Edgard Tijerino
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Me habían informado que estaba mal, muy mal. Que difícilmente sobreviviría a una enfermedad que lo había demolido, pese a la exuberante fortaleza física que mostró en su juventud y en su madurez.

El lunes, en el aeropuerto, recibí la llamada del amigo y compañero de trabajo Miguel Mendoza para decirme que el doctor Francisco Zambrano había fallecido.

¡Cuánto hizo por el baloncesto casero quien inventó los torneos Carlos Ulloa! Dichosos los que pudieron verlos. Ha sido lo máximo  en ese deporte que por aquí hemos disfrutado. Difícilmente volveremos a ser testigos de un evento parecido a aquellos que iluminaron el Polideportivo España en los años 80.

Equipos de Rusia, Cuba, México y Centroamérica, junto con nuestra Selección Nacional. Atrás, en los años 70, había quedado la época en que Sammy Lambert y Clifford Scott empujaron al baloncesto masculino a tomar el protagonismo frente al público y el periodismo, desplazando al femenino, tan atractivo y competitivo, que llegó a conseguir un título centroamericano con la jefatura de esa canastera irrepetible que fue Thelma Platt.

Como jugador, desde su etapa escolar, Francisco Zambrano fue ferozmente combativo. Peleaba la posesión de cada pelota a mordiscos si era necesaria, y su atrevimiento para realizar disparos desde las posiciones más incómodas, crecía cuando la presión era más agobiante. Se empeñó en compensar con esa bravura su discreta destreza. Y así fue útil, aun siendo un veterano.

Entrando yo al periodismo, lo llamé el “Doctor Z”, porque en la NBA brillaba Julius Erwing, conocido como el “Doctor J” y quien maravillaba con una flexibilidad solo comparable con la que más adelante mostró Michael Jordan. Fue simplemente una ocurrencia, sin incidencia mediática. A él, a quien conocí como médico de futbol de la UCA en 1967, cuando yo ingresé a esa organización de la mano del padre Arríen, le gustó el calificativo. Su brillo fue como dirigente. Hombre de carácter excesivamente fuerte, a ratos tormentoso, tanto que agrietó su familia original, agigantó su pasión por el electrizante deporte de los cestos, impulsándolo llamativamente, aprovechando la presencia de jugadores como Paul Argüello, Hiltan Lockwood, lo que quedaba de algunos veteranos del calibre de Leonardo Green y Toño Blandón, y el advenimiento de jóvenes pujantes como los hermanos Mullins, Jorge Luis Ayestas, Róger Valerio y otros.

Fue un acierto proponerlo como candidato a ser comisionado en 1979, al encontrarme al frente del naciente instituto por una de esas casualidades. Pensó darle forma a los Ulloa, pero necesitaba un soporte, y lo encontró en el comandante William Ramírez. Fue así como el baloncesto masculino atravesó su momento de esplendor y el público se desbordó haciendo lucir pequeño “El Poli”.
Esa satisfacción de varios años lo cobijó por siempre. Un recuerdo que debe haber sido provocador de una espontánea sonrisa al morir. Un abrazo de larga amistad, “Doctor Z”.

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