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La montaña de problemas fue inmensa. En mi larga carrera de cronista deportivo no recuerdo algo parecido. Al amanecer del día siguiente de la segunda pelea Rosendo-“Finito”, una real batalla sin cuartel, estrujante, sangrienta y dramática, revisé las imágenes de lo acontecido... ¡Qué grande vi a Rosendo ofreciendo ese derroche de agallas para proporcionarnos una gran pelea, retando todos los factores adversos imaginables que lo habían aguijoneado implacablemente! A distancia, es difícil tener una idea clara de las múltiples dificultades que acorralaron al nicaragüense, antes y después de perder en la báscula el título correspondiente a las 105 libras.

Ese amanecer todavía me sentía atrapado por el desconcierto que le sigue a la incredulidad. El día anterior a la pelea, Rosendo no pudo ganarle la batalla a la báscula. Aun en la siguiente categoría, la mosca Junior, Rosendo hubiera estado excedido de peso. Él estuvo tres libras y media encima del límite de las 105. ¿Qué les parece?

¿A quien culpar?

Me preguntaba, mirando al cielo a través de la ventana de mi habitación, ¿cómo creer que Rosendo, su manejador Luis Espada y su entrenador Rigoberto Garibaldi, no tenían pleno conocimiento del problema? ¿Cómo fue posible que la balanza utilizada en Venezuela durante su preparación coincidiera con la personal, y también con la del gimnasio que administraba Richard Steele, y no con la oficial? ¿Qué se podía discutir si todos los boxeadores que subieron registraron el peso esperado? ¿Qué fue lo sorprendente para Rosendo y su equipo cuando declinaron utilizar el tiempo disponible de dos horas para entrar en el peso? ¿Por qué el pinolero prefirió saltar hacia una fuerte sopa, un plato de ensalada y otro de comida, con el ímpetu de un desesperado? La búsqueda de culpables era una tarea sin final.

En cambio, el control ejercido sobre “Finito” fue preciso. Marcó 103 libras y media, mientras desde el miércoles, la gente de Rosendo trataba de esquivar el asunto del peso y solo se limitaron a decir que era problema resuelto. Ocho meses después del primer combate en la Arena México, exprimido al máximo por un doble pesaje, el púgil pinolero ni siquiera entró en Mosca Junior. Cuando aterricé en Las Vegas el martes, mi primera pregunta a Garibaldi en la habitación 1176 del Hilton, refugio de Rosendo, fue sobre el peso, el primer rival a vencer. El adiestrador me dijo con seguridad: “Solo tiene libra y media de exceso”. ¿Cómo diablos aumentó dos más supuestamente bajo vigilancia? “No sé que pasó. Él estaba bien”, respondió, mientras Espada aseguraba con una solemnidad conmovedora: “Nunca nos descuidamos. El chequeo del peso fue diario”. El primer culpable que aparecía en pantalla era por supuesto, Rosendo. Él tenía la obligación de controlarse, y si desde hace tres meses estaba concentrado en su preparación, e
ra imperdonable la falla.

  • 1998 años en que se realizaron las dos peleas entre Rosendo y “Finito”. Una en México y la otra en Las Vegas.

Parecía una emboscada -Rosendo hizo alarde de agallas ante el "finito"-

No sospechábamos que algo peor esperaba a Rosendo. Un nuevo pesaje a pocas horas del combate. ¿Por qué?, se preguntarán. Porque la gente de “Finito” necesitaba comprobar que la diferencia de peso no sería altamente peligrosa para el mexicano al momento de encontrarse con Rosendo entre las cuerdas. El licenciado José Sulaimán dijo que la Comisión de Boxeo de Nevada acostumbraba a utilizar esa regla no escrita en ninguno de los organismos. Se habló de un máximo de 115 libras para Rosendo en el nuevo pesaje, y eso lo obligó a cancelar el desayuno y el almuerzo, que lo terminarían de revitalizar, para sostener otra dieta odiosa  y altera-nervios. A base de Pedialite y Gatorade, y moviéndose, Rosendo comenzó a batallar nuevamente contrarreloj... En el comedor del Hilton, Beristáin me aseguró que si Rosendo se pasaba de 114 libras, “Finito” no pelearía. Los periodistas mexicanos recién llegados, la gente de Univisión, de TV Azteca y de Showtime, estaban desconcertados... ¿Qué es lo que está pasando?, era la pregunt
a sin respuesta precisa. Y faltaba más. El pesaje se desplazó hasta las 2 de la tarde, mientras Beristáin buscaba modificar el límite a 113 libras. Finalmente, Rosendo, ahora sí echando humo y prácticamente destruido, pesó 114.

  • 105 las libras del casillero en el que fueron pactadas, en busca de unificar el más pequeño cinturón.

Cuando todo parecía resuelto y con Rosendo corriendo hacia el comedor, nos encontramos con otro obstáculo: el “Finito”, que ya había comido, debería de pesarse, y solo que la diferencia no superara las 4 libras, se garantizaba el combate. En ese momento, los de Showtime estaban por quebrar sus cámaras, empacar y marcharse, y Don King se había tragado el puro. “Finito” marcó 112 libras y Sulaimán otorgó su “bendición”. De inmediato, ambos fueron a comer, uno con más urgencia que el otro. Como se sabe, los pesos reales sobre el ring no tienen nada que ver con los casilleros a los que corresponden las peleas.

Amenaza de cancelación 

Cada padre se preocupa por su hijo, es natural, y el papá del “Finito” apareció en escena oponiéndose al combate por el riesgo que significaba para su muchacho. Era otra gota de presión sobre un vaso que tenía rato de estar derramándose. Hombre de boxeo, el papá del Campeón CMB estaba contribuyendo, a sabiendas que la diferencia de peso era tolerable, y consciente de que el afectado era Rosendo, con todo lo que había atravesado. “Si no hay pelea, no hay plata”, dijeron en la oficina de Don King, mientras se ponía en duda la presencia de Christy Martin en el cartel. “Si no hay pelea, Rosendo tendrá que indemnizarnos, y si hay pelea, tendrá que pagarnos una multa”, informaron desde el campamento del “Finito”. Rosendo estaba por explotar, pero lo ocultaba bien. Viéndolo tan debilitado y agobiado, le dije que se olvidara de la pelea, porque iba a ser noqueado.

  • 250 los miles de dólares que se dice cobraron cada uno por enfrentarse. Si fue cierto, la mejor bolsa en sus carreras.

Jamás imaginé verlo sacar fuerzas de flaquezas, agigantarse y pelear con una bravura próxima a la rabia. Ganó “Finito” la decisión, aunque para mí, como escribí, ganó Rosendo. Cuando terminó el combate, una especie de fascinación cobijó a los asistentes. Incluso Don King, tan acostumbrado a ser testigo de la grandeza en el boxeo, y un hombre difícilmente emocionable por la dureza de sus antecedentes, se levantó varias veces de su butaca agitando los puños y gritando. Por 12 asaltos, la mayoría, equivocadamente, creyó estar viendo lo mejor de Rosendo. Eso no ocurrió. Sin embargo, King y Sulaimán coincidieron al proponer el combate como “el mejor de año”. ¿Se les ocurre otro?, preguntó el presidente del CMB. Ese tipo de reconocimiento dimensionó más a Rosendo. Durante dos días, que parecieron más prolongados que la eternidad, el nica estuvo sometido a la cámara de torturas de diferentes maneras.

 

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