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Solo faltó ver tocar la pelota a Jonel Pacheco. De haber recibido esa orden, quizás hubiera dicho como Eddie Murray a Tom Lasorda en 1989, cuando llegó a los Dodgers de Los Ángeles después de unos 1,600 partidos a lo largo de 12 años con los Orioles de Baltimore: “Lo siento Tom, nunca lo he hecho”. En Baltimore, nunca se presentó una situación en la que se pensara sacrificar a Murray.

En un beisbol como en el nuestro, en que el toque de bola parece un arte perdido, fue sorprendentemente el recurso más utilizado. Entregar outs a cambio de avanzar a la siguiente base, incluso con hombres circulando en posición anotadora. El segundo bateador del juego tocando pelota parecía broma. ¡Qué saludable es para un pitcher que en ciertos momentos de intensa presión, busca con desesperación un out, que se lo regalen! Bienvenido sea.

No juegues para tan poco

¡Ah, un toque como el inesperado de Ramón Flores en el segundo inning del cuarto juego, es apreciable, así como el de Omar Obregón en el tercer inning de la tercera batalla con dos outs y Flores en la antesala, provocando el desajuste defensivo de Piña! Lo peor es que el porcentaje de movimientos hacia delante conseguidos, fue discreto. Pero eso no importó, había que insistir por temor a los constantes batazos para doble play. Menos mal que Curt Smith tomó turno con dos outs cuando disparó su jonrón en el tercer duelo. ¿Por qué no jugar agresivamente, sin inhibiciones, frente a un pitcheo flaqueante?

Si juegas para una carrera, es lo que mereces, decía ese profundo analista del New York Times que fue Red Smih, un ganador del Premio Pulitzer. Para una pelota pequeña como la que aquí se juega, los dos line-ups eran compactos, con partes traseras amenazantes. Tan es así, que el pelotero Más Valioso y Campeón de bateo, fue un número 9 como Ramón Flores, con cifras que lo colocarían en el corazón de cualquier línea de fuego. En cuatro juegos Flores tomó turno cuatro veces con las bases llenas disparando cohetes.

Pitcheo y defensa frágiles 

La inseguridad del pitcheo y las defensas agujereadas atormentaron a los managers, que terminaron con las reservas de sus pastillas calmantes. Los dos equipos utilizaron, alargando la tolerancia en varios casos, a 16 brazos en los primeros tres juegos. El único abridor visto sobre la colina en un octavo episodio fue Jonathan Aristil en el cuarto, explotado por el doble de Jilton. Para llegar tan largo, Aristil atravesó algunas dificultades serias, como las bases llenas en el quinto y los dos a bordo sin out en el sexto. 

Los errores estuvieron abriendo puertas. El primero de Frías en el cuarto inning del primer juego, facilitó tres carreras al Rivas que estaba atrás 1-0, también por un error de Yurandel. Después de batallar por once entradas, Chinandega perdió en casa pese a una espectacular recuperación que le permitió equilibrar la pizarra 4-4,  por culpa del gran disparo hecho por William Vásquez desde el jardín izquierdo y la forma en que se fajó Allen mientras bloqueaba el plato, para sacar out al corredor emergente Juan González en el cierre del octavo.

El momento cumbre

¿Se imaginan al Rivas bateando en el inicio del noveno perdiendo 5-4 contra el enérgico pitcheo de Piña quien había retirado a seis seguidos con cuatro ponches en dos episodios anteriores? Piña colgó el cero del noveno al Rivas, pero el suspenso se extendió al inning 11, perdiendo Chinandega. Así que en lugar de 1-1 la Serie antes del tercer duelo, estaba 2-0 a favor de los sureños. No hubo forma de hacerla girar. Los Tigres solo tuvieron aliento para evitar la barrida con un resurgimiento en el tercer duelo, que no pudo ser repetido en la cuarta batalla para continuar con vida.

El sorprendente derrumbe de Wilton López como abridor del segundo juego, permitiendo siete carreras en apenas un tercio de inning, metió al Chinandega en el pozo de las serpientes. Voltear un 0-2 es poco probable en cinco juegos. Lo hizo el Bóer en la pasada temporada, pero seguramente vamos a ver pasar un buen tiempo para que vuelva a ocurrir. Ver a Wilton volver a hundirse en el tercer juego y sentirse más golpeado por la actitud del público en un lapsus de ingratitud, fue dramático. En beisbol las catástrofes simplemente ocurren y te aplastan. Nadie es inmune.

El crecimiento de “Moncho”

El aporte de un explosivo e incontrolable Ramón Flores fue lo más grandioso y decisivo. En todos los aspectos del juego funcionó como un big leaguer “infiltrado”. Cuando recordamos lo que fue capaz de hacer, el asombro continúa. Registró la cifra líder de 530 puntos consecuencia de 9 hits en 17 turnos, con 2 dobletes, 4 anotadas y 7 impulsadas, atrapando pelotas hacia delante, hacia atrás o en la zona foul, realizando tiros sobre la marcha con alto grado de precisión y desplazándose velozmente en los senderos. ¡Qué fácil fue seleccionarlo el pelotero de la semifinal! Lució como Murphy con los Mets antes de la Serie Mundial.

Poco punch con solo 4 jonrones, todos conectados por el Chinandega, el equipo eliminado. Los Gigantes deberán revisar sus bates antes de la final. Los relevistas, en la mayoría de los casos, provocaron dolores de cabeza. En algunos momentos, Berman Espinoza y Sáenz, dejaron buenas impresiones, pero era obvio que ni Mesa ni Chávez, tenían a mano un brazo como el de Darwin Cubillán, la más grande ventaja que tendrá el Oriental en la Serie Final. 

Eso sí, fue emocionante

Como siempre, dardos contra el arbitraje, pero me pareció mejor que en otros cierres. Obvio, hay fallas tan ruidosas como muchas que se ven en Grandes Ligas, tal fue el caso de la anulación del jonrón de Pacheco en el segundo juego. Muy bien en la mayoría de los outs y en el juzgamiento de los lanzamientos. La anotación provocó más discusiones en la consideración de hits y errores.

Más allá de los mil temores, fue una serie semifinal de suficientes momentos emocionantes como para mantener el interés latiendo. Como podría decir un apostador: “No hay mayor emoción que la que proporciona la inseguridad”. Cada uno de los partidos, incluso el que Rivas ganaba 8-0 fueron de “no basta rezar y cruzar dedos”. El público respondió en los dos parques, y ahora la intriga sobre quién será el campeón, estará danzando en Granada y en Rivas.

  • 38 la cantidad de brazos que se utilizaron en los montículos durante los cuatro juegos.
  • 18 la más grande cantidad de ponches en un juego. Ocurrió en el primero, 11 a los Gigantes y 7 a los Tigres.
  • 8-0 la mayor ventaja en la serie, conseguida por Rivas en el segundo juego.       
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