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Dice Paulo Coelho en su libro “El Alquimista” que es precisamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace la vida interesante. “Nunca desistas, sigue las señales, recomienda el brasileño”. Coelho seguramente llegó a escuchar sobre ese “soñador incurable” que fue hasta su fallecimiento, hoy hace un año, Carlos García.

Lo conocí desde 1970 y observé su vocación como “vendedor de ilusiones”. Fue él quien  un buen día de 1971 me dijo: “Ganaré la sede del Mundial del 72 y haremos el mejor evento de la historia en Nicaragua”. Carlos, todavía lo es… Saliendo derrotado en Curazao en aquel terrible congreso realizado en 1973, dijo: “Construiré otra organización más pujante que la FIBA”, y lo hizo… Cuando se dividió el beisbol en Nicaragua y él parecía estar frito frente a un reto tan desfavorable, vaticinó: “El tiempo dirá la última palabra. Ganaré la pelea”, como efectivamente ocurrió cinco años después… El mismo Carlos que condenado a 30 años de prisión, me decía en la cárcel de Tipitapa: “Voy a salir algún día y volveré a manejar el beisbol”, y así fue.

NO HAY TINTA SUFICIENTE

Hay tantas historias de Carlos como soñador, que no hay tinta suficiente para relatarlas. Hoy, a las seis de la tarde, cuando estemos en la misa de primer aniversario en la iglesia El Carmen, tan cercana al estadio donde habitualmente vivió, vamos a estarlo recordando inmerso en esa pasion por el beisbol que siempre lo atrapó.

Nunca olvidaré un día de su cumpleaños, cuando en compañía de Chilo le llevé un churrasco a la cárcel y lo colocó a un lado para tomar los semanarios deportivos que yo dirigía en Barricada, decirme que ya no le permitían su pequeño radio, y que no estaba al día en las Grandes Ligas. “Contáme como va Denis y qué hay de los otros”. El churrasco parecía importarle poco. Lo hubiera cambiado por el estado de los equipos.

POR FIN NO PUDO

Cuando salimos de la reunión de Laussane, en Suiza, y le dije que la apertura a los peloteros profesionales acababa con nuestras pretensiones de mantenernos en las altas valoraciones como lo publiqué, respondió con firmeza: “Vamos a sobrevivir”. Pero falló. Pensé que nadie batea mil puntos, ni Ted Williams, a quien Carlos tanto admiró.

Quiso ser pelotero, corredor de medio fondo, esgrimista aprovechando su estadía en Perú, jugador de baloncesto o de futbol, pero había nacido para ser dirigente, excepcional, irrepetible, como lo voy a recordar siempre después de casi 40 años de caminar a su orilla, aprendiendo un poco sobre la astucia, batallar con las adversidades, sentir pasión por el trabajo, tener fe en uno mismo, y verlo como un triunfador.

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