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Uno no se sienta a esperar que ocurran milagros. Hay que fabricarlos. Lo aprendí desde muy chavalo como un firme creyente en lo que el esfuerzo extra, con la necesaria creatividad, suficiente capacidad y el agregado de unas gotas de suerte, puede producir. El beisbol no es diferente a la vida, es parte de ella, y estos Reales de Kansas, brillantes ganadores de la Serie Mundial del 2015, lo han demostrado. 

Ganaron porque fueron los mejores, los más prácticos, los más audaces, los más inteligentes, los que contaron con mejores recursos, y los que nunca se dieron por vencidos por considerar que tenían una opción de vida y debían aprovecharla. Ellos estuvieron atrás 3-1 en ese inolvidable primer juego con extensión a 14 entradas, 1-0 en el segundo, 2-0 en el cuarto y 2-0 en el quinto, y todos los ganaron.

Yost tuvo las piezas

Por supuesto, se necesita tener las piezas requeridas para darle forma a un gran engranaje, y el manager Ned Yost puede presentar “facturas” de cada una de ellas: la fogosidad de Alcides Escobar capaz de incendiar un bosque; la utilidad de Ben Zobrist, quien llegó al equipo para hacerse sentir; la agresividad sostenida de Lorenzo Cain, un factor estimulante permanentemente recargado; la presencia de Eric Hosmer; la incidencia de Mike Moustakas, un antesalista traído desde el futuro; el aporte múltiple y espontáneo liderazgo de Salvador Pérez; la agitación garantizada por Alex Gordon y Alex Ríos; y el peso que obviamente tiene el veterano Kendrys Morales.

Y en pitcheo, factor clave desde que se inventó el beisbol, el soporte ofrecido en la rotación por tres escopetas dominicanas, como lo son Vólquez, Cueto y Ventura, con el agregado de Chris Young, y la tranquilidad proporcionada por un bullpen autoritario de variadas, desconcertantes y efectivas propuestas, encabezado por Kelvin Herrera y Wade Davis, y completado por Luke Hochevar, Ryan Madson y Danny Duffy. Ese armamento permite fabricar milagros con cierres de juego que parecen elaborados por un guionista de Hollywood.

Reales incansables

Los Reales ejercen una constante presión aún desde abajo, viven atentos a cualquier parpadeo, y cuando se encuentran con posibilidades, no perdonan. Son los momentos en que crecen, emocionan e impactan, arrebatando juegos de diferentes maneras, ya sea por una estocada oportuna, o porque pasa una bola gimiendo debajo del guante de Daniel Murphy, o se logra precipitar a Lucas Duda para un mal tiro al plato, o se pierde una pelota en el fondo de los jardines. Frente al plato, todos parecen ser igualmente peligrosos, y en la defensa cierran filas como las tropas de César o Napoleón amputando amenazas. Los Reales no necesitaron mirar las verjas para prevalecer. Su único jonrón a las tribunas fue el de Gordon en el primer juego.

Mientras los Mets se sumergían en la pileta de los lamentos después de ver cómo tres de sus grandes bateadores, Daniel Murphy, Yoenis Céspedes y Lucas Duda, eran limitados a solo tres carreras empujadas en 59 turnos; cómo su defensa daba la impresión de moverse sobre gelatina; y cómo su bullpen se hundía estrepitosamente noche tras noche; los Reales festejaban ruidosamente una conquista que estuvieron esperando desde 1985, ahora sin necesidad de un fallo arbitral como el de Don Dekinger, dejando quieto a Jorge Orta en el sexto juego, habiendo sido out por dos pasos en lo que era un final de juego y final de la Serie Mundial.

Estos Reales no dejaron la menor duda. Forzaron milagros una y otra vez.

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