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Si analizamos la Final desde un punto de vista “químicamente” puro, vamos a rascar nuestras cabezas largo rato. El beisbol ofrecido fue de baja calidad y terriblemente confuso, pero es “nuestro vino”, así que no se puede hacer nada, más que asimilarlo, tolerarlo y tratar de disfrutarlo pese a sus flaquezas. Sin embargo, el componente emotivo, estuvo presente en todo instante, atrapando la atención, agitando las emociones, obligándonos a dormir y levantarnos con los dedos cruzados, pendientes de cada movimiento, combatiendo el permanente estrés sin medir los niveles de nuestra presión, con el misterio arañándonos las espaldas, lo cual hacía del precio de las entradas una ganga.FOTO: MELVIN VARGAS.

Precisamente eso le inyectó interés a cada juego. Nada estaba escrito, a diferencia del beisbol próximo a la perfección, en el que cada uno sabe lo que tiene que hacer y que recorta la inspiración y limita las variantes. El beisbol que vimos “avergonzó” constantemente a la lógica, pero qué importa eso si los nervios se mantuvieron alterados y los cierres fueron electrizantes.

LA MULTIPLICACIÓN DE ERRORES

Un error. Eso es lo peor que puede ocurrir en esta época del año. Y se cometieron 23 oficialmente, aprovechando la generosa tolerancia de los anotadores, sin considerar también fallas que no pueden apuntarse, como no cubrir la primera base con un toque de bola que saca al inicialista de posición, tirar al plato desde los bosques para facilitarle al adversario posición anotadora, ser atrapado entre las bases, hacer malas gestiones en el cuadro al momento de seleccionar donde tirar, soltar pelotas tan sencillas, enredarse en lo más liso. Nos familiarizamos con todo eso sin preocuparnos. ¿Por qué hacerlo si los juegos eran vibrantes? El manejo del pitcheo, se convirtió en una trigonometría avanzada de los imprevistos. En ciertos momentos, ni el propio Cubillán fue algo seguro y vimos el desvanecimiento del dominio que se esperaba de Wilton López, así como faenas de crecimiento por parte de Fidencio Flores, José Villegas y José Luis Sáenz. Los managers, al borde de la desesperación, sintieron el impulso de calentar sus brazos.

MOMENTOS INOLVIDABLES

Eso sí, fue una serie de varios momentos cumbres, con algunas atrapadas inolvidables como las de Marín y Renato Morales, quizás irrepetibles, el zarpazo y tiro al plato de Yosmani, batazos memorables como los de Wuilliam Vásquez, Ofilio Castro, Donell Linares, Luis Allen, Darrel Campbell y Jonel Pacheco. Igual que ustedes, me gustó estar acorralado por la incertidumbre, aguijoneado por la presión, masticando mis uñas. Eso fue un factor de motivación al momento de sentarme frente a la computadora, cada noche.

El juego clave fue el quinto, con la serie 2-2. Irse arriba tenía un enorme significado y el Oriental lo ganaba 8-2 con solo seis outs pendientes. ¿Cómo lo perdió recurriendo incluso a Darwin Cubillan estando en ventaja? Ah, ese jonrón de Allen saliendo de la nada, completamente oculto ofensivamente, entró al cofre de los tesoros sureños, cuando Darrel Campbell decidió la batalla en once entradas. Soltar ese botín resultó mortal para los Tiburones. Regresaron con la estocada de Pacheco forzando un equilibrio 3-3, pero al día siguiente, disputando por vez primera un séptimo juego, murieron.

EL OSCURECIMIENTO DE WILTON

Rivas, que no disparó jonrón en las semifinales, registró 9 en la Final, por solo 3 del Oriental. Esa diferencia en punch tuvo mucho que ver, además del bajón de voltaje que experimentó el destructivo Pacheco en contraste con el repunte espectacular de Wuilliam Vásquez, quien en los cinco primeros juegos se voló la cerca cuatro veces, impulsando nueve carreras, cifras récords para finales. El más grande factor antes de apagarse en los dos últimos juegos cerrando de 8-0 con 5 ponches.

Lo más dramático fue ver golpeado a Wilton López. De pronto el gran pitcher que vimos en Veracruz en el cierre del 2014 había desaparecido. El que estuvo lanzando dio la impresión de ser una borrosa caricatura. Rivas se atrevió a tomarlo pese a su derrumbe en las semifinales, considerando que era solo un lapsus y que retornaría a su nivel de rendimiento, con su experiencia y eficiencia, pero no fue así. El equipo sureño sobrevivió a eso, por el apoyo que garantizó José Luis Sáenz.

NUNCA ANTES TANTOS TOQUES

Fue alentador ver cómo se fajaron Fidencio Flores y José Villegas desde la colina del Oriental, y perturbadora la forma en que se abusó de los toques de bola. En esta final, seguro que hubieran encontrado un momento, o dos, para ordenarle a Babe Ruth que tocara bola. Qué empeño en regalar outs que costaban conseguirlos.

Sin embargo, todos disfrutamos de la incertidumbre, como si estuviéramos leyendo un relato de Poe o de Stephen King. Si se volviera a repetir esta Serie, todos quisiéramos no perdernos un juego, más allá de la química pura, sin importarnos embotellarla. Pero hay que estar claro de separar consideraciones.

 

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