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Hace tres años, un médico en Filipinas informó que habían indicios prematuros de síntomas de Parkinson en Manny Pacquiao. “Mas vale prevenir que curar. No debería de seguir peleando”, dijo. El sábado, en el gigantesco MGM en Las Vegas, el probable hotel más grande del mundo, Manny Pacquiao, ahora con 37 años, sin ninguna señal de haber sido arañado por el tenebroso “Mr. Parkinson” que mantiene a Muhammad Ali contra las cuerdas, logró dosificar admirablemente el esfuerzo realizado, incluyendo sus desbordes de furia, para derrotar inobjetablemente a Timothy Bradley por decisión unánime después de haberlo derribado dos veces, una de ellas estrepitosa en el noveno asalto. Las tres tarjetas marcaron 116-110. Yo la vi más amplia."Packman" exhibió buenas condiciones ante Bradley.

SIGUE SIENDO ÚTIL

Naturalmente no es el mismo de su época de esplendor y grandeza, pero obviamente es útil. Sin duda, el boxeo actual, afectado por una severa sequía, necesita de ese peleador inagotable, capaz de ir al centro del ring, tomar las riendas de un combate, recortar la agresividad del adversario, golpear con poder y precisión en cortos trayectos y cerrar con la suficiente agilidad. Agregando la experiencia acumulada y el respeto que le siguen teniendo, lo que aprovechó al máximo alguien como Bernard Hopkins para retar el deshoje del calendario, y sobre todo, revisando el material disponible, una excelente noticia sería volver a ver en acción a Pacquiao.

Frente a Bradley, zigzagueando entre las sombras de su brillante pasado, Pacquiao respondió con una demostración de superioridad, apoderándose de las riendas del combate sin alardear, pero haciéndose sentir en todos los terrenos, incluyendo en los cambios de golpes en el cuerpo a cuerpo, en las contraofensivas y en el manejo de sus piernas. Trabajando a ratos con la cautela requerida, cabeza de Bradley a distancia, Manny evitó ser cortado, como ocurrió el último asalto de la anterior pelea, necesitando 32 puntadas de reparación. Posiblemente, al finalizar el combate, Manny sintió que se abrazaba nuevamente con un viejo amigo, el éxtasis.

SU SABIDURÍA SIMPLIFICA

A esta altura, con las inevitables huellas del desgaste carcomiéndolo más allá de los esfuerzos que realiza, aquel Pacquiao inolvidable no regresará. Ha ocurrido con todos los grandes, desde Ray “Sugar” Robinson, pese a la resistencia de peleadores tan tercos como “Mano de Piedra” Durán y Muhammad Ali. El invicto Rocky Marciano es una de las excepciones de saber retirarse a tiempo.

Sometiendo a Bradley, el filipino recurrió a la sabiduría boxística cultivada, no dejando su jab derecho, golpe de apertura, ni las ejecuciones en corto con esa mano, sin acompañamiento. Ahí estaba siempre la izquierda, constantemente en repetición, agigantándose, como en la rápida embestida del séptimo asalto, derribando a Bradley y levantando a la multitud de casi 15 mil.

La frecuencia de su todavía muy buena combinación de manos disparando arriba, le permite estar encima del rival el tiempo necesario y no excederse en la movilidad de sus piernas, que siempre respondieron cuando necesitó dar el paso atrás, salir de las sogas las pocas veces que Bradley lo llevó, y escapar por cualquiera de los costados, frenando y regresando, sorprendiendo. Para lograr eso, era necesario mantener bajo control los intentos de desborde del enemigo, impidiéndole establecerse en la distancia conveniente. El único momento en que vi a Pacquiao sorprendido, fue en el octavo, cuando Bradley salió a presionar con cierta intensidad, en atrevida respuesta a la caída del asalto anterior. Pacquiao intentó sujetar esa agitación, pero no lo consiguió, excepto en el cierre de round.

LA CONFIANZA ESTÁ AHÍ

Bradley volvió a pisar el acelerador en el noveno, pero Pacquiao, quizás alertado por Roach, propuso variantes, y logró tumbar al estadounidense con una poderosa izquierda, capaz de agrietar el mármol. La media voltereta fue por la progresión de movimientos del ágil Bradley, pero provocó una gran impresión. A esa altura, Bradley no era ningún crucigrama para el filipino, estaba descifrado y la única posibilidad de triunfar dependía de un mega-impacto. Con suficientes reservas físicas, los ojos bien abiertos, sus movimientos respondiendo apropiadamente a las órdenes de su cerebro, Manny entró a la recta final con confianza, pero sin subestimar a Bradley. Aquel golpe de Juan Manuel Márquez que estremeció el planeta, fue una lección bien aprendida.

El Pacquiao que enfrentó a De la Hoya, ese que golpeaba con vertiginosas repeticiones de derecha, fabricando ángulos para disparar su izquierda y que danzaba a ratos como Fred Astaire para sacar de foco al adversario, ya no existe, ni volverá, pero lo que le queda en recursos, incluso en movilidad para ir al frente y también en fortaleza, parece ser suficiente para seguir por un buen rato, sin tomar ciertos retos que pueden ser calificados como excesivos.

¿QUÉ MÁS PUEDE BUSCAR?

Por supuesto que es un buen momento para retirarse. Después de brillar en tantos casilleros, cerrar una carrera tan llamativa con una victoria de significado, a diferencia de otros grandes que lo hicieron deshilachándose, su “nos vemos” no puede ser una decisión cuestionada, menos cuando tienes espacio en la vida política de tu país, dispones de gruesos fondos económicos y sientes la necesidad de disfrutar la familia. Como apunté, Rocky Marciano pareció tomar la decisión correcta cuando se retiró invicto después del 49-0, pero sufrió mucho pese a no perder. La clave de sus victorias fue esa rudeza para agredir, con el soporte de una resistencia impresionante. Nunca lo intimidó ningún corte y daba la impresión de estimularse con los momentos difíciles.

Pacquiao es de esa raza,  es consciente de que el boxeo exige multiplicar sacrificios mientras te somete a restricciones. Sin embargo, algo nos dice Freddie Roach, quien lo conoce mejor que cualquiera, al expresar aparentemente con indiferencia: “Estoy listo para lo que me necesite”. Roach, va a estar pendiente de un timbrazo para tomar el teléfono.

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