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Toda eliminación es frustrante, pero es más dolorosa y hasta sangrienta cuando la forma de perder es catastrófica, no solo en el marcador, sino en el funcionamiento. Regresamos de Atlanta en 1996 sin medalla, pero con la satisfacción de habernos fajado, como había ocurrido en el Mundial de 1971 en Cuba, al dar los primeros pasos hacia el progreso después del descarte del beisbol profesional. Muchas veces hemos regresado a casa, como después de Winnipeg 1999, jugando pelota de verdad, como se le exige a la Selección de un país que tiene más de un siglo de conocer y practicar el deporte de las bolas y los strikes.

Derrotamos a dos equipos de países en los cuales el beisbol no tiene el menor significado, y quizás nunca lo tenga: Alemania y República Checa. Incluso, nuestro pitcheo, tan cuestionado, estableció la marca de 18 ponches frente a los bateadores checos. En ambos casos fue necesario venir desde atrás para arrebatar. En cambio, contra México, de ninguna manera un gran equipo por lo que vimos, fuimos atropellados con dos nocauts 11-0 y 12-1, prácticamente avergonzados.

El bateo improductivo 

Nuestros bateadores, incluido Jairo Beras, el prospecto de los Rangers tan altamente valorado, se vieron completamente desajustados en los últimos dos juegos. Igual que Britton, que Vásquez, que Ofilio, a Beras le costaba diferenciar una pelota para batear que otra no atacable. Vimos ponches con strikes cantados que venían gritando “¡pégame!”, y sobre todo, con lanzamientos malos, realmente malos. Pocos batazos merecedores de ser recordados en los cuatro juegos, y unos porcentajes abrumadoramente aplastantes como el 16-0 de Vásquez, o el .143 de Ofilio. El batazo oportuno fue una rareza. Nos resignamos mansamente sabiendo que no se produciría. Agreguen que con ciertas excepciones, el toque de bola pareció ser un arte perdido.

¿Cómo fue posible que peloteros que se mueven en las ligas menores fueran tontamente atrapados en las bases o se trabaran en las proyecciones? Una y otra vez golpeamos la pared con nuestras cabezas exigiendo una explicación. Ojo, teníamos rato de no fildear tan mal. En el último juego, ocho de las doce carreras fueron sucias. Nos estuvimos haciendo el “harakiri” constantemente.

Ese pitcheo tan inseguro 

El descontrol del pitcheo cediendo bases y propinando golpes, quedando atrás en el conteo y “vendiendo” strikes para recibir estocadas, nos mantuvo contra la pared. Después del pitcheo abridor de Gustavo Martínez contra Alemania, costó mucho esfuerzo encontrar alguien en quien confiar, aunque Carlos González fue lo necesariamente útil y se observaron algunos destellos de tres o cuatro brazos. En el primer juego contra México, en cuatro entradas, nuestro pitcheo había otorgado seis boletos, golpeado a dos y cometido tres wild pitch. ¿Qué les parece? Y en el segundo, aquello parecía un frontón.

Cuando nos encontramos con un panorama tan desalentador, es natural preguntarse ¿a qué jugamos? Inevitablemente recordamos equipos de viejas épocas con excelente manejo de los fundamentos, que sabían tocar y moverse en las bases, que eran astutos y sobre todo, disponían de un pitcheo valiente, aun contra trabucos.

Olvidar cómo se juega 

No voy a retroceder a los años 70, cuando entre 1971 y 1978 conseguimos estabilidad, porque el nivel de competencia de los rivales era menor que hoy en otros torneos, no en este. En 1996 alineamos a Sandy, Avellán y Norman en segunda, Nemesio y Roa bateando tercero y cuarto, seguidos de Próspero, Vega y Ramón Padilla, con Dávila en el short y Vallejos detrás del plato. En 1999, ya frente a profesionales, Edgard López fue el short y primer bate, con Danilo Sotelo, Avellán en tercera, Norman en segunda, Próspero en primera, Leytón en el left, Juan Vicente designado, Abea detrás del plato y Romero en el right. Esos equipos perdían batallando, pero sabían jugar. Hoy lo hemos olvidado.

El mejor hombre bateando y fildeando en Mexicali fue Renato Morales con sus .455 puntos y llamativas atrapadas. El resto fue irregular. En el fildeo, hasta Obregón, considerado un factor de seguridad, naufragó. Nicaragua no llegó a funcionar como equipo en el Preclásico, aunque a diferencia de hace cuatro años, se ganaron dos juegos contra equipos tan pequeños como nosotros.

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