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Permítanme suponer que Juan Rulfo, como un agregado de su famoso e incomparable trabajo literario “Pedro Páramo”, diría frente al cadáver del Barsa visto ayer en esta Supercopa de España: Solamente se escuchó un quejido del equipo que salió muerto de San Mamés el viernes, y pese a cierta mejoría, lo siguió estando en el Nou Camp; el gol de Messi en el minuto 42 recibiendo de Suárez, amortiguando con el pecho y rematando de volea con su pincel zurdo. Nada más.

¡Qué pena ser limitado a tan poco con tantas exigencias que manejar! El Barcelona necesitaba tres goles más cerrándole las puertas al Bilbao, para poder estirar el juego a la prórroga, pero la expulsión de Piqué a los 55 y el gol de Aduriz en el 73, tomando un rechace de Bravo, sepultaron las esperanzas de resurgimiento que se debilitaban en cámara lenta con el paso del tiempo. El 1-1 abofeteó al Barsa y encumbró al Athletic que, desde hace 31 años, no saboreaba una conquista.

INICIO ÁGIL PERO IMPRODUCTIVO

Salir del hoyo era improbable, pero ocurren milagros. ¿Por qué no? dijeron varios, Luis Enrique incluido, frente al reto de golear en la revancha, aún estando conscientes de necesitar dos o tres Messi para eso. Las tempranas posibilidades de Pedro y de Piqué, esta último con estallido en el travesaño, alertaron al Bilbao y agitaron a la multitud. Ahí estaba la agresividad que se requería para apretar al Athletic, haciendo pensar que podría ser sostenida suficiente tiempo.

Firme atrás, el Bilbao supo distribuirse en una correcta cobertura mientras Messi, distante del área, tardaba en aparecer. El avance del reloj comenzó a jugar contra el Barsa que muy pálido en el centro del campo, sin poder asegurar proyecciones rápidas ni lograr penetraciones con desbordes, no le sacaba provecho a la posesión del balón, algo que no incomodó al Athletic en la primera batalla.

EL BILBAO IMPERTURBABLE

La confianza del 4-0 anterior no hizo crecer el atrevimiento del Bilbao, ni lo obligó a un repliegue prudente, pese al buen juego desplegado por el equipo azulgrana en la primera mitad. Interceptar pelotas para quebrar triangulaciones y cerrar espacios para evitar recepciones claras en el área le funcionó al Athletic durante 41 minutos, hasta que esa pelota aérea llegada desde la derecha, fue empujada hacia Messi por la pechada de Luis Suárez. La destreza del argentino le facilitó bajar apropiadamente el balón y rematar con zurda para establecer el 1-0. Una señal de vida antes del descanso era saludable.

La expulsión de Piqué, consecuencia de un fuerte reclamo, fue una cuchillada para la multitud. Obviamente quedar con un hombre menos recortaba drásticamente la posibilidad de un milagro y le quitaba capacidad de progresión al Barsa, al no poder agilizar la recuperación de balones. Y en el minuto 73, Aduriz libre de marca, recibe desde la derecha con la defensa del Barsa desorientada. Su disparo rasante lo devuelve Bravo, pero muy frontal y sin la necesaria fuerza. El segundo intento de Aduriz a portón abierto es suave, bien colocado, fijando el 1-1 que cerró el ataúd del Barcelona en esta supercopa.

 

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