• Abr. 13, 2012, media noche

Recuerdo que mi maestro, y jefe entonces, José Esteban Quezada, me decía cada vez que me mandaba a la calle: “Chavalo, hay que buscar la noticia, no ser la noticia, ¿verdad?” Yo solo asentía y le daba gracias, por qué, no sé, pero siempre lo hacía. En aquellos tiempos, en 2000, el noticiario de Canal 10 estaba en proyecto, y los demás medios televisivos no eran tan feroces en la realidad de sus imágenes, porque existía el filtro debido, la decencia informativa y el respeto al televidente.    

Hoy no existe ninguno de los tres. El jefe de información alienta la búsqueda de violencia, padecimiento humano, incidentes sanguinolentos y humores corporales que atraigan el morbo. La decencia informativa se trastocó en mercadeo de audiencia y en consecución de pautas publicitarias que generen dinero. Y el respeto al televidente se volvió agresión a la vista, en bofetada y descrédito a la inteligencia.   

Certeza: quien es periodista contrae la inmanencia del peligro. Es una verdad probada. El comunicador se tiene que mover a distintos terrenos en situaciones extremas, donde las otras profesiones no caben para explicar el fenómeno. Esto los expone a cualquier a ser víctimas circunstanciales; pero si a esto le añadimos el contexto comunicativo donde reina la nota roja, ese peligro crece directamente proporcional a las virulentas situaciones que les toca cubrir.

Y esa previsión se hizo realidad hace pocos días, cuando el reportero gráfico del noticiero de Canal 10, Julio Real, fue agredido por un sujeto mientras cubría un suceso superfluo, no noticiable. El hombre, Javier Martínez, cometió un delito, y por ello debe pagar. Pero si solo analizamos los efectos y no las causas, seríamos execrables. Sabemos que las situaciones violentas incluyen la alteración de las emociones e irritan los ánimos, y que se exacerban más cuando un extraño filma el hecho con fines mercantilistas y degradantes.

Y esto es lo que se pide a los reporteros: captar esos momentos. Dejemos, por favor, atrás esa mentira del carácter social del periodismo en estos ambientes. ¿Qué de social hay en dos tipos golpeándose, en un accidente con muertos, o en la caída de un hombre de un árbol? Lo que existe es un detestable aprovechamiento de estos sucesos para venderlos a un público que desconoce lo que es una verdadera noticia, sus repercusiones y alcances. No pretendo ser deontólogo del periodismo, pero acá debería entrar el carácter educativo de los medios. No solo sacar dinero de la desgracia de otros.

Este miércoles, mientras desayunaba en uno de los bares de la UCA, el televisor del local estaba sintonizado en Canal 10. Se apreciaba un debate sobre el caso del camarógrafo. Una periodista argüía que ellos acuden a esos escenarios porque la naturaleza social de la profesión lo exige. Que hacen su trabajo en la calle, y que por tanto no existe privacidad que respetar en el terreno de lo público, dejando al margen el sufrimiento ajeno –eso no importa. Que si les piden no grabar, no lo hacen –falso. Que entran a las propiedades tras pedir permiso –falacia, van siempre detrás de la policía. Todo el debate fue un subterfugio.

Después, dos juristas, los mismos profesionales mediáticos dispuestos solo en casos de trascendencia, en perpetua búsqueda de cámaras, se presentaban como los abanderados del asunto, brindando declaraciones brillantes sin cobrar dinero, sino publicidad. Mientras el debate continuaba, la eterna repetición de lo sucedido; la paradoja predicha: el buscador de información transformado en noticia. El pobre hombre, con la nariz rota y deforme, fue el tema del día, quien salvó la edición. Quien trajo más adeptos a la empresa donde trabaja.

Porque algunos sectores han brindado su apoyo moral, sin reparar en los verdaderos culpables del suceso: quienes mantienen el formato de la nota roja en sus telediarios, y por tanto quienes exponen más a los profesionales, que debieran buscar mejor información. El hecho me recordó la película Tinta roja, que narra la vida de varios periodistas que sacan provecho del sufrimiento ajeno para vender más ejemplares de su diario, hacia el final uno de ellos se vuelve la noticia, y los demás la venden como cualquier otra información, sin escrúpulos. ¿Hay algún parecido? Pero lo peor es que esto seguirá sucediendo mientras no se cambie la visión y misión de los telediarios, desgraciadamente.

Después de la edición del radionoticiero, que de llamaba Sucesos, mi maestro, que era un tipo duro, me hacía el examen: “¿Qué aprendiste hoy?” El manejo de fuentes, preguntar siempre... “¿Y si hay un bochinche?” “Eso no es noticia, profesor, eso es trabajo de la Policía”.

Periodista y docente universitario

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