
A mis 68 años, por vez primera decidí ver un Superbowl. Nunca me interesó el futbol americano por considerarlo complicado. Muchos amigos trataron de interesarme, y cuando me llevaron hace años, primero a un juego de los Dolphins en Miami, y luego a otro de los 49 en San Francisco, toda mi atención fue para las bailarinas, y el comportamiento de una multitud que se desbordaba. Veía el reloj constantemente y preguntaba ¿cuánto falta para que se termine esto? Las dos veces, salí arrepentido. No me sentía en condiciones de aprender un nuevo deporte, por muy excitante que me lo dibujaran.
Pero escuché tanto alrededor de la venganza que los Patriots buscaban con los Gigantes; tuve que leer algo sobre Tom Brady y Eli Manning sin estar claro de cómo funcionan los Mariscales; me llamó la atención las advertencias sobre los anuncios, solo vistos en el Canal 50 por transmitirse en inglés; y me interesó el show de Madonna, que se esperaba “de película”.
Después de atravesar la secundaria al ritmo de Presley, Chubby Checker, Bobby Darin, Paul Anka, Neil Sedaka y Pat Boone, incorporándome a la gigantesca barra de los Beatles, me desvinculé de la música estadounidense. La película Fiebre de Sábado con Travolta, me permitió conocer a los Bee Gees, pero de Madona, solo seguí sus extravagancias, sin saber de sus canciones.
Sin embargo, me preparé para ver su show, y por no dejar, junto a un vaso de pinolillo, me instalé frente al computador y viendo el televisor, lo mismo que hago cuando hay un evento deportivo que debo cubrir. Obviamente vi el juego en español, único idioma que entiendo, y cambiaba canal para ver los famosos anuncios.
¡Qué bueno fue para mí, escuchar una transmisión que poco a poco, me permitió entender algo para emocionarme! Vi la falla de Tom Brady, cómo se adelantaron los Gigantes, y la racha de pases de Elí Manning, la mayoría cortos, antes de los 16 consecutivos, un récord, de Brady restaurado, mostrando sangre fría y precisión para sus entregas. No entendí lo que es un safety, pero ya sabía cómo se anotaba un touchdown. Antes de calentarse, los Patriots perdían 9-0. ¡Diablos!
Era muy temprano, así que los Patriots resurgieron y voltearon la pizarra 10-9, extendiéndose hasta 17. Los Gigantes, intentando quitarse la soga de sus cuellos, lograron llegar a 15, y mientras todavía estaba asombrado recordando como Mario Manninghan capturó ese pase de Manning contra la raya, entre dos sabuesos, se produjo el escape de Bradshaw, con inmunidad de diputado casero, hasta el fondo, luego de recibir de Manning, para el touchdown ganador y establecer el 21-17 irreversible.
Con 57 segundos pendientes, la angustia se alargó como nuestra deuda externa. Brady era el más preocupado, el más apurado, y trató una y otra vez, de mostrar calma en medio de la tormenta, hasta que su último pase, buscando la recepción milagrosa, no funcionó y los Patriots se sintieron viajando hacia el centro de la tierra.
Vi a Madona, y vi el juego. Apenas le entendí, pero fue suficiente para divertirme y emocionarme.
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