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  • El Nuevo Diario

Cuando me refugio en el rincón de los recuerdos, siempre pienso que fue una suerte verlo jugar. Cuando se trata de algo grandioso, como lo fue en casi todo instante la trayectoria como pelotero de Nemesio Porras, no es lo mismo escuchar historias, por muy bien contadas que sean, que haber sido testigo de esas ejecutorias. Por eso digo ¡qué suerte!

Como diría Stefan Zweig, uno de mis escritores favoritos, el nombre trae la imagen como un fogonazo, o la imagen o el nombre. Nemesio Porras nació, creció y se desarrolló como pelotero, proyectándose hacia el estrellato, cuando aquí se respiraba beisbol, se vivía para el beisbol, se soñaba con el beisbol, cuando casi todos nos acostábamos con los spikes puestos, y caíamos de las camas realizando imaginariamente las grandes atrapadas.

Llegó a tener dentro de sí la fuerza de un huracán; jugaba como si un viento impetuoso lo empujara; crecía en su rendimiento estimulado por miles de alientos, con su corazón quieto asegurando la concentración, mientras los de la multitud latían con la aceleración de un tren bala. Llegó a convertirse, sin pretenderlo, en un símbolo, no solo del Bóer, sino de nuestro beisbol.

SIMPLEMENTE EL MEJOR

Sin exagerar, Nemesio fue más allá de todas las expectativas, y su inclusión en el Salón de la Fama pinolero estaba escrita con sus cifras impresionantes. En el cajón de bateo, este zurdo indomable, capaz de atravesar por 19 temporadas consecutivas sobre los 300 puntos, dueño de un porcentaje de por vida de 356 en 5,007 turnos, con 183 cuadrangulares, cuatro títulos como Más Valioso y seis coronas con el mejor promedio, daba la impresión de golpear la pelota con exactitud sobre cualquier tipo de lanzamiento, y fildeando, fue un fuera de serie, como difícilmente se ha visto otro alrededor del primer costal, con excepción del fenomenal Lou “El garrobo” Vasser y Julián Castro en la vieja Profesional.  Nunca dijo “soy el mejor” en esa gestión, simplemente lo fue.

¿Algo que te incomode mirando hacia atrás en lo que fue una brillante carrera? le pregunté, y el bateador que tomó su último turno en el 2006 me sorprende con su respuesta: “Debí retirarme un par de años antes”.

¿Por qué esa reflexión?

Porque mi cuerpo ya no respondía. Estaba afectado por muchos dolores musculares. No daba para más, pero intenté mantenerme retando innecesariamente todos los factores adversos. Comencé bastante joven, a los 16 años, y sufrí lesiones constantemente. No les hacía caso, jugaba pese a los dolores pero necesitaba de pastillas y de inyecciones. Eso me fue perjudicando poco a poco”, explica quien nació en Managua el 7 de octubre de 1968.

¿Cómo fue tu proceso evolutivo como bateador?

Fue un duro batallar desde mi inicio en infantil, el paso por la juvenil y mi llegada a Primera División. Siempre observando y aprendiendo, aplicando modificaciones porque el bateo te exige mucho. Estando con los Industriales, un entrenador cubano Francisco Martínez, de Pinar del Río, me enseñó a batear por la banda contraria haciendo ajustes con el perfil y el manejo de la posición y movimiento de los pies. Eso fue clave para mí, porque un bateador de todo el terreno tiene gran ventaja. Después trabajé con hombres como Roger Guillén, Roberto Espino y Julio Mairena, quienes me fueron puliendo. Ningún bateador se hace solo, y esa ayuda aceleró mi avance y me proporcionó confianza.

Tus únicas temporadas sin alcanzar la cifra de 300 fueron la primera y la última. Entre ese abre y cierra paréntesis hay 19 promedios sobre 300, incluyendo cinco con más de 400. Mientras atravesabas ese alarde ¿qué tanto fue necesario un excedente de esfuerzo?

Mi rendimiento fue consecuencia de trabajo y más trabajo. Comencé bateando 248 puntos y de inmediato, subí a 328, un salto enorme. Cuando continué avanzando a 330, 350 y llegue a 400 y 439, sentís que te has establecido como bateador. No me presioné por la obligación de registrar altos porcentajes, simplemente buscaba cómo ser lo suficiente fluido frente al plato y atacar los lanzamientos con naturalidad. Fue muy importante los constantes fogueos con el pitcheo cubano, siempre tan fuerte.

Fue Pedro Ramos quien se atrevió a decir que con las habilidades defensivas de Nemesio Porras y sus aptitudes ofensivas, bien podría haberse desarrollado en el beisbol organizado. “Como cuida la zona de strike, sus muñecas son rápidas y el deslizamiento de su bate muy preciso, además, sabe descifrar lanzamientos difíciles”, dijo en aquella ocasión el cubano,  mientras agregaba: “No es fácil descubrir un mejor fildeador alrededor del primer cojín”. Claro, viniendo esa opinión de Ramos, había que escucharla y valorarla, aunque la oportunidad no se le presentara nunca a Porras.

DOS JOYAS DEFENSIVAS

Hay dos jugadas defensivas de Porras que guardo en el disco duro de mi memoria como material disponible para ser utilizado en discusiones a quemarropa: aquella atrapada insólita detrás de primera en el Estadio de Rivas, sepultando a los sureños y sacando de problemas al San Fernando que lo había tomado como refuerzo para los Play Offs; y su fildeo de destreza y precisión sobre la raya de cal de primera base contra Panamá durante los Panamericanos de 1975 en Buenos Aires, en el último inning de aquella difícil batalla que significó la medalla de plata ¿Cómo hizo para llegarle a la pelota, tomarla y conseguir posición de tiro, sacando un out angustioso? Solo disponiendo de un sentido tridimensional, es decir, siendo un fildeador excepcional.

Una pregunta sin respuesta, es sobre lo que hubiera podido hacer como bateador frente a la exigencia de un pitcheo de liga mayor. Naturalmente, pocos turnos al bate no bastan, pero hay una imagen perdurable del año 2001: Nemesio enfrentó varias veces a Vicente Padilla siendo rste un big leaguer insertado ocasionalmente en nuestro brisbol. “Era un reto muy atractivo, porque se trataba de un pitcher de Grandes Ligas con mucho poder y en plena evolución. En el estadio de Rivas, verlo contra Vicente que ya lanzaba para los Filis fue un espectáculo, pero al mismo tiempo algo estimulante: doble impulsador de carrera en el primer turno, hit en la segunda posibilidad, y base por bolas.

¡Qué suerte haberlo visto en acción! Él nos demostró que aún en este pequeño nivel de competencia se puede producir algo tan llamativo con su swing dibujado, preciso y potente, sus ejecutorias defensivas fabricaban asombro y su incidencia decisiva, capaces de grabarse en nuestras memorias y permanecer intactos más allá del paso del tiempo y las embestidas del viento.

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