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Alguien puede haberle dicho a Roberto Clemente: llegarás a la tumba lleno de vigor y serás por siempre un ejemplo. Ese será tu verdadero agigantamiento, mostrarte de cuerpo entero, por encima de esas cifras grandiosas, revestido de un impresionante humanismo, que es producto del agregado de humildad, a un profundo amor al prójimo.

El astro, no conociéndose a sí mismo en el alcance de sus sentimientos, elevación de su espíritu de sacrificio y determinación sin vacilaciones, quizás quedó viendo con cierta incredulidad a quien le decía eso, sin responderle, hasta que volvió a encontrarlo a la orilla de aquel avión que estaba abordando con ayuda a Nicaragua tomando todos los riesgos. El aparato solo llegó a despegar en el filo de la medianoche del 31 de diciembre de 1972, apenas meses después de haber disparado su hit tres mil contra Jon Matlack. Aquí estoy, lleno de vigor, sin importarme morir, debe haber pensado.

LEYENDA VIVIENTE

“No vayas Roberto”, le suplicaron casi su esposa Vera, José Pagán, Manny Sanguillén y tantos otros, asombrados de ver a un hombre como él, empeñado en el cumplimiento de una misión de apoyo a un país del cual se enamoró a través de una virtud esencial: el agradecimiento por las demostraciones de admiración y cariño recibidas. Su respuesta por encima de la advertencia que el aparato estaba averiado fue: “Iré. Si vas a morir, morirás”. Sin duda el momento más dramático graficado por Bill Christine en su libro.

A sus 38 años, Roberto Clemente era una leyenda viviente. El pelotero latino de rebeldía natural, exigente con los otros pero más con él mismo en busca de la superación sin imponerse pausas, aún a sabiendas que como dice la Biblia, hay tiempo para todo: un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar. El astro boricua tuvo tiempo para trazar sus huellas, hacer historia, ofrecernos su calidad humana, y dejarnos un recuerdo imperecedero.

PELOTERO MAJESTUOSO

Fue un caso único en Cooperstown. Entró directamente después de su desaparición. No necesitó esperar los cinco años de retiro, porque cuando murió, estábamos haciendo cálculos de lo que podría agregar en cifras de seguir en acción unos tres o cuatro años. La majestuosidad de Roberto en el terreno de juego, tenía esa belleza que no requiere de maquillaje. Parecía estar viendo imágenes tridimensionales producidas en un computador. Todo perfecto: el swing, la armonía de sus movimientos a veces extraños, su rapidez, su prontitud, su precisión, sus agallas, su clase. Y fuera del terreno su entrega sin restricciones, sin ningún temor.

A lo largo de 42 años y seis meses, me he pasado preguntando ¿cuántos de nosotros seríamos capaces de hacer algo así, por gente de un país que no es el nuestro? Y no se me ocurre ningún nombre. No me queda la menor duda que con su ejemplo, Roberto Clemente levantó su propia estatua, con el mejor mármol, el del humanismo. ¡Bienvenido Roberto a nuestro sencillo Salón de la Fama que se hinchará con tu grandeza!

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