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El informe oficial fue: suicidio. Cuando lo escuché mientras viajaba hacia La Primerísima como lo hago cada mañana a eso de las seis, frené, me coloqué a un lado, y pensé: no puede ser cierto. Pero lo era, y hoy, seis años después, cuesta creerlo.

La última vez que lo vi, parecía tan feliz, como alguien completamente realizado en este nuevo y aparentemente atractivo para él, juego político. Escuchar sobre un suicidio de alguien tan conocido, con tanto significado y con quien cultivé una larga amistad, provoca dolor en el corazón y en la cabeza y desencadena un montón de preguntas sin respuestas.

¿Qué puede pasar por la mente de una persona ya madura, que ha saboreado las mieles de la fama y la fortuna, que se ha establecido en la política con una sólida posición, que está viendo crecer a un pequeño hijo y consolidando una relación sentimental que podría tranquilizar su envejecimiento, para halar el gatillo y matarse?

No lo sé, ni lo imagino. Por eso insisto: cuesta creerlo.

El siempre tenía energía, hablaba con entusiasmo, exhibía una ruidosa carcajada, había superado múltiples complicaciones, disfrutaba del cariño de un pueblo, parecía estar como ídolo imperecedero por encima de todas las miserias. Y esa madrugada, como moviéndose en uno de los círculos del infierno que nos grafica Dante, se sumergió en lo trágico.

Alexis Argüello no era un rostro de otro tiempo. Estaba tan actualizado como ahora. La idolatría tiene soporte de mármol y alas para mantenerte arriba. Han pasado seis años y el pueblo sigue encumbrándolo.

La duda, mientras no se clarifique, nunca es flaca. El informe oficial fue suicidio, pero cuesta creerlo.

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