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Entre los asombros que rodean el proceso evolutivo de Román “Chocolatito” González, está “la ganga” de no haber forzado grandes inversiones en la contratación de entrenadores, algo hasta hoy necesario en cada uno de los peleadores nicaragüenses con fuertes proyecciones, incluyendo el “as” de espadas, Alexis Argüello, quien pasó por varias manos que sin ser las de Rodin, lo esculpieron moldeando su estilo aplicando correcciones adecuadas.

Ali, igual que Leonard, dependió de Dundee, en tanto Oscar de la Hoya se vio obligado a contratar varios “escultores” en una gruesa inversión, y Manny Pacquiao sacó provecho de la sabiduría de Freddie Roach. Olivares, Zárate y Zamora contaron con el aporte valioso de “El Chilero” Carrillo y Arturo “Cuyo” Hernández. En determinado momento, el magistral Ray “Sugar” Leonard creyó no necesitar de Dundee, y tuvo que regresar corriendo a recuperar sus servicios.

De Pambelé a Obando

Miguel Ángel Rivas, nuestro inolvidable “Kid Pambelé”, fue quien le comenzó a enseñar el abecedario del boxeo al explosivo flaco con aguante de roca y golpe de martillo. Igual que ocurrió con Eduardo “Ratón” Mojica cuando llegó el momento de enfrentar a Chartchai Chionoi, cuando se colocó al frente de su preparación a Toño Aznar, Alexis pasó a las manos del mexicano Pepe Morales antes de retar al “Ñato” Marcel. Después siguió Ramón “El Curro” Dossman --que fue el más incidente de todos--, Tally Torres, Al Silvany, “El Cuyo” Hernández y Eddie Futch.

Román ha estado entre Gustavo Herrera y Arnulfo Obando, es decir, un sencillo y poco costoso material casero, no propiamente escultores de reputación, pero consiguiendo un avance de ribetes espectaculares, que ha provocado una impresión parecida a la que se experimenta, al apreciar el mármol trabajado por Miguel Ángel para darle forma al “David”, el “Moisés” o “La Piedad”. ¿Cómo ha sido posible llegar a este “Chocolatito” que se aproxima a la imagen del boxeador perfecto, aún sabiendo que ese nivel es imposible de alcanzar?

Ese tiene que ser el mayor de los asombros. Si mentes brillantes que rimaban con formidables estructuras musculares, contando con suficientes recursos, necesitaron de grandes adiestradores, uno se pregunta rascándose la cabeza: ¿Por qué eso no ha conseguido ser importante para Román, ofreciendo en cada pelea mejores demostraciones, como si fuera producto de un laboratorio?

De pronto una rareza

La combinación de habilidades con conocimientos boxísticos agrandados por la experiencia acumulada en más de 40 peleas agita la astucia y te permiten sacar el máximo provecho a tus facultades. Pese a eso, extrañamente “Chocolatito” se mostró en los dos primeros asaltos contra Viloria como un boxeador sin plan. Dejarlo tomar la iniciativa y adquirir crecimiento por casi seis minutos, fue una falla corregida por el oportuno derechazo corto que explotó en la mandíbula del hawaiano en el tercer round. 

No es cierto que eso estaba programado para ver qué traía el rival. Los dos se conocían lo suficiente y lo demostró Viloria con su Plan A, saliendo decidido a manejar repeticiones de golpes rectos. Pero Román pareció no haber visto videos y se trabó de entrada. Admitió que le gritaron lo obvio: ¡Qué pasa muchacho, despierta, muévete, sé agresivo! Y después del bendito golpe, Román se soltó y mostró todo su repertorio y destreza.

¿Por qué una ganga?

Hasta hoy, “Chocolatito” no ha necesitado “algo más” de inversión que el discreto Arnulfo Obando, y como ha estado funcionando en forma estupenda, no hay espacio para cuestionamientos. Así que la brillantez de Román para aplicar modificaciones utilizando variantes cuando las circunstancias lo exigen, quizás producto de su talento natural, magnifica el asesoramiento y la presencia de Obando en el gimnasio y en la esquina. Regreso a la pregunta: ¿Con cuál otro adiestrador hubiera funcionado mejor? Esperen, siento que la imaginación me flaquea.

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