Edgard Tijerino
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Permítanme parafrasear a Juan Rulfo: ¿Cómo dice usted que se llama ese programa? Doble Play; ¿Y sobre qué es? Es deportivo; ¿Está usted seguro? Seguro señor; ¿Y por qué tanto alboroto? Es que así son ellos; ¿Alguien lo entiende? Si, pese a que todos sabemos que es programa sin pies ni cabeza; ¿Y eso lo hace interesante? Exactamente, aunque parezca extraño.

En una de las charlas que ofrecí en el 2015, alguien me preguntó en la UCA ¿Cómo definiría el programa Doble Play? Le respondí que nunca le he encontrado definición, agregándole: “a veces, ni yo lo entiendo, pero sé que entretiene, y por momentos, quizás muy breves, trata de ser orientador, sin perder sus características como retador y bromista, abordando los temas cotidianos. “La mejor forma de bromear, es diciendo la verdad”. Algo de esa frase de Bernard Shaw, hay en Doble Play.

Desde que comencé a trabajar en Radio en 1970, invitado por Manuel Espinoza para formar parte de “Extra”, pasando después a “Sucesos” de José Esteban Quezada y William Ramírez, hasta instalarme en Radio Corporación por iniciativa de Fabio Gadea y José Castillo, sé lo que es estar comprometido con las seis de la mañana, un horario para muchos incómodo, no para mí. Así que mi racha madrugadora, que continuó con el invento de Doble Play en 1981, a las 6 y 30, se extiende hoy a 46 años.

Hace 35 años, aterricé en La Voz de Nicaragua, contratado por Carlos Guadamuz, un viejo amigo de la época de estudiantes. Él me dijo: “lo interesante sería un programa de deportes, totalmente diferente a los otros”. Le respondí: “lo haré”, y el amarre quedó hecho.

Pensando en contar con Enrique Armas, quien trabajaba conmigo desde 1977, cuando él tenía apenas 15 años, le puse Doble Play, confiando en que, mi experiencia con el agregado de su dinámica y su talento, facilitaría formar una buena combinación, lo que se consiguió más rápidamente de lo previsto.

Permanecer en pie de lucha mientras los otros descansan, ha sido clave. Desde su inicio, Doble Play fue un programa de Semana Santa, de días patrios, de Navidad y de Año Nuevo. Un programa en que, además de deportes, se discuten precios del mercado, temas de telenovelas, situaciones políticas, asuntos cotidianos, y hasta expongo mis problemas personales mostrándome de cuerpo entero, entrando sin pedir permiso a la casa de los oyentes, sintiéndome como parte de la familia. Además me funciona como estímulo, como bálsamo, como exigencia y como correctivo. No podría vivir sin Doble Play.

Hoy, con el estupendo aporte de René Pineda y Miguel Mendoza desde hace largo rato, y el advenimiento del chavalo Germán García, Doble Play, que en su tránsito de 35 años ha tenido tantos colaboradores que dejaron huellas imperecederas, manteniendo erguido mi agradecimiento, sigue siendo en sus dos audiciones, día tras día, un programa imprevisible, sin pies ni cabeza, abierto a todo tipo de discusiones y receptor de todas las opiniones. Programa bromista, polémico, entretenido, pluralista y democrático, podríamos decir.

¿Alguien lo entiende? No parece ser necesario.

 

 

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