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El final de Ricardo Mayorga como púgil competitivo, aunque continúe tomando riesgos y sufriendo daños irreflexivamente, no ocurrió el sábado ante Shane Mosley mientras escuchaba el conteo definitivo por parte del réferi Raúl Caiz Jr., fue antes, desde hace un buen rato. Esa última imagen, de hombre arrodillado entre esperanzas rotas, sangrando por el corte en su pómulo derecho, con el otro lado severamente abollado, sus piernas sin energías y los brazos sin capacidad de responder a impulsos mentales, me hicieron recordar --guardando largas distancias comparativas por supuesto-- a dos de los más grandes de todos los tiempos: Muhammad Ali frente a Larry Holmes y Ray “Sugar” Leonard ante Terry Norris.

SIEMPRE IMPRUDENTE

Hay peleadores sin miedo, y otros que por ser insensatos, no lo conocen. Son los suicidas, aquellos que van de frente a las bayonetas, sin estar claros de lo que con certeza los espera, como Ricardo Mayorga. Frente a Vernon Forrest y Tito Trinidad, el indiscutiblemente bravo pinolero, expuso su rostro como una muestra de autosuficiencia soportada por su resistencia granítica. Era un alarde tonto pero consciente. En cambio, en la desigual pelea con lo poco que queda de Shane Mosley, fue evidente que Mayorga lo hizo empujado por su inutilidad, sin saber que hacer, quizás, aunque parezca absurdo, tratando de conseguir un poco de estímulo al sentir golpes conectados impunemente, agregados al castigo que estaba recibiendo. Eso no ocurrió.

En el boxeo, constantemente, las grandes pistolas superan a los grandes pensadores, pero como “Matador”, Ricardo Mayorga dejó de existir, quedando reducido a un peleador incapaz de llegar a ser peligroso, porque hoy carece de la rabia requerida para buscar cómo imponerse, y de fortaleza. No poder disponer de los mínimos recursos, es gravísimo, porque te niega cualquier posibilidad de sobrevivir, incluyendo la de un golpe imprevisto. El sábado, a lo largo de seis tormentosos asaltos, todo lo que intentó Ricardo, se esfumó rápidamente, no por la destreza de Mosley, quien tomó el ring sin pretenderlo y se encontró con un rival lento y con el portón abierto, sino por su incapacidad de hacer algo significativo. Así que Mosley ni siquiera se desgastó en la construcción de una cómoda victoria, posiblemente intrascendente para su futuro pese a la escasez de valores imperante.

PROVOCA ASOMBRO

Mayorga tiene su lugar ganado a pulso en la historia de nuestro deporte. Fue campeón welter y superwelter. Provocó asombró derrotando dos veces a Vernon Forrest, verdugo de Mosley y coronándose en las 154 libras superando a Michele Piccirillo; enfrentó a los peleadores más temibles en esos casilleros, dejando --aún sin ganar-- constancia de su temeridad y capacidad agresión intentando mover montañas de factores adversos; una derrota discutible frente a Cory Spinks, le impidió ser el boxeador del año en el 2003, después del impresionante doble sometimiento de Vernon Forrest; fue portada de las grandes publicaciones y merecedor de enfoques de las grandes plumas estadounidenses. Obviamente, eso agigantó su ego y lo metió en la esfera del descontrol.  

31 son las victorias de Ricardo Mayorga por nueve derrotas y una sin decisión en su carrera iniciada en 1993.

Nunca creí que bebía y tomaba como se esforzaba en hacer creer y que no se preparaba lo necesario. La forma como peleó los rounds doce en la segunda pelea con Forrest, necesitado de un cierre convincente y en la apretada derrota con Spinks, certificaban una excelente condición física sin cervezas y sin cigarros. Sin ser un publicista, fue su mejor promotor, hasta que se volvió repetitivo y naturalmente predecible. No supo, por una combinación de falta de asesoría incidente y terquedad propia, desligarse del ingrediente tosco y hasta vulgar, para aplicar convenientes modificaciones a su imagen en busca de ser visto como persona tolerable. Claro, no atravesó en su infancia, adolescencia y juventud, por un proceso educativo, manteniéndose tristemente en el escabroso territorio de lo grotesco.

AFP - END¿CÓMO ENTENDERLO?

Siempre fue preferible verlo en el ring que encontrarnos con él en una calle. Daba la impresión de ser un tren descarrilado sembrando pánico en el metro de Nueva York, o de vivir tratando de escalar por una pared que se inclinaba hacia él con amenaza de aplastarlo, sin ser una fotocopia del Hombre Araña. Ni siquiera un hombre tan duro y sin escrúpulos como lo ha sido Don King, pero hábil para fingir otro tipo de comportamiento de acuerdo con las circunstancias, se atrevía a meterse con él. Observando a Mayorga, lo real y lo imaginario se cruzaban sin maquillaje provocando una gran confusión, como si estuviera moviéndose en un espacio giratorio. Ninguno de nosotros lo entendía, pero quien más turbiamente se manejaba, era él, sin percatarse.

Exageró sobre sus bolsas. Nunca ganó tanto como decía, pero lo que obtuvo, que debió ser lo suficiente para alguien salido de la nada, lo manejó muy mal, dilapidándolo. Al quedar sin nada, solo fue ayudado por una gestión gubernamental. No le molesta que le digan “el loco” siendo víctima de sus locuras en diferentes aspectos. Incluso lo de “Matador”, aunque esa parecía ser su esencia, nunca fue cierto, como lo comprueba su registro. Abrumador, ese sí era un término más apropiado por “su estilo” indefinido de boxeo. Es la clase de tipo que se encogería de hombros si escuchara decir que va a caer una bomba a la orilla de donde se encuentre. Antes del sábado frente a Mosley, creí que en cualquier circunstancia adversa, aún casi destruido, sería capaz de levantarse una vez comenzara a escuchar el conteo. Ahora, envejecido, sin furia, no pudo hacerlo y se quedó arrodillado.

 

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