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Ganó el Bayern 2-1 al Atlético, pero se quedó corto y murió. El 2-2 global condenó al descarte al equipo alemán por la estocada de Griezmann en patio ajeno. La búsqueda del tercer gol que cambiaba la historia fue inútil por la falta de precisión a la que te empuja la desesperación cuando batallas contra el reloj y un muro súper poblado. 

No pudo el Bayern jugar el futbol perfecto que exigía su pretensión de remontada, y fue eliminado en su propio estadio, pese a ofrecer una exhibición de poderío ofensivo y de insistente presión, que obligó al Atlético a refugiarse en el pozo de las angustias, sostenido por los reflejos y la sabiduría de ese gran arquero que es Jan Oblak. Una falla, al no poder sujetar el contragolpe fulminante Griezmann-Torres-Griezmann en el minuto 54, y el mundo se acabó para Pep Guardiola y su flamante equipo. Por tercer año consecutivo, el tan pontificado técnico queda “momificado” en semifinales. No es la despedida que soñó.

¿Cómo jugar perfecto?

Hay momentos en que necesitas la perfección para sobrevivir. Una falla, la falta de conexión con Grouchy, y Napoleón perdió con Wellington en Waterloo. El Bayern, adelante 1-0 desde el minuto 32 por el taponazo de tiro libre que Xabi Alonso lanzó contra la barrera y fue desviado por Jiménez desorientando a Oblak, no pudo materializar un penal tres minutos después, al rechazar el arquero esloveno la ejecución de Müller, y en el minuto 54, el equipo germano, entregado al ataque, fue sorprendido por esa pelota cuyo trazo largo llegó hasta el poco visto y casi inexistente Griezmann, quien desde la derecha, la entregó a Torres y realizó el sprint pasando entre dos defensas, para recibir el pase rasante de “El Niño”, que lo dejaba en un mano a mano favorable con Neuer. El zurdazo fue implacable, impecable, certero, sacudiendo las redes y estableciendo el 1-1. El gol que tanto temía toda Alemania, había sido clavado. Como la estaca de Ulises en el ojo del cíclope Polifemo.

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Ahora el Bayern, aturdido, necesitaba dos goles más para escapar a la cuchilla de la eliminación. Apostando a la posibilidad de contraofensivas, el Atlético continuó atrás, bien atrás, viendo al Bayern instalarse en el último tercio del campo, avanzando, combinando y disparando. El mayor factor adverso que enfrentó el Bayern fue la imprecisión, consecuencia de mucha precipitación. Sus delanteros, sobre todo Lewandowski, daban la impresión de estar jugando el último minuto. Una y otra vez se arañaron oportunidades rasgando balones, y cuando se producían remates, débiles o retorcidos, desde adentro o desde afuera, aparecía Oblak, agigantado, impermeable, hasta que llegó el gol de Lewandowski, un cabezazo contra la cabaña, recibiendo de Vidal un pase aéreo muy medido, a territorio libre. Quedaban 15 minutos y el suspenso se tiñó de rojo y cubrió la cancha, pero el Atlético resistió, con esa bravura troyana.

El alargue del suspenso 

Faltando cinco minutos, el gran estadio se sintió tan hundido como el Titánic, cuando en el minuto 82 se decretó un penal sobre Fernando Torres, víctima de zancadilla antes de entrar al área, aunque finalmente cayó adentro. La falla del árbitro fue corregida por la atajada de Neuer lanzándose hacia su derecha, manteniendo abierta la posibilidad del gol salvador, ese tercero del Bayern, que no llegó porque la muralla de Simeone no cedió, pese a extender el sufrimiento cinco minutos más, con el ataque alemán conservando su intensidad agobiante. Así que, por segunda vez en los últimos tres años, el Atlético de Simeone avanza a una final de Champions. Y por tercer año consecutivo, naufraga el Bayern de Guardiola.

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Las cifras son claras sobre las propuestas de cada equipo: la defensa del Bayern realizó 3 despejes por 32 del Atlético; la mayoría de recuperaciones del equipo alemán fueron atacando, y la mayoría del equipo español, contra la pared; 12 tiros de esquina del Bayern por solo 2 del Atlético; ventaja alemana en posesión del balón con 72 de porcentaje por 28, y en disparos al marco 33 por 7. Todo eso fue destrozado por el gol de Griezmann, un alarde de precisión en combinación de esfuerzos, provocando desequilibrio y fabricando la brecha, y sobre esa realización con sangre fría. El Bayern lo intentó todo, pero no pudo, pese a que en este juego, la defensa del Atlético no fue tan cerrada. Todos ellos se acostaron viendo cruzar balones por el frente o por encima, y tratando de perseguir imágenes que se movían incansables, pero sin pesadilla, porque descansaban sobre la almohada de la clasificación.

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