vida privada de los otros? Sólo si esa persona tiene algo que contarte y que eso sirva de consejo en tu vida, vale la pena hablarla. Si no es de esa manera, ¿porqué criticar la opción política, religiosa, o sexual de los demás?

Esa tarde dominguera comprendí que no tengo y nadie tiene el derecho de lanzarme piedras, pues todos tenemos un techo de cristal. Una historia que contar o callar. Que sólo el que la vive conoce la verdad absoluta y es dueño de su propia verdad.

Al final de la tarde, antes de irme a mi casa, sacó de una caja donde guarda sus recuerdos viejos, sus cassette y CDs, una versión musicalizada de la Desiderata de la felicidad, palabras que aún recuerdo en mi mente y corazón…

“Por lo tanto, mantente en paz con Dios, cualquiera sea tu modo de concebirlo y cualquiera sea tu trabajo y aspiraciones, mantén la paz con tu alma en la bulliciosa confusión del planeta, que con todas sus farsas y sueños fallidos, sigue siendo hermoso. Ten cuidado. Esfuérzate por ser feliz”.


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