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Un homenaje a Norman Cardoze ayer. ¡Por supuesto que se lo merece! Siempre se mostró con el corazón entre los dientes. Hubiera querido ser uno de los espartanos de Leónidas en las Termópilas. En cada lance, en cada turno, pensaba: ¡no importa que lluevan las balas! Era el jugador ideal para los momentos cumbres y su poder se hizo sentir reiteradamente, como en aquel batazo contra Oswaldo Mairena en el 2004, decidiendo el Campeonato a favor del San Fernando contra el Chinandega.

Un año antes, en la ciudad de Matanzas durante el Mundial realizado en Cuba, Norman levantó al publico de sus butacas con uno de esos cañonazos imposibles de dimensionar por la inmensidad de su elevación y longitud del recorrido. Fue contra Canadá. Uno de esos jonrones que nunca se olvidan, como aquel de Andrés Galarraga en el Estadio Pro-Player de Florida, el de McGwire contra Denis, el de Kindelan en los Olímpicos de Atlanta todavía con aluminio, o el de Mantle, tantas veces visto en videos, rebotando en la cornisa del tercer piso en el viejo Yankee Stadium.

ESE QUEJIDO DE LA PELOTA

Cuando Norman hizo swing sobre el lanzamiento cambiante del zurdo canadiense Phil Devey, la bola se proyectó velozmente en busca de las estrellas. El público saltó bruscamente con sus ojos agrandados y un gesto de incredulidad, como el que se produce, según Juan Rulfo en su Pedro Páramo, al “escuchar” el quejido de un muerto.

“Fue un pitcheo al centro, variando la velocidad y le di con todo”, me dijo Norman recordando con deleite, cómo golpeó esa bola con la parte más sustanciosa del bate, y con un swing tan violento y preciso, que hubiera sido capaz de mover de sitio la Pirámide de Keops, que tardó 20 años en construirse.

“Sabía que se iría, pero no me percaté de lo lejos que viajaría esa bola hasta que la vi elevarse y adquirir velocidad. Confieso, me asusté”, agregó, quien no se atrevió a hacer teatro mientras daba la vuelta a las bases y llegaba al plato, asegurando una ventaja de 2-0 que en manos de Olman Rostrán, parecía colocarnos en ruta hacia un debut exitoso.

“Lamentablemente, perdimos. Lo mejor, la victoria, se nos escapó. Así que no puedo festejar”, manifestó el pelotero de Masaya, símbolo del San Fernando.

LA BOLA POR FIN CAYÓ

Mientras la bola viajaba hacia la inmensidad por el sector del jardín izquierdo, la cabeza del pitcher Devey se dobló, como si el techo del Estadio “Victoria de Girón”, le hubiera caído encima. Cuando la bola por fin cayó, Devey, sobó su cuello adolorido.

“He bateado tan o más lejos, pero con aluminio. Ahora lo hice con madera, demostrando que mi fuerza es algo real, aún en Estadios tan grandes como este. Varios de los compañeros me dijeron que no habían visto un batazo de esa dimensión”, concluyó Norman, mientras se dirigía hacia el autobús de la Selección.

Durante el beisbol profesional que se jugó en Nicaragua entre 1956 y 1967, hay un batazo, que siempre recuerdo, más impresionante que los conectados por Marvin Throneberry y George Scott, y es aquel de René González, que al primer brinco corto rebotó en el muro colocado a 500 pies del plato, frente a las entonces oficinas del Tránsito. Ese de Norman fue parecido. ¡Qué batazo señores!...Me hizo dormir de pie esa noche. En todo momento, lo seguí viendo.

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