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Hay escenas que nunca se olvidan. Tengo varias en mi trayectoria de 45 años como cronista de deportes, entre ellas, la de ese hombre que con su mirada confundida y los músculos desorientados, dando la impresión de resistirse a obedecer las débiles órdenes del cerebro, trataba de encender con tanta dificultad la llama olímpica en Atlanta 1996. Su más temible rival, el Mal de Parkinson, lo mantenía groggy. Sin duda, fue ese el momento más conmovedor de la jornada inaugural de esos Juegos. Ese hombre era el mismo que 32 años antes, aquella noche del 25 de febrero de 1964, cuando el viento y el tiempo ni siquiera amenazaban llevarse y apagar sus portentosas facultades, repleto de juventud, caminaba extremadamente agitado y próximo a lo histérico, gritando a pulmón abierto: Hey, incrédulos, voy a frustrar al mundo entero. Mataré al “Oso” Liston flotando como una mariposa y picando como una avispa. Ya lo verán. ¡Y lo hizo!

El excéntrico púgil de 22 años, obviamente no era favorito frente al feroz Sonny Liston, un exconvicto de  ceño fruncido, mirada lacerante, furia homicida y puños paralizantes, capaz de abrir a puñetazos puertas de camiones... Liston había pulverizado dos veces a Floyd Patterson en el propio primer round, y los expertos consideraron que el atrevido Cassius Clay, más adelante Muhammad Ali, terminaría decapitado o en una silla de ruedas. La pelea que registró un desenlace tan sorprendente como espectacular, y que convirtió a Clay en campeón del mundo mientras Liston se quedaba en su butaca sin atender el llamado de la campana para el séptimo asalto. 

El inicio de la leyenda

Cuando Clay victorioso, levantó su mano, el mundo quedó impactado. Ese fue el comienzo de la historia, el nacimiento de la leyenda, el surgimiento del mito. La suspensión aplicada por mas de tres años, consecuencia de su negativa al servicio militar, lo afectó severamente recortándole grandiosidad. Esa derrota de 1971, en la verdadera Pelea del Siglo frente al excesivamente violento Joe Frazier, posiblemente nunca hubiera ocurrido de no haber visto interrumpida su proyección. ¿Se imaginan cómo hubiera estado Ali físicamente y en destreza sin ese tiempo perdido que lo obligó a tratar de reencontrar su forma peleando con Jerry Quarry y Oscar “Ringo” Bonavena?

Frazier, con un estilo de golpeador directo tomando riesgos y confiando en la necesidad de readaptación, no estaba en condiciones de brindar un trabajo pulido, pero si insistente, con consistencia para pegar y recibir, capaz de provocar agobio. Clay, agotado antes de la mitad de la pelea apenas pudo mostrar su sabiduría boxística en forma esporádica. La pelea del Madison contó con matices espectaculares. ¡Cómo olvidar el avance furioso y permanente de Joe y la  espera obligada e inteligente de Cassius! Cuando todo terminó, el rostro de los dos hombres era la prueba cabal de una violencia pocas veces vista sobre el ring. La mejilla hinchada de Clay por el gancho zurdo que lo tumbó estrepitosamente en el último asalto, hizo temer por una fractura de su mandíbula, pero la cara del propio vencedor tenía huellas suficientes como para que nadie dudase de que habían visto quince rounds inolvidables.

La revancha esperó un buen rato. En 1974, después de realizar 13 peleas incluyendo derrota y victoria con el terriblemente complicado Ken Norton, el increíble Ali ajustó cuentas con Frazier en enero y se preparó para retar en octubre, el poder destructivo de George Foreman, quien en Kingston, Jamaica, un año antes, derribó cinco veces a Frazier, destrozándolo rápidamente.

¿Cómo podrá escapar Ali a la destrucción hoy?, pregunté en mi artículo de aquel 30 de octubre de 1974, previo al combate con Foreman en Kinshasa, Zaire, en el corazón de África. No veía cómo, el deslumbrante púgil que sorprendió al mundo 10 años antes arrebatándole el cinturón de todos los pesos a Sonny Liston, evitaría ser golpeado brutalmente por ese gigante derriba-edificios llamado George Foreman. 

En la batalla, mientras Foreman agredía lanzando sus manos como aspas de molino, Ali recurrió a sus trucos. En el primer round, Foreman tenía el ojo izquierdo inflamado, en el segundo tenía los dos ojos abollados y en el cuarto, un hematoma en la frente. Ali llegaba primero, pegaba más y no daba la distancia. Nunca olvidaremos la fulgurante combinación del octavo asalto. Con Foreman abierto, Ali envió una izquierda poderosa seguida de una derecha firma epitafios, y el gigante, al quedarse sin piernas, sin corazón y sin alma, se derrumbó como víctima de un bombardeo. Su cuerpo quedó mirando al cielo con las piernas abiertas. Todo estaba consumado. El mundo no podía creerlo.

La pelea más épicaMuhammad Ali y Joe Frazier se enfrentaron en duelos épicos que marcaron los pesos completos. Archivo / END

El 1 de octubre de 1975, el planeta presenció la pelea que Homero hubiera descrito mejor que la pactada “a muerte” entre Héctor y Aquiles. La victoria de Ali en África frente a Foreman condujo al combate  Ali-Frazier III en Filipinas. Nadie sabía qué esperar cuando estos dos boxeadores envejecidos se reunieron en Manila. Al final del décimo, Ali parecía a un hombre medio ahogado que acababa de ser sacado de la bahía de Manila. Ciertamente Ali había ganado los primeros asaltos, clavando su jab como un látigo en el rostro de Frazier, pero Joe había encontrado su ritmo, y en el quinto golpeaba con tanta furia como en 1971 preocupando seriamente a Dundee, el adiestrador de Ali.

Dave Anderson relata el final de la siguiente manera: Eddie Futch podía ver el maltratado ojo izquierdo de Frazier. Antes del asalto 13, le dijo a su boxeador, “muévete hacia adelante y levántate un poco para ver mejor el blanco”. Eso era lo que Ali necesitaba, más espacio. Lanzó tantos golpes que Frazier se tambaleaba sin poder hacer nada. Un cruzado de derecha envió el protector de Joe a la segunda fila del ring side. Futch pensaba que Ali tenía que reducir la velocidad. Él no puede mantener este ritmo. No en el round 14. Para entonces la cara de Frazier era un paisaje tenebroso con ambos ojos cerrados. Pese al desgaste, Ali disparaba andanadas de golpes con derechas e izquierdas. Dudé entonces que Futch miró a Ali y pensó: ¡Es increíble! Cuando la campana sonó,  lo hizo por Joe.

“La lucha ha terminado”, le dijo Futch a Frazier antes del comienzo del 15, mientras en la otra esquina, Ali parecía haber consumido todas sus energías. “Quiero seguir”, dijo Joe, y Futch respondió, ¡siéntate! Fue entonces que Dundee atento, saltó de júbilo y abrazó a Ali, sin fuerzas para levantarlo. El entrenador también estaba destruido.

Perdiendo inesperadamente y ganando la revancha obligada con León Spinks, el gran Ali  logró una tercera recuperación del cinturón pesado, algo sin precedentes. El púgil irrepetible disfrutó de los aduladores, se burló de críticos y oponentes, retó al gobierno de Estados Unidos negándose al servicio militar y supo regresar después de la confiscación de sus portentosas facultades por tres años y medio para continuar deslumbrando por largos años con su fulgurante esgrima entre las cuerdas. Dejó de ser Clay --su nombre de esclavo-- para convertirse en musulmán y llamarse Ali, que significa supremo. 

Cuando lo vi por televisión durante su visita a Cuba en enero de 1996, resultaba impresionante observar cómo alguien de 53 años, acorralado por el mal de Parkinson, podía manejar sus piernas y lanzar un par de jabs. Los síntomas de la implacable enfermedad son escalofriantes: la rigidez del paso, los movimientos retardados, una mirada en blanco o empañada, a veces hablar inaudible, terribles dificultades para hacerse entender, daño cerebral irreparable.

¿Cuántos golpes en la cabeza pudo haber evitado con un retiro a tiempo? ¿No era su dramático y estrujante triunfo sobre Frazier en Manila el momento preciso para decir ¡no más!? ¿No fue una imprudencia temeraria retar a Larry Holmes cuando ya sus reflejos estaban adormecidos y el vigor de sus músculos se había desvanecido?

El doctor Pacheco recomendó a Ali que se retirara después de un durísimo combate en el cual sufrió mucho castigo contra Norton, pero él siguió para encontrarse con Shavers, perdió, y ganó con León Spinks, insistió hasta llegar a Holmes y todavía tuvo aliento para pelear con Berbick. Ah, si tan solo Ali hubiera hecho caso a tiempo. El fue víctima de su fantasioso ego hasta convertirse en un fantasma, aunque revitalizó el boxeo con su  presencia inyectándole dinamismo e interés, fortaleciéndolo como nadie lo ha hecho.

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