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En aquel mes de mayo de 1983 me encontraba en Filadelfia tras las huellas de Porfirio Altamirano en su segunda temporada con los Filis, cuando los periodistas latinos hospedados en el sencillo Holliday Inn, frente al Estadio de los Veteranos, recibimos invitación para asistir a un juego postemporada de la NBA en el famoso “Spectrum”, escenario de la película Rocky I, a la orilla del parque de beisbol. La fiebre por los Sixers era de mayúscula intensidad y en el equipo de Filadelfia alineaba Moses Malone junto al fuera de serie Julius Erwing, un jugador acrobático, Maurice Cheeks y Bobby Jones.

REY DE LOS TABLEROS

Estuve agitado por la emoción durante el trayecto de ese juego, viendo a los Sixers enfrentarse a los Bucks de Milwaukee. No sé cuántos rebotes tomó Malone esa noche, pero no olvido que su presencia, casi permanente debajo de los cestos imponiendo su contundencia, hizo que a ratos mi atención se desviara de Erwing. El domingo, al morir Malone de 60 años, consecuencia de una insuficiencia en el corazón, recordé un viejo artículo que le dedicó Dave Anderson, titulado “El rey de los tableros”, graficando al estupendo jugador que llegó a estar en 12 Juegos de Estrellas y fue tres veces Más Valioso en el firmamento de la NBA.

Se supone que un hombre atlético, con la mayor parte de su vida dedicada a un deporte tan exigente como es el baloncesto, todavía en acción con los Spurs de San Antonio en 1995 a sus 40 años, dispone de la suficiente condición física para superar dificultades de salud, pero no es así. En estos asuntos, ciertamente, no hay nada escrito, sobre todo cuando el corazón flaquea. Y Malone falleció.

CIFRAS QUE LO “DIBUJAN”

La pregunta natural ¿qué tan grande fue Malone en la cancha?, tiene una fácil respuesta: Cuando conseguiste atrapar 16,212 rebotes, quinta cifra de todos los tiempos, y anotaste 27,409 puntos, colocándote en la octava posición de la historia, registrando promedio de 20.6 puntos y 12.2 rebotes por juego, la dimensión alcanzada te permite ingresar al territorio de los auténticos “astros” de ese deporte tan electrizante.

¡Qué suerte haber podido ver en acción a Moses Malone durante un juego! No fue una emoción comparable con la de haber seguido al Dream Team encabezado por Jordan en el Palacio de Badalona en Barcelona, pero por la presencia del “Dr. J” con aquellos Sixers, inolvidable. Y es que el baloncesto es un deporte que, aún con mi cabeza despoblada, por su intensidad, me eriza los pocos pelos que saltan a la vista de vez en cuando.

 

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