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Decía el escritor chileno José Donoso, parte del famoso “Boom”, algo que parece graficar a ese Brasil depresivo y sin rostro que estamos viendo en la Copa América: lo que hay detrás de una máscara, nunca es un rostro. Siempre es otra máscara. Las distintas máscaras las usas para vivir. La vida es un complejo sistema de enmascaramientos y simulaciones.

El Brasil visto contra Colombia era un equipo triste, de futbol próximo a lo miserable, consumiéndose poco a poco, envejeciéndose, y lo que es más golpeador, de futuro inmediato fatalista. La generación dorada del rey Pelé, la de Romario, la de Ronaldo, la de Ronaldinho y Kaká, parecen haberse esfumado como si nunca hubieran existido. Este Brasil de Neymar, a diferencia de los Cavaliers amputados de LeBron James, no es equipo.

Neymar, insensato

Para derramar el vaso de las decepciones, Neymar, quizás afectado por la acusación en España de corrupción sobre su contratación por el Barcelona que ahora lo involucra directamente, pierde la sensatez y estalla al escuchar el silbato final que sella la amarga derrota por 0-1 ante Colombia, provocando un lío que casi progresa hasta convertirse en escándalo.

Claro que el joven “as” merecía la tarjeta roja posjuego después de la segunda amarilla del torneo cuando empujó una pelota con el antebrazo frente al arquero Ospina en un intento desesperado de empatar el juego. No estará en el último partido de la fase de grupos contra Venezuela y tampoco en el duelo de cuartos de final, de avanzar Brasil.

En la derrota 0-1 por esa estocada sacada de entre la maleza por Jaison Murillo, no vi una gran Colombia. Fue un equipo que en medio de la discreción de un mal juego, funcionó mejor que Brasil cuando James tomaba las riendas, pero nada que ver con el accionar que exhibió en el Mundial del 2014. Su mejor hombre fue el fieramente batallador Carlos “La Roca” Sánchez. Brasil mejoró en circulación y en ideas, con el ingreso de Coutinho por Fred. Es entonces que Brasil se agiliza y consigue, sin el aporte del mediocampo, por largos años su zona más productiva incluso entre las sombras de los Mundiales de 1966 y 1974, ejercer mayor presión, fabricar opciones aisladas.

Brasil, desarmado

No fue una Colombia brillante la que desarticuló a este Brasil amorfo, la mayor parte del tiempo inoperante, y le quitó incidencia a un Neymar recortado en destreza y pretensiones. Brasil fue una pálida caricatura. Ese remate fallado de Firmino, sin arquero en la cabaña, malogrando un empate claramente dibujado, y la falta de efectividad de Neymar en aquella entrada que sujetó Ospina a como pudo, fueron pruebas fehacientes de un futbol frustrante. La prensa brasileña no sabe qué pensar, ni qué decir. Que se necesita un medio centro, que no hay un centro delantero disponible, que apartando a Danny Alves, la defensa se ve en arenas movedizas, que con Neymar disminuido la capacidad de penetración desaparece, que falta autoridad en el centro de la defensa, que se necesita otro Brasil. Las lesiones de Oscar y Marcelo afectaron mucho.

Y ahora, sin el factor Neymar, ¿qué puede esperarse de Brasil entre un espeso pesimismo? Por ahora, muy poco, casi nada. Quienes hemos sido seguidores y admiradores de Brasil por tanto tiempo, lamentamos este momento. No vemos cómo se puede conseguir una restauración. No hay tiempo. Sería algo milagroso. El equipo sin rostro continuará tratando de encontrar algún parecido con su pasado glorioso. Este Brasil perteneciente a la realeza en el futbol, aparece mendigando un poco de imaginación y de inspiración. ¡Qué triste!

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