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“Me tiene sin cuidado lo que la gente piense de mí”. El compañero Haxel Murillo, en pleno ascenso como cronista, debe haber agrandado sus ojos y puesto en pausa su grabadora cuando escuchó eso de Everth Cabrera mientras realizaba una estupenda entrevista publicada ayer. Yo creí algo de eso durante buena parte de mi vida, hasta que el aterrizaje en la madurez me permitió percatarme de la importancia que tiene lo que piensen de uno. Comienza en la familia: qué piensan mis padres, mi esposa, mis hijos, mis vecinos, mis jefes, mis compañeros de trabajo, los lectores, los escuchas, en fin, la gente.

Hace un par de años, leyendo el libro del colombiano Juan Gabriel Vásquez titulado “Las reputaciones”, que trata amenamente sobre la incidencia de un caricaturista en la sociedad, me encontré con una precisa descripción de cómo se construye o se destruye una reputación. No podemos ser indiferentes a eso. De eso depende nuestro presente y futuro. ¿Qué somos y significamos? Eso no es asunto de “me tiene sin cuidado”.

COMPROMISO INELUDIBLE

Está relacionado con aquella frase “la mujer del César no solo tiene que ser honrada, debe demostrarlo”, la cual encierra un compromiso ineludible para cada uno de  nosotros. Te ofrecen un trabajo porque están seguros de que puedes desempeñarlo, te tienen respeto si consideran que eres respetable, te muestran cariño porque los has impresionado. Así que, importa mucho lo que piensen los otros sobre uno. En la sociedad en la que estamos inmersos y en la que nos movemos, eso prevalece. No tenemos escape, Everth.

¿Por qué la clase política casera se encuentra tan desprestigiada? Es lo que la gente piensa de ellos. Un día, conversando con un diputado en su despacho, compañero de estudios en la universidad, humilde y sufrido revolucionario en su juventud, me dijo: “Sé cómo la gente nos queda viendo en los semáforos cuando nos identifica como políticos. Y los entiendo”.

HAY QUE GRITAR: ¡ESTE SOY YO!

No solo es importante lo que la gente piense de uno, sino que dependemos mucho de eso. “Nos otorgan un crédito inmediato porque nos consideran buena paga”. Uno construye su reputación, buena o mala, y queda expuesto a la opinión pública, obligado a enderezar distorsiones, mostrándose de cuerpo entero en el comportamiento y gritando:

¡Este soy yo! Pueden tirar las piedras que quieran, que ninguna va a golpearme.

Se imaginan cómo se ampliaría la tendencia a deformarnos alrededor de “me vale un pito lo que piensen los otros”.

No podemos salirnos a territorio faul porque todos nos ven y le dan forma a una opinión. Para eso están las rayas de cal, estableciendo límites, sometiéndonos a saludables y necesarias restricciones. Es la única manera de ser potable y merecer respeto, Everth. Eres joven y tienes el tiempo a tu favor.

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