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Usted va al teatro de la ópera en busca de sinfonías y cantos de sopranos, entra al Museo de Louvre o El Prado para apreciar obras de arte, compra su entrada para el Bolshoi con la seguridad de disfrutar de ritmo, gracia y cadencia, pero cuando asiste a una pelea, espera encontrarse con púgiles que tomen riesgos, que muestren su furia, que sean cortados y derribados, que se levanten, suelten rugidos y ataquen de frente a las bayonetas sin dar ni pedir tregua. Se decía sin exagerar, “el deporte de las narices chatas y las orejas de coliflor”. No para Floyd Mayweather.

En boxeo, la búsqueda es de salvajismo puro. Eso ha sido siempre. Dempsey, Ketchel, Louis, Marciano, LaMotta, incluso el propio Alí, lo sabían y se “inmolaban” ofreciendo esfuerzos extremos altamente valorados. Todos los asistentes querían un pedazo de aquel Chávez que saliendo de los escombros, supo voltear espectacularmente a última hora la superioridad que le había impuesto Meldrick Taylor. El cariño que cobijó a Chévez, después del desenlace de ese combate, dejó claro que en boxeo solo con furia y siendo un suicida puedes entrar al paraíso.

¿CÓMO DERROTARLO?

Después de derrotar a Andre Berto en otra de sus peleas desprovistas de intriga y de emociones, Floyd Mayweather ha informado su retiro sujeto seguramente a revisión, y una pregunta natural encogiendo nuestros hombros es: ¿cuál es su legado? Wiston Churchill, el líder británico del discurso de sangre, sudor y lágrimas, nunca hubiera comprado un boleto para ver a Mayweather. El peleador más difícil de vencer, visto sobre la tarima brava, no deja ninguna pelea recordable. Su excesiva gama de habilidades le permitió siempre reducir drásticamente a sus rivales. Entre las cuerdas daba la impresión de ser un domador látigo en mano, no un peleador.

Con excepción de un par de combates, Floyd difícilmente fue exigido o ligeramente maltratado. Así resultó triunfador 49 veces sin perder, como Rocky Marciano, quien en el ring fue la contrafigura de  Floyd, porque llegaba irreconocible a su casa. Muchas veces, su familia pensó que era “otro”. Rocky era feliz entre los riesgos, se sentía estimulado por la violencia, crecía entre la sangre. El público lo apreciaba y lamentó su retiro a consecuencia de un deterioro muy visible.

FUE UN IMPERDONABLE

Una intriga que todavía me aturde es ¿por qué conociendo el estilo de Floyd, su rechazo por el riesgo, sabiendo lo que va a ofrecer, las tribunas siempre se llenaron, como si esperaran algo diferente? Posiblemente una pelea entre Juan Manuel Márquez y “Canelo” hubiera sido excitante, así como un duelo Maidana-Berto, pero cada uno de ellos cuando enfrentó a Floyd fue borrado del ring, luciendo como aprendices. Sus virtudes desaparecían. Ni siquiera Pacquiao --lesionado o no-- escapó a esa reducción de imagen. Díganme ¿cómo perdonarle eso? No hay forma de apreciarlo sin el componente de furia tan esencial en el boxeo.

Así que se va Floyd del escenario. Nunca protagonizó una pelea del año, pero fue constantemente el peleador del año. ¿Cómo explicar eso? Todos lo criticaban y todos querían verlo pelear en la búsqueda inútil de alguien que lo resolviera. Fue el más grande generador de dinero y con 38 años, tenía la rapidez y flexibilidad de un joven. Un fenómeno incomprensible sin duda. Sin legado, pero sencillamente invencible. Eso es lo que él quería, y lo logró. Parecía poder pelear por los siglos de los siglos.

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