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El deporte sigue teniendo su belleza --los zarpazos de Novak Djokovic, la magia de Lionel Messi, el ímpetu de LeBron James, las proyecciones de Usain Bolt, el swing de Miguel Cabrera, o el aleteo de Michael Phelps--, pero su pureza, afectada por la circulación del dinero y los intereses creados, parece haber sido sepultada para siempre, o quizá tarde tanto en restaurarse, como las leves señales actuales de Pompeya, después de ser destruida en el año 79 por la explosión del Vesubio.

El escándalo de la FIFA --ningún descubrimiento reciente, porque ya tenía barbas, canas y suficientes arrugas--, las terribles distorsiones utilizando el chantaje en el planeta atletismo, las sospechas y el comprobado de alteraciones en el ciclismo, los esteroides en el beisbol y la presencia del “algo huele mal” en tantos sectores, han hecho considerar al brillante Carlos Arribas, columnista multideportes en El País, que el deportista del año 2015 fue la corrupción.

Quienes leyeron el libro del británico David Yallop publicado por primera vez en español en 1999, con el título “¿Cómo se robaron la Copa?”, no pueden brincar del susto ni un centímetro al leer el reciente “FIFA mafia” del alemán Thomas Kistner, que se refiere a la historia criminal de la organización deportiva más grande del mundo. Aparecen nuevos detalles naturalmente, pero nada sorprendente.

Un viejo mal

Desde antes del aterrizaje del brasileño Joao Havelange en la más alta silla de la FIFA, la corrupción ha cabalgado alegremente tomando diferentes formas y tamaños. Fue Havelange quien impuso a Blatter pese a que el suizo le movió el piso y estuvo detrás de él con “el puñal” de la traición siempre listo. Yallop abre en las páginas de su libro las cloacas de la FIFA desde antes del Mundial de 1966 en Inglaterra, es decir cinco décadas atrás.

La poderosa Federación Internacional de Atletismo tocó fondo en lo mal oliente durante el periodo casi tenebroso de Primo Nebiolo. Sobre eso, escribí varios artículos que están en los archivos de los periódicos en los que trabajé. Cuando Lamine Diack, de Senegal, llegó a la Presidencia de la IAAF, prometió como tantos, combatir a fondo la corrupción, en la cual se encuentra sumergido, involucrado en sobornos y chantajes.

La corrupción es imparable. Los sistemas establecidos resisten a las voluntades, y no solo eso, las doblegan y las descomponen. Al tomar posesión, Blatter se comprometió con el juego limpio y una FIFA ejemplar, aunque sus antecedentes lo condenaban. Es por eso que pese a no dudar de las mejores intenciones del nuevo Presidente del Atletismo Mundial, Sebastián Coe, la posibilidad de verlo estrellarse como el capitán Smith del Titanic, contra el sistema y sus ramificaciones, es lo esperado.

Corrupción en todo

Cuando estalló lo de Blatter, la figura de Michael Platini apareció en pantalla como un posible reemplazo apropiado, pero casi de inmediato, el propio Blatter en una actitud de “no estoy solo en esto” lo colocó sobre el tapete expuesto a los dardos venenosos, destapando un grueso pago mal visto con compromiso verbal. Platini, la figura de la UEFA, vio derrumbarse su credibilidad y finalmente, junto con Blatter, fue suspendido del deporte por ocho años. Todavía fuera de la paila de las complicaciones está Ángel Villar, el dirigente español tan cuestionado por el periodismo de su país, y tantos otros prójimos que impiden contar con suficientes escobas para una barrida total y necesaria en el intento de aplicar modificaciones seriamente.

El problema de la corrupción se ha extendido vertiginosamente como llamas atravesando un bosque y es imparable. En su libro “Vaticano”, el teólogo Malachi Martin se refiere a la presencia del poder frente a la fe, las intrigas y las distorsiones que han ido creciendo en esos pasadizos, hasta llegar a las cuentas. La misma fiscal en el actual caso FIFA, Loretta Lynch, debería hacer investigaciones a lo interno en otras esferas, en las cuales la corrupción está presente y silbando. No va a perder el tiempo. Como decía Norman Mailer, para algunos un escritor maldito: “El Señor está perdiendo la guerra en todas partes y en todos los sectores”. Lo corrosivo pica y se extiende, como esas líneas que trazaba Barry Bonds, otro contaminado.

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