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Mañana (este sábado) será un día atareado para Lilliam Antonia Luna. Preparará arroz a la valenciana, tacos y arreglará su casa para recibir a quince invitados. Por vez número cuarenta y cuatro su hijo subirá al ring y se enfrentará a un oponente. Contrario a las primeras ocasiones, ella no se pondrá nerviosa. Confiada, orará con el pastor de la iglesia evangélica a la que acude, y se sentará frente a un televisor de pantalla gigante para ver cómo Román el “Chocolatito” González, su tercer hijo, defenderá el título mosca del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), en Nueva York.

Mientras llega el día, Lilliam recorta periódicos que hablan sobre su hijo, los pega en fólderes color crema, los emplástica y escribe versículos de la Biblia con letras hechas en papel foamy. Junto a su hermana está haciendo un mural que exhibirá mañana en las afueras de su casa para que los vecinos, amigos y familiares puedan observar la pujante carrera del “Chocolatito”.

“Antes, en cada pelea me daba nervios”, recuerda la madre del segundo nicaragüense que se convirtió en tricampeón mundial de boxeo, el considerado como el mejor boxeador del mundo en la actualidad.

Confiada

Ahora la situación ha cambiado. “Ya me adapté”, dice. “Cuando Román estaba peleando me ponía nerviosa, una vez hicimos un culto mientras peleaba, vino un pastor, oró por Román y me dijo: va a ver que ganará, donde hay fe todo sale bien”, cuenta Lilliam Antonia Luna desde su casa en el barrio La Esperanza, adonde vive con tres de sus hijos.

Como suele ocurrir cuando viaja para pelear, ayer recibió una llamada del “Chocolatito” desde Nueva York. “Siempre me pregunta cómo estoy y si las cosas aquí están bien. ¡Por qué van a estar mal!, le contesto yo”.

De pequeño Román “Chocolatito” González mostraba desinterés por el boxeo. Creía que lo suyo era el futbol y así se lo hacía saber a su padre, quien en algunas ocasiones a punta de golpes le instó a entrenar.

Cuando por fin se encaminó en el boxeo, participaba en peleas que se organizaban cada sábado en el barrio La Esperanza y en estas Román se medía con los demás chavalos del vecindario. Gustavo Herrera, su primer entrenador, y su padre, Luis González, cobraban C$2 córdobas por la entrada. Con el dinero de esas peleas, el hoy tricampeón mundial de boxeo pudo comprar sus primeros guantes. Cuando recibió su primera bolsa de US$35,000 dólares levantó la casa de su madre, que hasta entonces había sido de tablas.

Él dice que ganará y yo le creo… yo digo que en el sexto lo noquea”. Lilliam Antonia Luna,
madre del “Chocolatito”.

“Es un buen hijo”, expresa su mamá, una señora de 55 años, baja, de sonrisa fácil y ojos verdes, que dejó de trabajar cuando “Chocolatito” empezó a brillar.

La casa de los González Luna es una especie de altar dedicado al afamado boxeador. Allí están expuestos trofeos, fotografías, recortes de periódicos, medallas y hasta imágenes del primer casamiento de Román. Lilliam Antonia Luna dice que el comedor de madera que adorna la sala fue el regalo que él le dio por su cumpleaños. También los jarrones de barro que adornan las paredes y algunas esquinas del lugar. Esta pelea será una de las últimas que la madre del “Chocolatito” verá por televisión. “No fui a Nueva York porque no tenía con quién dejar la casa, pero a la próxima, contra el “Gallo” Estrada, no faltaré”, confiesa Lilliam, aduciendo que su hijo enfrentará posteriormente al púgil mexicano, quien ostenta los cinturones mosca de la Asociación y Organización Mundial de Boxeo (AMB y OMB).

“En esa pelea no me quedo. El “Gallo” Estrada quiere sacarse esa espina y pelear con Román”, sostiene su madre, quien dice que en otras oportunidades ha viajado junto a su hijo. “Estuve en Japón, en Chicago y en Houston, anduve con la muchacha con la que anda (de novia) Román. Al tercer día nos venimos. Román me iba a llevar en esta pelea, pero no pude ir”.
Sobre la reyerta pautada para mañana contra Brian Viloria dice que “va a estar durita”, pero “él dice que ganará y yo le creo… yo digo que en el sexto lo noquea”.

La palabra derrota está prohibida en la casa de los González Luna. Hay en la pared un espacio listo para colocar la fotografía de Román con los brazos extendidos, símbolo del triunfo sobre Viloria. Por eso también tiene lista una caja de pólvora china que le fue obsequiada por uno de los hijos del presidente Daniel Ortega.

 

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