Alejandro Sánchez S.
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Generalmente los grandes equipos son los que imponen las reglas. Se juega a lo que ellos quieren, entre otras cosas porque desde lo colectivo y lo individual, entrelazando trazos, van marcando ritmos, estrategias y tácticas.

Ayer no hubo una supremacía clara del nuevo campeón de América, y hasta estuvo más cerca de perder que de ganar el partido, en el parámetro siempre sesgado de la contabilización aséptica de los chances de gol. Pero en una final pareja y cerrada, Chile estuvo más cerca de la mejor versión de sí mismo. Argentina, en cambio, nunca fue Argentina.

Aún con virtudes y defectos, el equipo de Sampaoli fue más fiel a sí mismo, más auténtico, y con esa identidad más consolidada le impuso su sello al partido, incluso a riesgo de darle al rival todo el campo a sus espaldas, como en esa última jugada de los 90, con Messi, Lavezzi y el chance perdido en la línea por Higuaín.

En cambio, Argentina quedó a media agua, indecisa entre la presión alta y la pelota al piso que es la idea madre del entrenador, y la realidad de un partido que lo fue tirando para atrás. Y en ese vaivén quedó mitad del equipo de un lado y mitad para el otro y así se fue desangrando de a poco hasta morir a la orilla de la gloria.

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