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Después de derrota sufrida ante Evander Holyfield el 9 de noviembre de 1996, Mike Tyson peleó una de las más esperadas revanchas. Aguijoneado por la desesperación de no poder imponer su ritmo, perdió la cabeza durante un tercer asalto intenso, mordiendo sorprendentemente a Evander Holyfield, primero en la oreja derecha y luego en la izquierda. El árbitro  Mills Lane, quien  reaccionó lentamente la primera vez, lo  descalificó poco después del segundo  mordisco. Al salir entre las columnas de humo levantadas alrededor de discusiones encendidas, apareció por los pasillos en ropa de  calle. La  sangre mostrada en una abertura sobre su ojo derecho aún no secaba. Dijo que una serie de cabezazos intencionales de Holyfield se la provocaron, y que por eso lo mordió.

Habló con una sencillez sanguinaria: “Mi  objetivo fundamental es  destruir al adversario, el olor a sangre  me estimula,  en el ring se trata de matar o morir, nunca he sentido piedad”. Lo figurado, pasó a  ser real. Daba la impresión de estar listo para ladrar y necesitar de un bozal metálico. Sin embargo, siempre se consideró que detrás de la  amenazadora máscara y la imagen grotesca, Mike era frágil, como una pieza de porcelana. Su insensibilidad y su inseguridad caminaron tomadas de la mano, hacia la nada. El legendario  entrenador Ángelo Dundee, decía: “La forma de ser de Tyson es  tomar  sus propias decisiones sin tener dominio de lo racional. Eso es peligroso. Tiene  que haber alguien  que le diga: No llegues tarde, no andes con cualquiera, tienes que aplicar correcciones, dejar de ser repulsivo, debes percatarte de lo que te conviene, de seguir así vas directo hacia la ruina”.

El más joven campeón pesado 

Tyson, quien fue el más joven de la máxima categoría en el repaso de todos los tiempos, nunca dio la impresión de madurar aunque sea un poco, y mientras perdía el tiempo, fue dejando de ser entre las cuerdas, aquel “Monstruo” devorador de rivales. Tyson conquistó el cinturón a los 20 años el 22 de noviembre de 1986 noqueando en dos asaltos a Trevor Berbick y luego realizó 9 defensas exitosas. Parecía indestructible cuando fue noqueado sorpresivamente en el décimo asalto por Buster Douglas el 10 de febrero de 1990. Fue uno de esos días en que la rotación del planeta se detuvo. Lo insólito danzaba sobre el tapete provocando un gran aturdimiento.

Enfrentando una serie de cargos delictivos, Tyson estuvo fuera de acción por los años 92, 93 y 94 y regresó a la trinchera en el 95, naturalmente, enfocándose en la reconquista. Lo logró contra Frank Bruno en mayo del 96 y retuvo en septiembre derrotando a Bruce Sheldon... El 9 de noviembre, en el MGM de Las Vegas, el “Monstruo” Mike fue dominado por Evander Holyfield en una de las mejores peleas imaginables en la categoría de los elefantes. Recuerdo haber permanecido de pie round tras round, estremeciéndome frente a la butaca con cada golpe, hasta que llegó el desenlace a favor de Holyfield en el round 11, con el MGM tambaleándose. Obviamente entre el inconfundible sonido que produce la furia, la pelea de revancha quedó dibujada. Tyson no pudo resolver a un rival que parecía tenerle tomada la medida y en aquel tercer asalto, provocó una de las más tenebrosas escenas de todos los tiempos.

La historia de Mike Tyson es terriblemente triste, inevitablemente depresiva. Cuando tenía trece años, un chavalo sin casa, fue esposado a un radiador por la gente que no quería cuidar de él. Se  convirtió en el modelo del rufián urbano, graduándose como delincuente hasta llegar a la violación. En ese tour por los círculos del infierno que nos grafica Dante, solo tenía un chance para convertirse en algo: un peleador. “Si no hubiera sido por el boxeo podría haber muerto muy joven”, dijo más de una vez, plenamente consciente de lo cierto que eran sus palabras.

Mientras estaba prisionero en un reformatorio de New York, conoció al entrenador de boxeo Cus D’Amato, una vez el mentor de Floyd Patterson un genio veterano concentrado en la búsqueda de futuros campeones de boxeo, sabiendo que se encuentran en la oscuridad de cualquier rincón, incluyendo las prisiones. 

El factor D`amato

Fue D’Amato quien hizo que Tyson brillara.  En sus mejores días, con manos más rápidas que una boqueada de miedo, Tyson podría haber sido tan bueno como cualquiera que haya habido. Se equivocan quienes lo califican como un púgil rústico, sin plan excepto el de destruir a su adversario, confiando ciegamente en su punch demoledor, yendo siempre hacia delante sin importarle los riesgos. Falsa consideración. Tyson demostró ser un excelente peleador de ataque, dueño de un par de puños rapidísimos, mortífero golpeando al cuerpo, implacable cuando empujaba al rival contra las cuerdas con el propósito de aniquilarlo. 

Sus golpes demoledores hacían recordar los de Sonny Liston, George Foreman, y sobre todo, los de Joe Frazier con más megatones. Esa capacidad de intimidación que lo identificó aunque no funcionó con Holyfield, fue su principal característica. La mayoría de sus retadores subían al ring pre-derrotados, como quienes saben que los espera la cuchilla de la guillotina. No importaba que sus combates fueran muy breves. Él sabía inyectarles emoción, y aun sin tiempo para sentarse o comprar un hot dog, el público los disfrutaba.

No poseía el variado repertorio y la destreza incomparable de Ali o Robinson, pero era muy rápido en sus movimientos, ágil de cintura y con buen manejo de piernas para garantizar un avance adecuado. Dominaba varias combinaciones, sabía penetrar, desconcertar y agobiar. Incluso no se incomodaba si tenía que esperar por el momento. Por supuesto, todo eso dependía de una exigente preparación física. Su ego y la pretensión de impresionar, lo obligaron a tomar en serio a cualquier enemigo, y pese a lo sucedido con Douglas, no se le puede acusar de descuido, mucho menos de subestimación.

Destructivo, pero sabía golpear

Los analistas siguen admirados por su poderoso y habitualmente certero gancho de izquierda, que podía derribar montañas. Ese gancho fue su marca de fábrica y que se encuentra entre los mejores de todos los tiempos. Con esa fortaleza exuberante, tomaba riesgos para prevalecer en los contragolpes. Su estatura no le quitó efectividad a los golpes largos que disparaba por afuera, volcándose con ferocidad. Eso le permitió vapulear a púgiles mucho más altos y con mayor alcance que él. No era un púgil perfecto, nadie ha podido serlo, pero fue uno de los más excitantes pesos pesados que el mundo haya visto. 

Después de las dos peleas con Holyfield y de atravesar nuevamente por múltiples dificultades, reapareció en enero de 1999 frente a Francois Botha. La presencia intimidante que una vez asombraba a sus oponentes pareció haber desaparecido en una actuación sin brillo noqueando en cinco asaltos. Se pensó que después de haber estado en prisión por golpear a un hombre de 50 años de edad y otro de 62 después de un accidente de tráfico, perdería su capacidad de atracción. Pero fue capaz de seguir sobreviviendo a lo grotesco, aunque su desvanecimiento boxístico en ruta hacia los 40 años, lo condenó a perder tres de sus cuatro últimas peleas. Su último intento de regresar a la grandeza, fue contra Lennox Lewis el 8 de junio del 2002, perdiendo por KO en ocho asaltos. Se retiró después de perder con Kevin McBride el 11 de junio del 2005.

Sin discusión, Mike Tyson, ganador de 50 combates en 58 peleas con 44 nocáuts, 6 derrotas y dos peleas pendientes de juzgamiento,  ha sido uno de los fenómenos más estremecedores que el boxeo ha proporcionado. Su estilo cavernario, lleno de “malas intenciones”-como le gusta decir-, apaleaba a la  zonas más ocultas y tenebrosas del  inconsciente colectivo. (Más sobre Tyson en “Solo Fieras”)

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