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Ha pasado tanto tiempo y siempre recuerdo aquella inauguración de nuestro beisbol casero en 1970, saliendo de las sombras, intentando un resurgimiento. “Voy a traer a Bob Feller y Joe DiMaggio”, me dijo Carlos García hace 46 años. Teníamos poco de conocernos porque yo comenzaba en la crónica deportiva después de renunciar a seguir estudiando ingeniería por falta de ingenio. No le creí. ¿Dos miembros del Salón de la Fama aquí, para inaugurar un torneo de beisbol tan pequeño? ¡Por favor!Bob Feller.

“Y vendrá también el comisionado Bowie Künh”, agregó Carlos, golpeando nuevamente mi incredulidad en la mandíbula. ¡Diablos!, pensé, este tipo bromea con una imaginación que no tiene límites.

NUESTRO BEISBOL SUMERGIDO

En 1967, cuando la Liga Profesional “tiró la toalla” y lo que era un gran espectáculo quedó sepultado, el beisbol se sintió entre nosotros desnudo y enclenque. Fue entonces que descubrimos no tener suficiente material nativo a mano para reconstruirnos en el terreno aficionado. Como los peloteros profesionales estaban inhibidos, ni siquiera se le podía dar forma a una selección competitiva para eventos internacionales.

El futbol aprovechó tal circunstancia y con la importación de jugadores por parte del Flor de Caña, Milca, Cecilia, Diriangén y UCA, se adueñó de los principales titulares en los periódicos y espacios en radio y TV. Incluso, salió del estadio Cranshaw y se instaló en el Nacional.

Mientras Carlos García batallaba por la presidencia de Feniba, en poder de Gustavo Fernández, se hacían esfuerzos alrededor de la Liga Paco Soriano. Cuando Carlos asume las riendas en 1970, después de la derrota de Nicaragua ante Panamá en la excitante final del Campeonato CA de 1969, se organiza la primera liga de una nueva etapa y los aficionados salen de sus rincones para comenzar a volcarse sobre las tribunas.

LANZA FELLER Y SE HACE LA LUZ

Poco a poco, volvió la fiebre con elemento casero. Y llegó el momento de aquel levante de telón. Ahí estaban Bob Feller en la colina y Joe DiMaggio en el cajón de bateo. Pareja de “monstruos”. Yo estuve en el terreno de juego previo a ese primer lanzamiento, junto a esos dos grandiosos peloteros, el pitcher capaz de atravesar paredes imponiendo temor fusilando adversarios, y el bateador que podía acertar una píldora viniendo hacia el plato y colocarla entre dos. Y además, Bowie Künh, entonces comisionado.

Con la participación de nueve equipos en ese primer torneo, no vimos un gran beisbol. Flor de Caña, el gran favorito con Juárez y Lacayo como monticulistas, con Cirilo, Aarón Morales y César Jarquín, fue eliminado y el Chinandega dirigido por Argelio le ganó el banderín al San Fernando, que contaba con Carlos Aranda y Mama Moncha, en duelo realizado en Masaya.

Solo un bateador, Cirilo Herrington, terminó sobre los .300 puntos, mientras el “as” derecho Sergio Lacayo ganaba 15 juegos con 7 blanqueos. Ángel Dávila con 0.93 impresionó en efectividad. Pero esas cifras no importaban tanto como haber sacado del fondo del pozo al beisbol amateur. Carlos García, ese soñador incurable, activó el botón.

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