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etm@doble-play.com

¡Qué impactante fue! La fuerza de sus muñecas le permitían “sacarle jugo” a la madera de su bate, y la violencia de su swing erizaba pelos en las tribunas. Ver viajar las pelotas hacia la inmensidad después de ser golpeadas por él era algo majestuoso.

Antes de convertirse en un mata-pícheres, Pedro Selva fue picapiedras en Carazo. La primera de un par de incursiones a lo trágico casi le cuesta la vida, recortando drásticamente sus cifras, pese a todo, asombrosas.

Hay hazañas calificadas como irrepetibles en el béisbol casero, pero ninguna como la conquista de cuatro Triples Coronas por parte de ese “Bambino”, quien se adueñó de los lideratos de bateo, carreras impulsadas y jonrones, en las temporadas de 1971, 1972, 1973, y 1975, dejando a las multitudes --que en esos tiempos “reventaban” los pequeños Estadios de los departamentos-- con la boca abierta y rascándose la cabeza.

SU “GRADUACION” COMO ARTILLERO

En el Mundial del 72, Pedro Selva se graduó como bateador conectándole limpiamente a tiradores de reconocido calibre  como el zurdo puertorriqueño Luis Torres, el lanzallamas japonés Kojiro Ikegaya, el endemoniado tirador norteamericano Rubén García, experto en sinker y slider, y el extraordinario cubano José Antonio Huelga. Considerando que a Nicaragua siempre le colocaron los líderes de staff de los otros 15 equipos, la racha conseguida por Selva fue impresionante.

En el año de 1971, Selva bateó para 355 puntos, con 16 jonrones y 49 carreras impulsadas para capturar su primera Triple Corona. Pese a ese impacto, muchos pensaron que la mediocridad del pitcheo en la mayoría de equipos facilitaba la construcción de esas cifras. Pero él continuó repartiendo palo, asegurando otras tres Triple Coronas en los años 72, 73 y 75, en un alarde ofensivo nunca más visto por estos lados.

En 1974 saltó al tapete lo imprevisto. Pedro se vio involucrado en un terrible suceso que casi termina con su carrera al ser atacado a balazos. Su deterioro físico fue tal, que sin exagerar un centímetro, se llegó a temer por su vida. Pese a eso, el equipo de Carazo le hizo un lugar en el roster por su nombre y por agradecimiento, para que intentara un resurgimiento considerado improbable. Obviamente, no hizo el grado para integrar la Selección Nacional, y fue eliminado del equipo que viajó a Tampa ese año.

En cierto momento, Selva dio la impresión de estar en plan de descarte, sin embargo, el gran cañonero superó la crisis y comenzó a tronar en el inicio de 1975 como si estuviera en su mejor época. Demostró sorprendentemente que su swing cultivado picando piedras, había regresado a los niveles de contundencia y precisión requeridos, consiguiendo volver a proyectarse. Todos estábamos asombrados frente a la resurrección del “Bambino” pinolero.

ALARDE DE CORAJE Y LOCURA

Cuando Selva decidió retornar contra viento y marea, escribí: Inconsciencia, coraje, fidelidad a una pasión, o locura. Amigos, no sé cómo llamarle a la determinación tomada por Pedro Selva de seguir en la brecha a cualquier precio, sin importarle que se le hayan abierto dos puntadas en una de las heridas que le cruzan el abdomen; sin intimidarse por el dolor que le produce cada swing, cada agachada; sin detenerse a pensar, que ese flujo lento pero continuo consecuencia del esfuerzo extremo en cada partido, puede terminar en una peligrosa infección. Todos coincidirán que solo un hombre de temple excepcional, o un loco, es capaz de un atrevimiento semejante. No se molestó. Casi siempre fue respetuoso con las opiniones del periodismo.

Inesperadamente, golpeando los pronósticos en las narices, volvió a sus niveles de rendimiento ofensivo y obtuvo su cuarta Triple Corona, obligando a preguntarnos, ¿de dónde habrá sacado suficientes fuerzas para saltar sobre su evidente deterioro?

“Solo hay una explicación, mi fe en Dios. Le pedí que me otorgara fortaleza para terminar la liga y aquí me tienen, adolorido, con la herida abierta, pero fuerte y fajándome en el terreno”, expresó.

Y casi se extiende más allá de las cuatro Triples Coronas. En el año de 1976 Selva siguió sembrando pánico entre los pítcheres, multiplicando asombro entre la  clientela. Conectó 25 jonrones y empujó 76 carreras, pero no pudo alcanzar la proeza por quinta vez debido a una “maniobra” del equipo Chinandega, que para preservarle el título a Pablo Juárez, no se presentó a cumplir un juego reprogramado con el Carazo de Jinotepe, y que no lo necesitaba.

A esa altura de los acontecimientos Juárez presentaba un porcentaje de 366 puntos por 364 de Selva, y como esos dos puntitos de  diferencia no garantizaban la posesión del cetro para el occidental, decidieron “sepultar las esperanzas” de Pedro eludiendo el compromiso. Por supuesto que nadie puede decir lo que hubiera pasado en Jinotepe esa tarde, pero la verdad de las cosas es que se le negó la oportunidad a Selva de capturar una quinta Triple Corona, lo cual hubiera sido una exageración.

En febrero de 1998, llegó el final de sus días para Pedro. El beisbol casero se estremeció. Me pregunté entre recuerdos “mordidos” por lamentos: ¿Qué fue para Pedro su último instante consciente? Posiblemente un cielo sin luna, una noche sin estrellas, un amanecer sin mañana, un futuro inexistente, un estadio sin fanáticos, un rugir casi fantasmal.

El bateador que nos mantenía cabalgando sobre el potro de las emociones, el que nos paralizaba con sus estacazos y el eco producido en los aparatos de radio con el “se va, se va, y...se fue”, se nos fue de las manos sin que nos percatáramos, en una cama del Lenín Fonseca, lejos de los ruidos, triste y terriblemente abandonado.

ILUSIONES ROTAS, BOLSAS VACÍAS

Durante los últimos años Selva fue un hombre de ilusiones rotas, de bolsas vacías, de soledad agobiante... Pude comprobarlo cuando le entregamos una humilde casa en Jinotepe luego de haber recaudado 12 mil dólares en una campaña realizada por el programa Doble Play, que contó con el apoyo suficiente.

Su muerte golpeó a las legiones de seguidores que tiene el beisbol en Nicaragua. Otro más de los atletas que pueden considerarse auténticas glorias del deporte nacional, se había apagado. Pedro supo atravesar mil dificultades, encontró en el béisbol el terreno propicio para conseguir notoriedad y grandeza, logró emerger de dos grandes tragedias, superó enfermedades, soñó estar dándole la vuelta al cuadro en medio del rugir de la multitud, cuando atravesó la raya de cal por última vez, rumbo al dogout de lo definitivo.

Cuando ingresó al Salón de la Fama, limitado a una silla de ruedas, su mirada había perdido aquella agresividad que en el cajón de bateo transformaba en furia. Eso sí, moviendo sus dedos, parecía tener un bate imaginario en sus manos. Daba la impresión de creer estar bateando todavía. De hecho, siempre lo estuvo haciendo.

 

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