Edgard Tijerino
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En el deporte mundial de alto nivel se prohíbe parpadear, porque el cambio de imágenes golpea. Se comprobó el domingo en Nueva York. El Roger Federer casi perfecto, que sin perder set pese a encontrarse con Wawrinka en una semifinal que se suponía tan violenta como impredecible, desapareció en la gran final del Abierto de Estados Unidos retando al serbio Novak Djokovic, desde hace un buen rato, el mejor pistolero del planeta. No busquemos refugio en el rincón de las explicaciones para justificar esa derrota inapelable por 6-4, 5-7, 6-4 y 6-4.

CLAVES DE LA DERROTA

Djokovic superó a Federer obviando una torcedura de tobillo con raspones cubiertos de sangre en la parte de atrás de su antebrazo derecho y la muñeca, cuando se disputaba el primer set con la pizarra 2-1 del lado del serbio y sirviendo Roger. No fue necesaria ni siquiera una pequeña pausa. La acción fue reanudada después de un rápido vistazo y Djokovic supo desajustar la maquinaria del suizo que tan bien había funcionado, con esa versatilidad de juego que le facilita encontrar soluciones a “ecuaciones” que sería difíciles hasta para un matemático como Tales de Mileto.

Tres factores claves que no incluyen los 34 años de Federer y el desgaste provocado por su larguísima trayectoria entre balaceras. La pérdida de efectividad con su primer servicio, algo solo conseguido en el segundo set que ganó 7-5 después de cambios de metralla extenuantes; fallar 19 veces tratando de quebrar el saque de Djokovic en 23 oportunidades, para un deprimente porcentaje de 17 por ciento; y la falta de articulación manejando la agresividad que lo había llevado a la final. No incluyo la estadística tan importante de los errores no forzados, con clara ventaja de Novak.

¡CÓMO NO RESPALDARLO!

La mayor parte de la multitud empujaba a Federer. La edad engavetada por estos quince días, su esfuerzo en la cancha, la calidad que había mostrado, ese viaje en el tren de las esperanzas buscando su 18 “Grande”, y su “diploma” de hombre bueno con un comportamiento ejemplar, casi obligaban a respaldarlo. Él tomó ese apoyo en el angustioso cierre del segundo set, equilibrando el juego, pero después, borrado por la precisión de cirujano que Djokovic exhibe siempre, fue desapareciendo de la cancha hasta ser sometido por un doble 6-4, sin espacio para quejarse.

Más allá de la derrota sufrida por el suizo, considerado el mejor de todos los tiempos mientras Novak continúa haciendo historia, es admirable esa efectividad que conserva a la orilla de su tenacidad. Federer todavía quiere fajarse, volar alto en sus pretensiones y puede hacerlo. Dolió verlo fallar tantos remates de derecha, pero su juego sigue siendo vistoso y exigente, como si hubiera encontrado la fuente de la juventud.

 

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