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Por fin, después de 99 años de espera, Chile conquista la Copa América. Un penal a lo Panenka ejecutado por Alexis Sánchez, mató en cámara lenta a este súbitamente irreconocible equipo argentino, que acorralado por la angustia, se aferró al azar de los tiros desde los doce pasos, luego de ser claramente superado en todos los sectores de la cancha a lo largo de 120 minutos como no se esperaba. No sé si estaba escrito ese falso equilibrio 0-0, pero como decía Oscar Wilde, con el destino no se discute. Menos mal que los penales hicieron justicia.

Matías Fernández con un soberbio taponazo de derecha clavado en el ángulo superior derecho de la cabaña defendida por Romero, adelantó a Chile en los penales y Messi niveló 1-1 con un zurdazo rasante bien detectado por Bravo, pero lo suficientemente potente para esquivar la posible gran atajada; Vidal fue hacia la derecha de Romero regresando la ventaja para Chile 2-1, y sorprendentemente Higuaín le pegó tan mal a la pelota que la hizo pasar silbando encima del arco iris, dejando a los argentinos atrás; acertó Aránguiz con un derechazo hacia la izquierda de Romero y el disparo de Banega fue bloqueado por Bravo, colocando a Chile en ventaja 3-1: la estocada mortal fue una cuchillada suave, sigilosa, a lo Panenka, ridiculizando el estirón equivocado de Romero, sellando la victoria chilena.

Sin la luz de Messi, sin la pelota, con muy pocas ideas, desconectado adelante, frágil en el medio y agobiado atrás, Argentina se mantuvo lejos del paraíso, con la ilusión de ponerle fin  a una sequía de 22 años, agujereada por la inutilidad mostrada en el momento que exigía mayor crecimiento. A ratos, sin exagerar, el equipo de Martino pareció ser una pandilla de sonámbulos. Nada que ver con aquella brillantez de juego en el primer tiempo con Paraguay en la fase de grupos, ni con el ímpetu destructivo exhibido en la goleada asestada en semifinales.

[Más sobre la victoria de Chile en la Copa América 2015]

Igual que Maradona, en su tercera Copa América, Lionel Messi salió frustrado. El dispositivo chileno planificado por Sampaoli para apretarle las tuercas al mejor jugador del planeta, funcionó eficazmente manteniéndolo a raya hasta con tres hombres y utilizando relevos. Este operativo sobre Messi no afectó a Chile atrás. Los atacantes argentinos, siempre estuvieron necesitados de acompañamiento. En el área, el Kun Agüero se sintió desamparado, obligado a intentar resolver como fuera una cobertura de espacios bien elaborada. Los ingresos de Di María por la izquierda y los movimientos de Pastore no tenían trascendencia. Ni pensar en las proyecciones de los laterales ni en la incidencia de Mascherano. Chile lo llegó a tener todo bajo control en el primer tiempo, perdió intensidad en el segundo pero no cedió opciones y regresó con su empeño espartano en el tiempo extra buscando cómo quebrar ese 0-0.

La salida de Di María lesionado fue una mala señal. Argentina no sincronizaba, ni creaba, ni conseguía profundidad, ni podía sacar provecho de Messi encarcelado. Todo eso era mérito de Chile, siempre con hombres disponibles en los espacios vacíos  con facilidad de llegada para mantener atormentados a los zagueros argentinos. La zona de creación gaucha, inexistente, y en esto no puedo responsabilizar al accionar chileno sino a la incapacidad de los argentinos, con sus mediocampistas en kínder.

Di María y Agüero recibiendo de Messi dispusieron de posibilidades muy temprano pero se esfumaron, en tanto Vidal obligó a una atajada comprometida de Romero y Vargas entró por la derecha enviando un latigazo muy arriba de la cabaña argentina. La gran intriga de ver qué variantes traería Argentina del vestidor, desapareció rápidamente cuando lo ofrecido fue más de lo mismo en lo referente al futbol errático y los cambios, no contribuyeron en nada. El segundo tiempo, Messi fue menos visto y el 0-0 se extendió hasta el tiempo extra, incluyendo una entrada a fondo de Alexis sobre falla defensiva de Mascherano, mientras una entrega de Messi a Lavezzi y centro rasante de este buscado por Higuaín, solo quedaba en amenaza.

Por bravura, por mejor accionar, por quitarle el balón a los argentinos y por ofrecer el futbol que valió la pena ver en el duelo crucial, el triunfo chileno es incuestionable y meritorio. Una vez más, Messi se quedó en la orilla.

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