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Da Vinci diseñó y trabajó su “Mona Lisa” entre 1503 y 1506, pero pasó retocándola el resto de su vida, perfeccionándola, cada día más. Denis Martínez no puede hacer eso con su juego perfecto del 28 de julio de 1991 contra los Dodgers, excepto revisar el box score, saborear el out por out, disfrutar otra vez el video, regresar a la misa en Los Ángeles, a su encuentro inesperado con Vince Scully y al apuro por tomar un taxi para llegar a tiempo al estadio.

Todo lo ocurrido ese día histórico es un recuerdo perfecto para Denis y para nosotros, más allá de los 24 años que han transcurrido. Es un recuerdo que no necesita retoques como la Gioconda del gran Leonardo, porque no hay forma de hacerlos. Se puede modificar la nariz en la magistral pintura de uno de los genios del renacimiento, corregir un poco su enigmática mirada, hacer más dulce su rostro, pero no mejorar la dureza del montículo del Dodger Stadium, o cambiar un poco la dirección del machucón casi hit de Juan Samuel, obligando a Denis caer de rodillas y tirar semiincorporado, o acelerar la sacada de pelota del guante de Tim Wallach en un momento tenso, o estirar más a Larry Walker para quitarle dificultad a aquel out sobre la jugada de Deshields, o evitar que Marquis Grisson corriera tanto para el cierre de juego en zona de advertencia.

Qué bueno hubiera sido con el paso del tiempo poder aplicar algunas correcciones como las que recomienda Jonathan Franzen, pero la Mona Lisa pintada por Denis desde la colina de los Expos de Montreal ese día, a diferencia de la de Da Vinci, no lo admite. Eso sí, la emoción, la incredulidad y el orgullo continúan a la orilla de ese recuerdo.

Una exigencia mayúscula

Un juego perfecto en el beisbol es la mayor exigencia. Ninguna falla puede ser corregida, y se necesita que todas las piezas sobre el tablero funcionen con la precisión que caracterizan las maquinarias de los relojes suizos. Un parpadeo de cualquiera de los involucrados, incluyendo el de un árbitro como Jim Joyce, y todo se acaba. Pueden preguntarle al afectado venezolano Armando Galarraga, quien no volvió a disponer de otra oportunidad en su vida. “Uno nunca piensa que es posible.

No sé que decir después de lograrlo”, expresó Roy Halladay, saboreando el haber estrangulado a los Marlins, dándole forma a un juego perfecto en el 2010.

Varias veces le pregunté a Denis: ¿cuántas veces has visto el video?

“No sé. No puedo precisarlo. Pero es un montón de veces, habitualmente con mi familia y siempre lo disfruto”.

¿Qué es lo que te quedó grabado más profundamente?

“El asombro. Me parecía que estaba soñando. Me sentí en el cielo. El periodismo me atrapó, lo atendí y después fui encima del teléfono para comunicarme con mi familia en Montreal. Cuando escuché la voz de Luz Marina, se me encogió el corazón y sentí que las lágrimas me desbordaban”.

Clave, el control

¿Lo más complicado?

“Entrar a la recta final del juego sabiendo que cada bateador podía significar el final del esfuerzo... No quería estar pendiente de la posibilidad de la proeza, pero ¿cómo no estarlo?... Soy de carne y hueso, me emociono, siento la presión, traté de enfocarme y seguir”.

¿Cuándo sentiste que el peligro te aguijoneaba?

“Bueno, cuando trabajé a Brett Butler con la cuenta de 3 y 2. No lo quería ver en primera base por lo cerrado del juego... Luego, asistir al toque de bola de Juan Samuel en el séptimo y, por supuesto, enfrentar a Chris Gwynn en el noveno”.

¿Algún fildeo digno de ser recordado?

“El de Delino Deshields sobre un batazo lento de Alfredo Griffin, tirando bastante bajo a primera y obligando a Larry Walker a un gran lance”.

¿Factor clave?

“El control. Estuve manejando con seguridad mis lanzamientos buscando como dominar evitando el desgaste físico y lo logré. Nunca lo soñé, simplemente se presentó la oportunidad y lo conseguí, gracias al Señor que me proporcionó este brazo, sereno, durable y obediente”.

Al caer el último out, entre el oleaje de excitación, el público de pie con la gran ovación pese a ser del otro equipo, las palmadas en la espalda, los micrófonos, las preguntas, el baño de champán, la llamada a la familia en Montreal, el sentirse entrando al cielo, y el disfrute de un recuerdo imperecedero, para él y para nosotros. Un recuerdo perfecto.

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