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Cooperstown es el “Museo de Louvre” del beisbol. Ahí están uniformados y con gorras, la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia, la Mona Lisa, el Escriba Sentado, y los equivalentes a tantas otras obras de arte en el más impredecible de los deportes, el de bolas y strikes. Cuatro magníficos peloteros: el lanzallamas mastica carbones de mirada hiriente, Randy Johnson; el derecho dominicano de atrevido pitcheo adentro y dominio a ratos aplastante, Pedro Martínez; el único ganador de más de 200 juegos con más de 150 rescates, John Smoltz; y Craig Biggio, un bateador que parecía disponer de un radar para captar todo lanzamiento que se moviera en la zona de strike; entrarán hoy, sin abrir espacio a las menores discusiones.

Así obtuvieron sus pasaportes

Ese reconocimiento, como apuntamos en el momento de su elección, fue certero, inobjetable. El boleto de entrada para cuatro magníficos al Salón de la Fama en Cooperstown, obedeció a una correcta valoración de la excelencia en el beisbol de cada uno de ellos, con ciertas diferencias bien graficadas en los porcentajes: 97.3 para Randy Johnson con 534 de 549 votos; 91.1 a favor de Pedro Martínez, apenas el segundo dominicano 32 años después de Juan Marichal; 82.9 como soporte de John Smoltz y 82.7 en el tercer intento del bateador de 3,060 hits a lo largo de 20 campañas, Craig Biggio.

¿Cuándo fue la última vez que Cooperstown abrió sus puertas para recibir a cuatro nuevos miembros? Hay que retroceder hasta 1955, cuando un grupo jefeado por Joe Dimaggio y completado por Gabby Harnett, Ted Lyons y Dazzy Vance, se metió ruidosamente al Salón. No hay duda que las huellas de Randy, Pedro, Smoltz y Biggio, serán imperecederas y muy llamativas. ¿Se imaginan un staff con Johnson, Martínez y Smoltz, ganadores de 735 juegos con más de once mil ponches y  nueve premios Cy Young? Sin duda, merecedor de una pintura para adornar cualquiera de las paredes del Palacio de Versalles.

Randy y Pedro, temibles

El zurdo Johnson, que se elevaba dos metros por encima del piso frunciendo el ceño en cada disparo, fue tan temido por los bateadores como el Conde Drácula. Fue un ganador de 303 juegos con cinco premios Cy Young en su poder, cuatro de ellos consecutivos, siendo líder en el macabro departamento de ponches durante nueve temporadas, alcanzando un total de 4,875 a lo largo de 22 años, la segunda cifra de todos los tiempos, solo detrás de Nolan Ryan. Agreguen, dos juegos sin hits, uno de ellos, perfecto. Era Johnny Ringo pistola en mano.

Pedro Martínez, el único latino de tres mil ponches, dueño de la increíble efectividad de 2.93 en su deslumbrante carrera, se vio reducido a 219 triunfos por sus constantes problemas musculares. ¿Hasta dónde hubiera llegado con la salud de Denis Martínez? Nadie lo sabe, pero más allá de sus registros estadísticos impresionantes, esta su contribución para terminar con la maldición de los Medias Rojas, después de haber sido firmado por los Dodgers antes de aterrizar en Montreal y ganar el primero de los tres Cy Young que obtuvo, quedando a la orilla de otro. Aparentemente inofensivo, Martínez provocaba escalofríos con su pitcheo adentro como lo hacía Bob Gibson.

Smoltz y Biggio

John Smoltz, quien llegó a codearse con Greg Maddux y Tom Glavine, ya instalados en Cooperstown, en aquel inolvidable staff de los Bravos, crecía inmensamente en la postemporada. Su balance de 15-4 en Play Offs lo dice todo junto con las 213 victorias edificadas y 154 salvamentos. ¿Y qué decir de Craig Biggio? No podía seguir esperando después de quedar corto por solo dos votos en el 2014. Ningún bateador de 3,000 hits no condenado por esteroides estaba afuera. Así que se hizo justicia.

Amigos, es momento de brindar hoy por estos cuatro magníficos del beisbol, todos merecedores de ese reconocimiento a sus ejecutorias que los inmortaliza: un sitio para cada uno en Cooperstown.

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