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Discúlpenme mientras trató de caminar con el bisturí de la objetividad en mano, sobre las huellas dejadas por esta IV Serie Latinoamericana de Beisbol, que restauró el rugir en las tribunas y vio coronarse a los Gigantes de Nicaragua con tres victorias consecutivas, la última repartiendo palo, como si el line-up sureño hubiera sacado del baúl de los tesoros los bates de aquellos Rojos de los años 70.RAMÓN FLORES.

Meritoria la victoria del Rivas, más allá de ser favorecido por esa extraña regla de “lo mejor para el equipo local”, incluyendo el quiebre de un empate en el liderato, así haya resultado derrotado en el duelo particular, aparte de ser siempre home club. De esa forma, hubiéramos sido subcampeones, no tercer lugar, en el Mundial inolvidable de 1972. Me alegra por Mauricio Marenco, un empresario que se metió a aportar decididamente al beisbol casero, respaldado por su hermano Oscar. Hoy, ellos celebran la conquista, como César lo hizo con la de las Galias, que fortaleció su prestigio militar.

SON POCOS LOS RECUERDOS

No ha sido común para equipos de nuestros beisbol, coronarse en casa. Lo hizo aquel fabuloso Cinco Estrellas que juntó a Rigo Mena, Duncan Campbell y Willie Hooker, en la Serie Interamericana de 1964 superando al San Juan de Roberto Clemente y Orlando Cepeda; después, en nivel amateur, la selección que dirigió Ramiro Toruño en el Premundial de 1993 sin obligación de ganarlo; y ahora este Rivas 2015-2016, imponiéndose en este latinoamericano. Ojo, no incluyo los estrictamente centroamericanos.

¿Cuál fue el tamaño del torneo? Pequeño sin duda, “peso mosca”. Los tres equipos visitantes no impresionaron. Serían uno más en nuestra pelota profesional, no “algo más”. Cuando las expectativas alrededor de cada uno de ellos se fueron despejando, nos encogimos de hombros. Eso explica porque en la batalla por el boleto a la final entre Colombia y Panamá, supuestamente inyectada por el interés de conocer al rival de los Gigantes del Rivas, se realizó con las tribunas vacías. Como si se descartara con seguridad la posibilidad de presenciar un beisbol atractivo.

Llamó la atención el pitcheo colombiano, que recetando dos blanqueos consecutivos a México y Panamá, con racha de 21 ceros y solo una carrera permitida a lo largo de tres juegos. La exigencia de ganar esos juegos en fechas consecutivas desgastó ese staff, como lo demuestra el estrepitoso hundimiento frente a los Gigantes en el duelo cumbre, después de abrir con el relevista Eric Gonzálvez y continuar con cinco brazos más.

SOLO VIMOS DOS JONRONES

¿Qué es lo que faltó al evento para alcanzar una buena valoración? Punch y una figura descollante. No se vio ni lo uno ni lo otro. Apenas dos jonrones en nueve juegos. ¿Acaso se estuvo bateando a mano limpia bolas de plomo? Tomemos el caso de Wuilliam Vásquez, sin jonrones en los tres meses de la Liga Profesional, con una explosión de cuatro en la final y sin tumbar cercas en este torneo de corte internacional. Los dos jonrones fueron conectados por el panameño Carlos Quiroz y el azteca Karim García, un ex big leaguer que se presentó sin estar en la forma física requerida.

Sin peloteros de brillantez indiscutida, entre ellos Yurendel De Caster, el líder de bateo de la etapa regular con 4 hits en 8 turnos, fue necesario esperar el juego por el banderín para tratar de fijar al Más Valioso. Entre semejante desborde ofensivo, 15 imparables, 13 sencillos y los dobles de Britton y Marín, fue seleccionado Wuilliam Vásquez, quien bateó de 4-2 con un remolque, ocultando las cuatro impulsadas de Ramón Flores, aunque reducido en el porcentaje global.

Un jugador capaz de ejercer atracción no fue visto por aquí. Ni siquiera un pitcher del calibre de Auston Davis, ni un artillero tan explosivo como Jonel Pacheco. Un cazador de talentos se hubiera marchado con su libreta vacía, pero fue estimulante la coronación de los Gigantes. Nuestro beisbol necesitaba algo de eso. Como dijo ese gran cronista argentino Osvaldo Ardizzone cuando se coronó el equipo de Chacarita: “Siempre es emocionante la alegría de los pobres”.

 

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