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Pueden creerme. Todavía estoy frente al televisor esperando una corrección de las imágenes, preguntándome ¿cómo pasó eso? Clavarle 4-0 a un Barcelona que, intentando dibujar en las paredes del Palacio de Versalles una racha grandiosa, buscaba su quinto título consecutivo cobijado por un favoritismo tan amplio como un océano, es algo sencillamente asombroso. Fue como ver a Johnny Ringo, un pistolero del Salón de la Fama en el viejo Oeste, ser acribillado en un callejón por alguien menor.

Déjenme apartar un poco las manchas de sangre que dejó el Barcelona en el Estadio de San Mames, sacudir mi cabeza, y tratar de recuperar el control de mi sistema nervioso, para contarles como entre San José, Aduriz e Iraizoz, le cortaron todas las cabezas a la Medusa, encadenando a Messi y desarticulando al equipo catalán hasta reducirlo a la insignificancia, lo que es tan inesperado como un apagón del sol.

Pesadilla insospechada

Sin Piqué, sin Iniesta, sin Rakitic, sin Busquet, sin Neymar, sin Jordi, era un Barsa extraño, pero no preocupante. Con Pedro como titular junto a Suárez y Messi, el banco azulgrana parecía ser lo suficientemente confiable para asegurar la posesión del balón, la creatividad, la fabricación de posibilidades y ejercer presión. Además, estaba Messi.  

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Pero el Bilbao tomó un curso de aprendizaje anti-Barsa revisando lo conseguido por el Sevilla borrando ese 1-4 desfavorable. Los “leones” de Valverde atravesaron un medio campo inexistente y se plantaron con buen manejo y excelentes desmarques frente a una defensa que se movilizaba erróneamente en un imaginario campo minado, cargado de atacantes vascos.

Taponazo de San José

El primer gol, fue insólito. Un balón larga salida desde el arco de Iraizoz llegó alto frente al área de Ter Stegen, quien cabeceó fuerte hacia el centro del campo. San José recibió el despeje y sobre el rebote corto, desde unos 45 metros, disparó con pierna derecha hacia la cabaña sin custodia. Ter Stegen sintió una puñalada cuando la pelota llegó a las redes. Ese 1-0 en el minuto 12, no produjo alarma y el Barsa trató de ordenarse como lo había hecho contra el Sevilla para marcar cuatro goles. 

Iraizoz sacó con las uñas un gran tiro libre de Messi hacia la escuadra superior izquierda; Pedro, entrando vertiginosamente, sacó astillas del travesaño con un potente remate; y el arquero vasco detuvo un disparo rasante de Messi con cierta carga de veneno. Próximo al empate, el Barsa presionaba sin alardear y el Bilbao aguantaba recuperando pelotas y cerrando espacios. 

Estrepitoso derrumbe

En el minuto 52, otra abertura apropiada en la defensa azulgrana con Merino dejando atrás a Alves por la izquierda, centro preciso y remate de Aduriz elevándose majestuosamente asestando el cabezazo mortífero para el 2-0. Ahora sí, Luis Enrique frunció el ceño. La situación se estaba poniendo fea de verdad. Peor aún cuando a los 62, falla Adriano frente a Susaeta y un flojo rechace de balón es enderezado por Aduriz para el 3-0, ya con Iniesta y Rakitic en la cancha y Messi atornillado de diferentes maneras. 

Finalmente, el imperdonable penal cometido por Alves y la ejecución perfecta de Aduriz para su triplete y la sentencia del 4-0, que obliga al Barsa a jugar con dos Messi en la vuelta en busca de un milagro. Quien iba a pensar que este Barsa de cuatro trofeos, sería estremecido por ocho goles en dos juegos. Apago mi computadora y vuelvo a preguntarme ¿cómo pasó eso? El equipo menos goleado en la pasada liga, demolido brutalmente, convertido en invisible por la fatalidad. Como si hubiesen vuelto a matarlo después de muerto.

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