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¡Qué noche amigos! Con el alma taladrada por tres silencios tan rabiosos como inolvidables, por su significado y manera de golpear nuestras esperanzas, hasta romperlas dramáticamente. Yo estaba ahí, observando cómo más de veinte mil alientos descendían a la cancha para energizar a esos once leones, cargados de ilusiones, que entraban a las brasas para lanzarse sin medida de los riesgos, en busca de una victoria histórica. Al salir, estrangulado por la inesperada e injusta derrota 2-0, comprendí que hay silencios de silencio y silencios ensordecedores. Son esos que estremecen nuestras fibras más íntimas, deshilachando el sistema nervioso.

Mattocks nos golpea

El primer silencio en el minuto 12, producto de lo inesperado, como un manotazo de karateca en pleno rostro cuando te sientes abrazado firmemente a la esperanza de alcanzar una proeza, y sostener ese abrazo por 90 minutos, fue lacerante. Jamaica, desnuda en ideas, enclenque en su funcionamiento, se refugió de entrada en los intentos de escape a base de rapidez hacia la cabaña de Llorente, utilizando pelotas largas buscando las espaldas de los defensas y favorecida por los centros. 

Pese a estar en desventaja numérica arriba, en relación hasta de 3-1 en hombres moviéndose, con un extraño excedente de gente atrás, inexplicablemente atentos a marcar sombras, los de Jamaica consiguieron su cuarto cobro desde las esquinas en poco tiempo. El envío hasta el segundo poste, tomó a nuestros zagueros pisando arenas movedizas, y el pase bajo, casi con la punta del pie, se deslizó envenenado en el área chica ante el desconcierto de Llorente para el remate a sangre fría de Darren Mattocks con el botín derecho.

 ¡Cómo nos golpeó en la mandíbula esa posibilidad casi fortuita concretada por un receptor sereno y de clara visión y un cazador implacable! Sin embargo, Jamaica con un medio campo desprovisto de habilidad para el adecuado manejo de pelota y establecer las conexiones requeridas, no pudo seguir dependiendo de los pelotazos largos para sacar provecho de sus sprinters. 

La presencia de Juan Barrera por la derecha con su multiplicidad de recursos, frenando, gambeteando, metiendo pelotas, escapándose, desequilibrado; la flexibilidad, derroche de energías y capacidad para generar peligro y disparar de Carlos Chavarría; el accionar de Luis Galeano y Norfran Lazo; la solidez atrás asegurada por el liderazgo de Copete, el aporte de los López y Quijano, y la suma de todos los esfuerzos, le permitieron a Nicaragua crecer, tomar las riendas y sostenerlas.

Ese formidable taponazo de Chavarría, sacando del travesaño astillas que cayeron en las tribunas hinchadas de esperanzas, provocó un aullido de lobo enfurecido. Era una señal de rebeldía contra lo engañoso del marcador y una prueba que el atrevimiento pinolero inyectado por el técnico Duarte, no tenía medida de la importancia de aferrarse a ese 0-1. Se buscaba el empate con empeño espartano, y después, la victoria. Tamaña pretensión justificada por lo que estaba ocurriendo en la cancha. La entrada de Lazo por la frontal en un cara a cara con Blake que todos gritamos anticipadamente solo para desvanecerse con un remate desviado por la izquierda, certificaba esa intención. Nicaragua en pie de guerra, como históricamente ha vivido, contra vientos y mareas.

Puñalada de Dawkins 

El segundo silencio fue rompecorazones. Un silencio aprieta cuellos, estrujante. En el minuto 84 aproximadamente, utilizando Jamaica como centro al área un saque de manos desde el lado izquierdo de su ofensiva, provocó un débil despeje de cabeza trazando una caprichosa parábola que descendió apropiadamente para el poderoso y certero remate de volea realizado por Simon Dawkins, recién ingresado, quien lució como un alumno aventajado de Cristiano en este tipo de ejecución. ¡Oh no! Súbitamente ese 2-0 macabro. Y de inmediato el desconcierto alrededor del ¿qué pasó? cuando el juego se detiene por gestión del juez de línea. Durante un instante, muchos pensamos que el gol sería eliminado por algo que no captamos. Pero no es así y la expulsión que deja a Jamaica con un hombre menos, obedece a otra consideración. Mientras tanto, el reloj ha avanzado al minuto 89 más los de reposición que fueron cuatro. Es decir cinco minutos para morir varias veces. Baila conmigo maldita fatalidad.

Y luego, el tercer silencio, desgarrador, con el silbato final, después que un disparo de Chavarría casi es soltado por Blake contra reloj. ¡Qué burlesca es la crueldad mientras la tierra se abre para tragarse esperanzas! Haciendo su mejor juego, nuestro equipo pierde acuchillado por la injusticia. ¿Qué hacemos Confucio? Vos que siempre dijiste que todo en la vida es asunto de merecimientos. ¿Qué te hiciste? ¿Por dónde saliste? Quizás sigilosamente, atravesando ese tercero y último silencio, con las cabezas de once valientes clavadas en el piso, sollozando, con sus almas sangrando.

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