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Escuchan ese aullido que aturde Madrid y se capta claramente mientras el planeta futbol se detiene para rascar su cabeza. Son las alarmas sonando en forma frenética mientras Zidane se pregunta arrodillado, igual que nosotros abrazados al asombro: ¿Cómo fue posible ese resultado? El oscurecido 

Wolfsburgo, octavo lugar en la liga de Alemania, separado 34 puntos del líder Bayern y presionado por cuatro equipos que podrían desplazarlo de esa posición, derrotó por 2-0 al Real Madrid en el primer duelo de cuartos de final en esta Champions tan abierta a lo inesperado.

El gol anulado a Cristiano en el minuto 2 por una nariz de adelanto, recibiendo de Benzema, y el penal reclamado por Bale un instante después, derribado entrando al área buscando una pelota por fuerte carga de Luis Gustavo, hicieron pensar en lo obvio: el Real Madrid podría confeccionar una cómoda goleada y regresar a casa limpiándose las uñas para rematar el próximo martes. Tamaña equivocación.

David lanzado al asalto  

El discutible penal cometido por Danilo sobre Schürrle a los 17, ejecutado magistralmente por la pierna zurda de Ricardo Rodríguez, inutilizando las provocaciones de Keylor Navas, quien vio cortarse en 738 minutos su impresionante racha sin permitir goles en Champions, estableció el 1-0, y el gol de Arnold, entrando al área chica ante el desconcierto de Sergio Ramos, tomando un trazo rasante de Bruno Henrique desde la derecha, estiró la ventaja 2-0. 

Era un serio llamado de atención, pero en ese momento, con más de 70 minutos por disputar, nada alarmante. Simplemente un hándicap concedido al Wolfsburgo para inyectarle interés a un partido que se suponía, no lo tendría. Otro error de cálculo. El “David” Wolfsburgo entró en confianza, mantuvo el ritmo y, en el minuto 43, casi aprovecha otra falla defensiva del equipo de la realeza con una llegada de Bruno Enrique. La posibilidad de un tenebroso 3-0 se desvaneció.  

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El favoritismo del Real Madrid, después de haberse impuesto en el Clásico al Barsa, considerado el mejor equipo del mundo, era tan amplio como un océano y estoy seguro que aún la multitud que se acomodó en las 30,000 butacas del Volkswagen-Arena, no esperaba ver caer al Goliat que se proyectaba a la conquista de su undécima Copa de grandes orejas, como testimonio de su grandeza en un año de tantas dificultades, con su orgullo mordido.

Difícil de creer

Antes de sonar el silbato, solo un insensato se hubiera atrevido a poner en duda la victoria madridista. Ahí estaban en la línea de fuego Cristiano, Benzema y Bale, con Casemiro, Modric y Kroos para garantizar las conexiones, y el recuerdo reciente del espectacular cierre frente al Barcelona. Ese 0-2 del primer tiempo, proeza del pequeño Wolfsburgo, podía ser borrado en los últimos 45 minutos aún con Benzema fuera de combate, lesionado, entrando Jesé. Solo era asunto de sacar las uñas y utilizar bien el tiempo disponible. Otra equivocación.

Aunque el arquero Benaglio estuvo más exigido respondiendo a las dificultades, sobre todo, desviando un disparo de Cristiano en el minuto 73, el Wolfsburgo supo crecer y estaba jugando sin temor, sin ninguna inhibición, aunque con natural y necesaria prudencia, cuidando el cofre del tesoro. Fue necesaria una intervención “marca” Keylor en el minuto 89, neutralizando a Kruse, para evitar el 3-0 que hubiera sido catastrófico.

Tratándose del Real Madrid, y sobre todo del Wolfsburgo como rival, no se puede considerar que estos cuartos estén liquidados. Pero las alarmas están sonando inevitablemente. Esto obliga al Madrid a salir en el Bernabéu con toda la furia posible.

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