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Una noche, en el cuarto de trabajo que tengo en mi casa, escarbando en “la sección amarilla” del archivo que ha sobrevivido al ataque implacable de las polillas, me encontré con una impresionante foto de Mantle realizando aquel feroz swing que emocionaba a las multitudes, escalofriaba a los lanzadores, estimulaba a los cronistas y lo aproximó al mito.

Era una simple foto en blanco y negro, pero daba la impresión que solo hacía falta escuchar el crujir de los músculos. Esa foto mostraba la estructura más poderosa del juego golpeando brutalmente la pelota, mientras su rostro, retorcido por el esfuerzo, no por los estragos del alcohol, parecía una mezcla de poesía, sinfonía y pintura... Es la imagen de Mickey que tengo grabada en mi mente desde los años 50, cuando reemplazando al gran Dimaggio logró seguir empujando a los Yanquis por el sendero de las victorias y los campeonatos.

En agosto de 1995, me encontraba en Cleveland para cubrir una serie Orioles-Indios después que Denis resultó con su rodilla izquierda lesionada, cuando Mickey Mantle, el más querido, recordado y temido ambidextro, falleció. El Sports Center presentó un especial de su vida, y la imagen borrosa de sus últimos momentos, fue dramáticamente estrujante, casi sangrante. Para un cronista tan apasionado por el juego y sus figuras dominantes, fue difícil dormir en el hotel.

Advertencia: no tomes otro trago

Ese hombre torturado, con los ojos hondos y el rostro marchito, no parecía tener ningún punto de contacto con lo impresionante de aquella musculatura y de aquel swing, que fue considerado un emblema del poderío atlético. Pensé que nadie puede sobrevivir a una racha de 40 años bebiendo y trasnochando sin control, urgentemente necesitado de un trasplante de hígado y terriblemente afectado por un cáncer de veloz y espeluznante desarrollo, que lo obligó a unas implacables sesiones de quimioterapia.

Empujado por una creencia fatalista de que moriría joven, igual que su padre, su abuelo y dos tíos, víctimas de la enfermedad de Hodkin, el gran Mickey se precipitó a disfrutar lo placentero que podía tomar de la vida sacrificando el desarrollo de su extraordinario potencial. La muerte de su hijo Billy, atrapado también por el alcohol, completó el círculo de frustración de un “Monstruo” perdurable, pero un héroe frágil e imperfecto. Debilitado por la cirrosis, el hígado sufrió un terrible daño hasta desembocar en una aguda hepatitis, y llegar al descubrimiento de un tumor canceroso. La sentencia médica: “El próximo trago que tomes puede ser el último”, dejó a Mickey contra la pared atado de pies y manos.

Conspirando contra él mismo 

Fue Casey Stengel, su manager y al mismo tiempo el más grande fanático que tuvo, quien dijo: “Solo imaginen de lo que hubiera sido capaz Mickey si se ha sometido a una disciplina que le permitiera un adiestramiento exigente”. Deteriorado físicamente al ritmo de 14 intervenciones quirúrgicas  para reparar lesiones,  Mantle pasó de ser el hombre más rápido de home a primera en la historia del béisbol con recorrido de 3.1 segundos, a un pelotero cojeante por siempre sangrando, que necesitaba imperiosamente del impulso de su corazón guerrero para obviar el deterioro atlético.

  • 1956 fue la temporada en que consiguió la Triple Corona con 353 puntos, 52 jonrones y 130 empujadas.

Pese a eso, fue un fulgurante ganador de la Triple Corona; un tres veces Pelotero Mas Valioso de la Liga Americana; un bateador de 536 jonrones; un empujador de más de 1,500 carreras; dueño de la marca hoy imposible de 18 jonrones en Juegos de Serie Mundial; capaz de dos temporadas con más de 50 jonrones; un campeón bate de la Liga  y el más temible enemigo que cualquier pitcher podía imaginar. Enfrentarlo equivalía a comprar un pasaporte al infierno.

Firmado por 7,500 dólares como short stop errático y capaz de poncharse 5 veces en un juego, Mantle fue devuelto a las menores en 1951 para hacer ajustes tanto en su fildeo como en la mecánica de su swing. Su reinstalación como jardinero derecho a la orilla de Dimaggio le permitió comenzar a proyectarse rápidamente hacia las esferas de la espectacularidad, mientras Gil McDougal capturaba el título de Novato del Año.

La idolatría

El “quiero ser como Mickey” fue un sueño de todo chavalo apasionado por el béisbol a lo largo de más de dos décadas. Bateando, corriendo y fildeando, Mantle mantuvo nuestros corazones agitados llevando la emoción a niveles insospechados. Durante 18 temporadas, él permaneció resplandeciente, deslumbrándonos. Nadie como él, aun ponchándose, era un espectáculo. Por pulgadas, en dos ocasiones, una frente a Pedro Ramos y otra contra Bill Fischer, estuvo a punto de convertirse en el primer bateador que sacaba la pelota a la calle por encima del techo de las graderías del tercer piso del jardín derecho en el Yanqui Stadium.

En 1974 el pelotero tres veces Más Valioso de la Liga Americana en 1956, 57 y 62, ingresó al Salón de la Fama. Murió a los 63 años, cuando ganaba más por firmar autógrafos, que por lo obtenido con su mayor salario en Grandes Ligas, que fue de 100 mil dólares.

  • 536 es la cantidad de jonrones de Mickey Mantle en su carrera, más 18 en Series Mundiales, cifra récord.

Ni siquiera el manager Casey Stengel cuestionaba sus trasnochadas, sus descuidos en el adiestramiento y su adicción a la bebida. Todos conocían lo peligrosa que fue siempre su amistad con Billy Martín, Whitey Ford y Hank Bauer, pero mientras los Yanquis estuvieron provocando pánico y ganando campeonatos, la crítica no tenía sentido.

No se podía atentar contra el pelotero de tanta incidencia, que además de sus cifras espectaculares, hacía saltar los resortes de la admiración retando los factores adversos imaginables jugando con sus rodillas severamente lastimadas, con problemas en los hombros y constantes espasmos... Así que el deterioro era inevitable. El héroe imperfecto nunca estuvo lo suficientemente preocupado por sus hijos, por su futuro y mucho menos, por ser un modelo, pero ¿quién dijo que las virtudes hacen al ídolo?

Cabalgata de torturas

El doctor Sydney Gaynor, el médico de equipo de los Yankees de Nueva York, dijo: “Era verdaderamente remarcable que Mickey Mantle pudiera jugar ese tiempo con esas piernas suyas, y se requiere de una gran cantidad de determinación para hacerlo.  Tuvo dos operaciones en su rodilla derecha y finalmente desarrolló una artritis en ella. Tuvo operaciones en su rodilla izquierda, cadera derecha y hombros. Se quebró un pie y varios dedos. Tuvo al menos seis músculos del tendón de la corva torcidos en su carrera y numerosos músculos desgarrados en sus piernas e ingle.  Durante más de 10 años jugó con vendas elásticas envueltas alrededor de su pierna derecha desde la mitad de la pantorrilla hasta la parte superior del muslo”.

  • 3 veces consiguió el premio Más Valioso en la Liga Americana en 1956, 1957 y 1962.

“Este es el cáncer más agresivo que he podido observar, y Mickey el más grande batallador que alguien pueda imaginar”, dijo el doctor Goran Klintmalm. Sobreviviente a un trasplante de hígado, Mantle fue sometido a diversos escrutinios mientras la vida se escapaba entre sus esfuerzos cada vez más débiles. El escritor del Sport Illustrated, Rom Fimitre, se vio obligado a salir al frente con un desgarrador artículo titulado “No pateen a Mick”.

El gran artillero se desvaneció. El “temible inválido” descansa en paz. El béisbol no lo olvidará nunca. Decir “quiero ser como Mickey” fue algo sublime para todo chavalo apasionado por el béisbol a través de los años 50 y 60. Lamentablemente, esa atracción fatal con el alcohol le impidió alcanzar dimensiones más espectaculares.

Una noche, en mi cuarto de trabajo, me detuve frente a esa foto en blanco y negro que dejaba constancia de su swing. En ese momento, con la impresión de estar escuchando el crujir de sus músculos, seguí imaginándolo. El Monstruo del tolete permanecerá perdurable en nuestro recuerdo, aunque el héroe haya sido muy frágil, imperfecto. ¡Qué grande fuiste Mickey!

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