•  |
  •  |
  • Edición Impresa

Ocurrió hace 43 años y la inmensidad de la gratitud acumulada frente al gesto, la determinación y el desprecio por el riesgo a lo largo de tanto tiempo, nos empequeñece. ¡Qué ejemplo más sublime! Para quienes fuimos estremecidos por la trágica e impactante noticia en aquel momento de extrema bondad, sobre las ruinas de un presente que nos carcomía, parece hacer sido ayer. ¿Por qué ocurrió, Señor? ¿Por qué?

Recordando a Roberto Clemente con ese afecto grabado en lo profundo de nuestros sentimientos, desemboco en una reflexión con “toque” dariano que taladra el alma al referirse a su impresionante actitud solidaria de dejarlo todo, incluso las súplicas de amigos y de su familia en el marco de comodidades y festividades de fin de año, para garantizarle ayuda a este país  terremoteado, muriendo injusta e inexplicablemente en tal esfuerzo: Este es el varón que tuvo corazón de lis, alma de querube y sentimientos celestiales. El bravo, talentoso, generoso y dulce boricua, murió demostrando amar al prójimo tanto o más que a sí mismo, aquel fatídico anochecer del 31 de diciembre de 1972.

Obviamente Clemente permanecerá por siempre vivo entre nosotros, obligando a preguntarnos: ¿Quién de nosotros haría algo parecido? Esa noche, el astro boricua obvió las advertencias para abordar un avión defectuoso y venir a entregar personalmente una ayuda a la Nicaragua que recién había conocido verdaderamente como mánager de Puerto Rico durante el Mundial de Beisbol realizado en ese 1972.

“No vayas Roberto”, y el aparato crujiente, cayó en el mar Caribe. “Si vas a morir, morirás”, le había respondido a su amigo y compañero José Pagán, ese gran paracorto. Su cuerpo nunca apareció, pero su alma entró a cada uno de nuestros hogares, abrazándonos en la desgracia ¡Cómo olvidar eso! ¡No podemos permitir que ocurra algún día!

UNA MEDIDA CORRECTA

Durante una conversación con Oswaldo Gil en Veracruz, coincidí en que morir de esa forma, con ese fondo de humanismo, agigantó a Clemente, dimensionándolo correctamente frente a las futuras generaciones. Falleciendo de otra manera, por natural envejecimiento, aún abrazado a la segura placa del Salón de la Fama y cobijado por luminosas cifras, Roberto Clemente no sería tan respetado, tan admirado y tan impactante. No se hubiera podido tejer un mito a su alrededor. No hubiera sido incorporado casi automáticamente al Salón de la Fama de Cooperstown, saltando sobre las reglas, único caso.

Con una estatura de 5 pies 11 pulgadas y 175 libras, Clemente siempre estuvo lo necesariamente agitado y efectivo para ganar cuatro títulos de bateo de la Liga Nacional, registrar un average de .317 en su carrera con 240 jonrones, agregando 1,305 impulsadas y 1,416 anotadas, con 13 temporadas sobre los 300 puntos. Fue triunfador en las Series Mundiales de 1960 y 1971 bateando de hit en los 14 juegos, y en 1966, ganó el premio de Jugador Más Valioso de la Liga Nacional superando a Sandy Koufax. Su brazo mortífero fue capaz de sacar a 269 corredores en las bases.

“No estoy diciendo que soy el mejor. Solo digo que no tomo el segundo lugar de nadie en nada”, expresó con arrogante sencillez, cuando bateó .414 con 12 hits, incluyendo dos jonrones, dos dobles, y un triple, en la Serie Mundial de 1971 que los Piratas le ganaron a los Orioles en siete juegos. “No soy Mays, ni Mantle, soy solo Roberto Clemente, pero pienso que nadie juega mejor que yo este deporte”. Ese orgullo movía montañas.

Lo de Clemente y Nicaragua fue “amor a segunda vista”. Roberto había estado entre nosotros en 1964 como parte del impresionante line-up de los Senadores de San Juan en aquella Serie Interamericana que ganó brillantemente el Cinco Estrellas. Fue cuando desde las tribunas del jardín derecho le lanzaron un garrobo que lo asustó al extremo. “Él creía que se trataba de un animal prehistórico y no pudo evitar sentir un escalofrío”, relató doña Vera, su esposa, años después.

¿CÓMO SE FAMILIARIZÓ?

En 1972, ocho años después, cuando Clemente acababa de aterrizar en la pista de los 3 mil hits con un doblete contra John Matlack, y su proyección hacia el Salón de la Fama se consideraba un hecho, sorprendentemente el dirigente de beisbol amateur de Puerto Rico, Oswaldo Gil, le ofreció dirigir al Seleccionado de la isla en el Mundial Nica. Y él, siempre tan cuidadoso de tomar responsabilidades, aceptó sin titubear, sorprendiendo a Oswaldo.

Durante ese torneo, siendo yo un joven periodista en etapa de aprendizaje, conocí a Roberto mientras él conocía a nuestro pueblo con más tiempo y globalmente al salir constantemente de Managua hacia otras ciudades, en lugar de estar enclaustrado en un hotel como en 1964.  
Se sintió atraído por nuestra hospitalidad, por esa pasión por el beisbol y por las bellezas naturales de nuestro país. Le impresionó el respeto, la admiración y la idolatría que se le tenía.  En el Hotel Intercontinental, Clemente se convirtió en el epicentro de la atención del público y del periodismo. Era emotivo y rebelde por naturaleza, defensor a muerte de los peloteros latinoamericanos y un atacante implacable del racismo.

¿Cómo voy a olvidar aquella noche en el Hotel Intercontinental? El Mundial de 1972 se había desvanecido como torneo, pero no las emociones. Ahí estaba yo, en esa habitación del Inter, conversando con el astro boricua Roberto Clemente que había dirigido al equipo de Puerto Rico en un torneo que lo emocionó y lo atrapó. Discutimos varias veces, sobre todo cuando sugerí en una columna de La prensa, que sería bueno para el espectáculo un duelo de escopetas entre Clemente y Armando Capiró, y cuando en otra nota,  dije que un crecido pitcher dominicano, Roberto Rodríguez, estaba en plan de ponchar esa noche a Roberto Clemente si Puerto Rico lo hubiera alineado.

¡Cómo se molestó! No quería ni verme como lo explica David Maraniss del Washington Post en su excelente libro biográfico. Y es que Clemente era rebelde y emotivo. Siempre se caracterizó por ser dueño de un orgullo no medible. Se consideraba uno de los mejores peloteros imaginables, quizás el mejor. Se enamoró de nuestro país, de su gente, del ambiente, de la pasión que existía en aquel tiempo por el beisbol, y desgraciadamente fue atrapado por la tragedia. Cuando cayó el avión, seguramente llovían estrellas.

 

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus