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Levanten sus manos quienes como yo, creímos que sin Neymar, este Brasil tan oscurecido como equipo en sus dos primeros juegos, debería hacer maletas y regresar a casa sigilosamente, tratando de ocultarse detrás de sus propias sombras, “decapitado” en sus pretensiones de ir más allá en esta Copa América. ¡Wow, éramos muchos!

SE HIZO LA LUZ VERDE-AMARILLA
Pero eso no ocurrió. Brasil sobrevivió con Neymar en las tribunas, sonriendo mientras Thiago Silva con un seco derechazo “cajoneado” sobre un córner, y Firmino, destapado por la derecha, recibiendo de Willian quien se abrió paso por la izquierda como un Aquiles negro y pequeño, apartando con su maniobrar desconcertante todo lo que encontraba, marcaban los dos goles que impulsaron a Brasil hacia cuartos de final, obviando el cabezazo bajo de Miku en zambullida, apretando la pizarra 2-1 sobre Venezuela, marcador que fue sostenido entre angustias.

Lo improbable: Brasil funcionó verdaderamente como equipo sin Neymar en el escenario. El factor asombrosamente desequilibrante en el primer juego de Brasil marcando un gol y facilitando el otro contra Perú, había quedado reducido a ser solamente un testigo ocular en el resto de la Copa consecuencia de una severa sentencia de cuatro juegos de suspensión. Dunga, que siempre habló de reemplazar el famoso y otrora efectivo juego bonito de Brasil por lo práctico, utilizó a Coutinho de entrada, apostó por Willian como agitador incidente por su rapidez y habilidad, confió en Firmino para moverse en el área, se refugió en la capacidad de contención y facilidad de proyección de Fernandinho, y por supuesto, en la cobertura de Alves por toda la franja derecha, atrás y adelante. Agreguen el respaldo de Thiago Silva y Miranda en el centro de la defensa. Una iluminación verde-amarilla.

¿POR QUÉ RENUNCIÓ DUNGA?
Fue así como vimos otro Brasil, no deslumbrante pero sí eficaz, capaz de multiplicar su agresividad llegando constantemente al área enemiga y fabricando opciones que exigieron un trabajo extra de la zaga venezolana y el arquero Baroja. Un Brasil que llegó a manejar la pelota hasta con 30 toques de balón, metido en el patio ajeno. Un Brasil moviéndose a ratos con impunidad por toda la frontal, con posibilidades a mano de ampliar la diferencia de 2-0 y sepultar las débiles esperanzas venezolanas. ¿Por qué Dunga renunció a esa significativa ventaja que atenazaba al rival, llamando a defensores como si el objetivo esencial fuera defender la fortaleza de Jefferson, apenas amenazada con ciertas incursiones?

Consiguiendo espacio para adelantarse y sobre todo, la pelota para maniobrar, Venezuela logró ejercer presión y meter en el área a los zagueros brasileños, quitándole conexión al centro del campo que jefeaba Fernandinho, manteniendo a Alves atrás, y naturalmente, aislando a delanteros, quedando a la espera de escapes. Brasil salió de la comodidad a la incomodidad, de la tranquilidad y soltura de juego, a la preocupación por sentirse amarrado. Y eso fue por decisión propia, no forzado por Venezuela, que mejoró su accionar al encontrarse con facilidades por tanto tiempo negadas. Menos mal que el costo se vio limitado al gol de Miku.

Ahora Brasil, siempre con su condenado “as de espadas” en las tribunas, enfrentará en cuartos de final el domingo al rocoso equipo de Paraguay. Willian aparece en pantalla, incisivo, como el factor desequilibrante que fue contra Venezuela, lo que era Neymar en ese engranaje antes de su expulsión.

 

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