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En cierto momento de la torturante paliza, todos queríamos salir huyendo del gigantesco Estadio Azteca, sin saber hacia dónde ir. Las cifras, finalmente 14-0, nos golpeaban brutalmente. Nunca antes ni después he visto a nuestro futbol tan desnudo y enclenque, como ese viernes 17 de octubre de 1975 en el marco de los Juegos Panamericanos.

LLEGAR SIN ESPERANZAS
Siempre me he preguntado: ¿Cómo olvidar lo que no puedes borrar del disco duro de tu memoria? Después de perder 4-1 con El Salvador y 5-1 con Costa Rica, enfrentar a Brasil equivalía a colocar el cuello debajo de la cuchilla de una guillotina. Ninguna esperanza revoloteaba sobre nuestras cabezas y no tenía sentido cruzar dedos, ni rezar. Estábamos condenados a otra goleada, pero no sabíamos qué proporciones alcanzaría.

Esa mañana, llegué muy temprano al Estadio que fue testigo de una de las consagraciones del Rey Pelé, la de 1970 asegurando una tercera Copa para Brasil, quizá la más resonante, la que lo convirtió para el futuro en una escultura de Miguel Ángel. El juego fue programado para las 11 de la mañana y las tribunas, capaces de recibir a 105 mil aficionados, solo mostraban un pequeño grupo de estudiantes nicaragüenses, optimistas incurables, agitando una bandera. Puede ser la más baja entrada en la historia del Azteca.

NUESTRO FUT GOLPEADO
El futbol pinolero, pese a la medalla un poco casual conseguida dos años antes en los Centroamericanos de Guatemala, atravesaba por un momento depresivo, luego del debilitamiento de la primera división. El arquero Dubois era el pilar con experiencia, el veterano de mil batallas en el futbol hondureño con el Motagua. Jóvenes valores como Mauricio Cruz, Granjita, los hermanos Armando y Manuel Cuadra y Acevedo sabían que los esperaba un campo minado, igual que el entrenador Leonel Quintanilla.

La época en que la Selección se enfrentó a equipos como Estudiantes, Botafogo, Cerro Porteño, el poderoso Alianza salvadoreño forrado con extranjeros, el Irapuato de México, el Comunicaciones y el Olimpia, había quedado atrás. En 1975, solo era un material anecdótico. El nivel de competencia de nuestro futbol se había deteriorado seriamente después del terremoto de 1972 al desaparecer las condiciones que lo fortalecieron con el apoyo decidido del Flor de Caña, el Milca, el Cecilia, la UCA y la presencia del Diriangén, todos inyectados por jugadores importados, y envejecer la generación de Peché,  Chocorrón, Barrios, Huete, “Camarón” Gutiérrez, Chico Mambo Romero, René Rivas, el propio Dubois y tantos otros. Rudy Sobalvarro ya no andaba por estos lados.

UN ATAQUE SIN PIEDAD
Los años han pasado y mis apuntes sobre ese juego con Brasil se encuentran exageradamente pálidos, casi borrosos, como el futbol mostrado por nuestro equipo aquel día. A los 35 segundos, Márquez consiguió el primer gol, y antes de terminar de rascarnos cabezas, en el minuto 3, Quiroga clavó el segundo. Dos Santos fue el ejecutor en el quinto minuto. ¡Diablos! En un abrir y cerrar de ojos, con una defensa agujereada, perdíamos 3-0.  Volvió a la carga Quiroga a los 16 minutos, Correa a los 20, Lacerda a los 21, Martín a los 30, Lacerda a los 32 y Dos Santos a los 34. Al caer el telón del primer tiempo, el marcador por 9-0, era tenebroso. El propio Drácula no hubiera escapado a un escalofrío. Y en el segundo tiempo, Da Silva a los 59, Batista a los 67, Marcelo a los 72, Batista a los 81 y finalmente Marcelo a los 86, congelaron la pizarra con ese 14-0 tan aplastante.

Brasil nos masacró, fue el antetítulo de mi nota enviada desde México, con el título ¡Qué pena!...Caímos 14-0. Fue algo demasiado cruel y humillante para un David sin honda y sin piedras, escribí. La goleada se esperaba, pero no tan brutal. Un recuerdo muy amargo, más golpeador que las derrotas en beisbol 18-0 y 17-1 frente a Estados Unidos y Cuba en los Panamericanos de 1987 en Indianápolis.

 

 

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