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En el boxeo, deporte de tanta confusión desde los ajetreos en las oficinas entre los que “amarran” los combates, hasta el borde del ring donde se deciden los fallos, aprendí, siguiendo la recomendación de Oppenhaimer en su enfoque sobre la política de América Latina, que hay que creer menos de la mitad de lo que se escucha, y muy poco de lo que muestran las apariencias.

Rubén Olivares parecía ser solo una  sombra de su pasado mientras se preparaba para enfrentar a Alexis Arguello en 1974, en tanto el nica, exuberante, hizo que incluso el periodismo azteca, considerara al campeón defensor, como un cadáver prematuro. Nada de eso fue cierto. “He superado los problemas de peso” decía Ricardo Mayorga respaldado por su equipo de trabajo antes de hacer saltar la báscula hasta el techo obligando a cancelar su pelea con José “El Gallito” Rivera en Nueva York. Lo mismo pasó con Rosendo en Las Vegas para su segundo enfrentamiento con Ricardo “Finito” López en el Hotel Hilton. Aseguraba: “Estoy bien, no se preocupen”, y no lo estaba.

FOTOS: "Chocolatito" vence por decisión unánime a Arroyo

Antes de enfrentar a Salvador Sánchez, el temible puertorriqueño Wilfredo Gómez, para muchos el mejor peleador “fabricado” en la isla, juraba encontrarse en la mejor forma de su extraordinaria carrera, pese a los cuestionamientos hechos por el colega “Chú” García sobre el descuido en su preparación y la poca consistencia que se le veía. “Chú” se atrevió a decir en la edición de su periódico el día de la pelea, que no se sorprendieran de ver un Wilfredo necesitado de mejor condición física, como lo exigía un rival tan complicado. Esa noche, Gómez no tuvo nada que ver con el púgil de portentosas facultades que había estado siendo visto entre las cuerdas. Fue drásticamente derrotado.

Las sospechas eran ciertas

Cuando algunos de los hombres de prensa pinoleros que se encontraban en Los Ángeles, sobre todo Miguel Mendoza y Germán García, enviaron advertencias sobre la batalla de Román por hacer el peso y su extraña inmovilización anticipada, hasta desembocar en las 111.4 libras, llegando a considerar como clave la recuperación contra reloj, y calculando que el nicaragüense podría subir al ring en 122 o 123 libras, era obvio que había pasado por una etapa de sufrimiento.

“Lo peor de esto, es las restricciones para comer. Se trata de un suplicio”, dijo Bobby Chacón en 1975 antes de su primera pelea con Rubén Olivares, otro forzado. Las batallas con la báscula, muchas veces son más dramáticas que las vistas en el ring. Se trata de una lucha sorda pero asfixiante. El rugido del estómago es inconfundible, aún convertido en un gemido mientras muerdes la almohada. Hasta que llega el momento del “me voy a otro casillero”.

No puedes ser un atacador frenético, cuando no estás en condición de moverte al nivel de revoluciones por minuto requerido; no puedes espantar a tu rival, si el poder de tus golpes no hace crujir sus huesos; no puedes exigir más de tu alma, cuando los bombeos de tu corazón muestran cansancio. Y todo eso es consecuencia del desgaste previo.

Para simplificar, como todos esperábamos, a Román le faltó ese fuego que lo caracteriza, y ese punch que lo hace temible.

Si la pelea se ha extendido por siempre, ahí estaría McWilliams Arroyo, sin mostrar temor, proponiendo en el centro del ring, los cambios de golpes. Sin ganar round, pero sabiendo que no corría peligro de ser noqueado, porque sencillamente, el “Chocolate” del sábado, no estaba lo suficientemente caliente, no por falta de ganas, sino por necesitar una extra de adrenalina y de poder.

Un aviso esperado

En horas de la mañana en Doble Play, antes del combate, aún pensando que Román noquearía a un adversario sin nada trascendente en el boxeo profesional, dije que podría ser su última pelea en 112 libras, a menos que decidiera seguir atravesando por un natural oleaje de dificultades. Horas después, sin mostrar euforia por la indiscutida victoria, “Chocolatito” decía: “una pelea más y me voy al casillero de las 115 libras”. Era un aviso esperado.

Obviamente es una decisión prudente. Se toma cuando “lo peor es batallar con la báscula”, como decía Bobby Chacón. Alexis Arguello salió del peso Pluma, del Super Pluma y del Ligero, hasta aterrizar en Welter Junior, porque estaba obligado a hacerlo. Román se ha ido de las 105 y las 108 libras, y ahora piensa que solo le queda una pelea más en las 112 libras. Qué bueno que esté claro de eso. Un sufrimiento extremo más, y luego estirar un poco el margen, siempre y cuando, te cuides siempre, como lo hacía “Finito” López, y eso demanda un sacrificio permanente en varios aspectos.

Escucho decir que Arroyo se movía mucho. Pero si no lo necesitó, y además, para que iba a moverse si el terreno en el que mejor lució, fue asentado en el cuerpo a cuerpo, distancia en la cual sus golpes cortos, llegaban más, con la confianza de poder absorber como una esponja, los impactos de Román sin la carga de dinamita necesaria.

Después de no poder hacer valer su presencia y continuidad en los primeros asaltos, pese a ganarlos todos excepto quizás el cuarto, bastante equilibrado, Román realizó un esfuerzo con rápidos despegues en los asaltos 7 y 8, intentando en este último, golpear con poder utilizando su derecha y esas zurdas largas, pero Arroyo seguía ahí, como el dinosaurio de Monterroso sin serlo, porque pudo resistir y sostenerse.

El mérito de terminar en pie

El viento y las mareas que producía Román, le permitían seguir distanciándose en puntos, pero sin provocar el daño de otras peleas. El pinolero no se excedió en la agilización de sus piernas, porque Arroyo siempre estuvo a su alcance, sin intentar fugas desesperadas. No fue llevado a ese punto el boricua. Los últimos cuatro asaltos, fueron repetitivos dentro de la dosificación de esfuerzos de “Chocolate” y la búsqueda del merito de terminar en pie, que se convirtió en lo prioritario para el puertorriqueño, y lo logró.

Si Román ha podido desplegar su furia y sacar su punch del baúl, la pelea no hubiera caminado tan largo, pero no estaba en condiciones de hacerlo. A este Arroyo, Román le gana gateando. Así de sencillo, aunque se grite lo contrario. En boxeo, hay que creer menos de la mitad de lo que se escucha, y muy poco de lo que muestren las apariencias. De eso estoy claro.

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