• Mayo 1, 2008, medio día
Unos de estos días me enojé con mi sobrino porque decidió no ir a clases, pues el Barcelona iba a jugar contra el Manchester United, su pase a la final de la Liga de Campeones, y es que para él es más importante ver a sus “ídolos” del fútbol que ir a la escuela.

El caso es que varios chavalos de mi barrio tampoco fueron a clases y llegaron donde sus amigos que tienen “cable” a ver el juego. Yo no me opongo a que sean fanáticos-aficionados, sino a que dejen las prioridades por las banalidades.

Yo siempre he sido fanática del mejor equipo de béisbol del universo: El Bóer. Es más, uno de los motivos que me impulso a estudiar Comunicación Social, fue ser algún día parte de la Crónica Deportiva y pues ni hablar, me imaginaba una final narrando, comentando o entrevistando, a mi “ídolo”, un pitcher, que valga la aclaración, mi papá decía que nos parecemos por tener mal carácter.

Desde que estaba en el colegio sufría cada juego de la final, fuera con los Tiburones del Granada, con el León, con el San Fernando, la verdad es que el corazón se me achicaba y más cuando mis compañeros de clases me daban el pésame cuando perdíamos.

Recuerdo una vez que estaba estudiando para el examen de química y mi mamá me apagó el radio para que me concentrara, pero esa fórmula no funcionó, ya que estaba peor, no saber si los había dominado el pitcher, o tal vez con un fly de sacrificio empataron o quizás un error logró que el equipo contrario quedara tendido en el terreno… esa incertidumbre casi me mata.

De hecho me enteré hasta por la mañana, cuando mi papá llegó a la orilla de la cama y me dijo: “chiquita, amor, ganamos…”. El Bóer ganó 25 contra 24 al Masaya, no lo podía creer y menos no haber disfrutado de escuchar ese juego que quedaría en la historia beisbolera de mi país.

Mi papá siempre ha sido un poco más flexible. Después de esa experiencia me compró un walkman, para hacer ambas cosas. Y la verdad es que aprendía a valorar cuándo podía escuchar los juegos y cuándo estudiar.

Me imaginaba cada jugada que iba con varios segundos atrasados narrados por los “muchachos” (cronistas), que hablan siempre más de otra cosa que del juego en sí; me metía a través de las ondas hertzianas y llegaba hasta el terreno a gritar de alegría o a enojarme por mi derrota, pues muy pocas veces tuve la oportunidad de ir al estadio, siempre seguía el juego por la radio.

Estoy de acuerdo que el deporte es recreación y mantiene a los chavalos ocupados en una “buena onda”, pero el problema es que sólo quieran jugar sin estudiar, sin dedicar tiempo a cosas que realmente son importantes.

Por mi sobrino lamento que haya perdido el Barcelona, pero me alegro, pues ya no tendrá excusas para no ir a clases. Al menos eso espero, pues yo quiero que aproveche la oportunidad que otros muchachos no tienen de estudiar y salir adelante.

De esforzarse por hacer algo útil de su vida. Cuando llegan los años que a veces lo hacen tan rápido que ni cuenta nos damos, él se sienta satisfecho de que alcanzó sus metas, que hizo realidad sus sueños, que derribó sus obstáculos y que las veces que se tropezó en el camino y tal vez cayó, tuvo las fuerzas suficientes para levantarse y volver a empezar con la frente en alto.

Yo todavía tengo una meta por alcanzar, nomás estoy esperando el momento indicado para lanzarme y hacer realidad ese sueño.
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