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Raúl se ha puesto la chaqueta azul marino de ejecutivo. Y ha comenzado a mandar. La Liga confía en él para expandir la imagen de una industria que debe acortar distancias con la Premier inglesa en la captación de ingresos por televisión.

Raúl es inteligente. Quiere formación e información en Nueva York antes de plantearse algún reto en España. Hay gente que le pregunta a menudo por el Real Madrid, pero no tiene ninguna prisa. No le conocen los que le preguntan tanto. No le va el morbo. Todo lo contrario. Va a explorar otros mundos. De momento, tres años. Mientras sus hijos estudian en EE.UU. y él desarrolla multitud de proyectos que tiene en la cabeza.

Raúl no descansa. Fue un gran gestor de recursos humanos en vestuarios y gracias a sus relaciones con dirigentes, con el mundo del marketing y demás agentes del futbol, tiene una visión estratégica crucial que ha sabido leer la Liga para ofrecerle un desafío apasionante.

Lleva unas horas en el cargo y los empleados de la Liga ya saben cómo es en la distancia corta: serio, organizado, implacable y con determinación.

Raúl ya manda, ha convertido Miami en un ciclón de encuentros con representantes del futbol norteamericano y su oficina de Nueva York va a convertirse en un centro de operaciones crucial para el futbol español.

Sigue viendo futbol a todas horas. Lo mismo te comenta un partido de Surinam con Patrick Kluivert de entrenador, que llama por su nombre a los niños que participan en el torneo la Liga Promises. Él es del barrio, de los campos de tierra, pero se alegra de la evolución de la vida y de ver a niños jugando en campos hermosos de hierba artificial de última generación.

El futbol es su obsesión. Y la Liga le ofrece ahora una misión interesante: Poner en valor las virtudes del futbol español. Una industria poderosa que pasea con orgullo el nombre de España.

 

 

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